Este blog/bitácora, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, debe atestiguar no sólo qué cosa es Pop-pins, cómo va avanzando (o no, que de todo hay, ya lo sabéis), sino también la mayor parte posible de las circunstancias que sustenten, rodeen, favorezcan o dificulten la construcción de Pop-pins. Por eso tengo que apuntar aquí, como por otro lado hice en mi blog personal, lo que sigue: el día 20, un día después del último post hasta hoy (fecha: 19 de agosto, como puede leerse con sólo descender un poco el scroll de la pantalla), la persona a la que me refería en ese texto, la que más directamente tiene que ver con Albertina-personaje, se fue, definitivamente, digamos. Seguramente es un defecto estúpido por mi parte, pero no puedo acostumbrarme a la muerte. Quizás tampoco a las desapariciones. Transcurro estos días por entre la sensación de echar de menos, aguardando con serenidad, eso sí,  que los gestos ahora huecos vayan adelgazándose. Y pienso que toda escritura tiene que ver con ello (nada nuevo digo). Y también Pop-pins tiene que ver con todo esto. Bien,  quizás sean una anotación y una constatación demasiado personales, quizás, para la naturaleza de este blog. Pero he tenido la necesidad de que figuraran en él. Una cuestión de tripas: a las que de vez en cuando me gusta hacer caso.

El viaje ha de proseguir. Pop-pins debe construirse; estoy convencida. Así que intento retomar paulatinamente el trabajo. Un trabajo que, sinceramente, me divierte mucho, aunque a menudo me atemorice. Pero eso no importa. En el convencimiento de que ya es hora de continuar, me he puesto a espiar a Helia. Está en Londres. Sigue allí, como en acción congelada. Al menos para mí, porque no puedo asegurar que ella por su cuenta no halla proseguido su propia historia, ajena a mi, sin tenerme presente para nada, sin acordarse si quiera de brindarme un poco de compañía en estos días algo tristes. Es lo que tienen los personajes: no miran mucho del otro lado. A lo mejor me ha pillado ya ojeriza porque ha adivinado lo que voy tramando. Y no creo que le vaya a parecer bien. Pero ella es lista, tiene que defenderse (de hecho lo hace a través de su programita de radio). Hace un rato la he dejado, inmersa en sus pensamientos, mientras espera en el mísmisimo Piccadilly Circus a Patrick, de momento su típico ex-marido. Digo de momento, es lo que tienen las novelas: nada es definitivo, aunque ya haya sucedido. Al menos para quien las escribe (no sólo mientras se escribe, igualmente después, todo es transformable).

Todos tendréis en la memoria la estampa de Piccadilly: el impresionante exceso de anuncios luminosos sobreponiéndose a la recoleta geometría del urbanismo londinense; un urbanismo burgués desde siempre, como de estar por casa pero arreglado. Reconozco que tiene mucho encanto: un encanto tramposo. Todos recordaréis Piccadilly, pero me apetece poner esta fotografía: es como si viera a Helia en este mismo momento, allí, esperando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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