14:20 h

Patrick me ha dicho que llegará a Picadilly sobre las siete de la tarde. A la misma hora en que solía llegar casi todas las tardes de aquella mi primera estancia en Londres. Y eso, a pesar de que cuando estaba con Patrick yo todavía no era realmente Helia, aunque ella viniera conmigo desde siempre, deformada la pobre como un ser cubista bajo todas las mutaciones a las que la he obligado a lo largo de mi vida. Siempre llega un momento (tarde o temprano) en el que una se siente irreparablemente sola y abandonada. Siempre existe ese momento. Nadie puede remediarlo. Hay que pasar por ello. Yo lo experimenté hace ya muchos años, y al menos por dos veces. Primero, al descubrir la verdadera historia de Albertina – que conocí precisamente gracias a Patrick (tal era en realidad la misión que Mary Taylor le había encomendado para su viaje a España, que yo descubriera mi otra historia, la historia silenciada de mi familia, toda familia la tiene).  La verdadera historia de Albertina venía a recomponer mi propia historia, pues Albertina está en mis orígenes más profundamente que mi propio adn, que no es el suyo. Cambiar las referencias te lleva hasta la más absoluta soledad, al menos por un tiempo. Volví a sentir ese completo desasimiento algo después, cuando finalmente mis propias sombras alcanzaron a Patrick, como yo temí –por mera intuición- desde el principio de nuestra relación. Mis sombras, esa materia que soy antes incluso de mi nacimiento, se cebaron con Patrick cuando reaparecieron. No le salvó el hecho de haber sido él mismo el agente que había abierto el camino hasta aquella parte de mi memoria oculta. Quizás, al contrario, ello fue lo que lo convirtió en la primera víctima de las sombras. Reconocerme en esa memoria fue preciso, pero cruel. Cuando afloró apenas dejó sitio para nada más. Así pues, al cabo de algunos años, y cumplidas nuestras expectativas como pareja, Patrick me dejó, como yo había previsto. Paradójicamente, sentí la amputación. La convergencia entre la necesidad de recomponer el pasado que me incumbía directamente y mi presente desintegrado me llevó en línea recta a Helia, quiero decir a mi propio núcleo personal, a  rescatarme completa y única. Por eso cambié mi nombre, pues el anterior lo había gastado con todas las mutaciones y había perdido todo su apresto. Mi yo recuperado y puesto al día necesitaba un nombre sin sombras, de estreno. Helia me pareció bien. Me pareció incluso magnífico para una persona hipnopómpica, que debe mantener en equilibrio siempre los diferentes espacios y tiempos que orbitan en torno a ella e interfieren alternativamente en su pensamiento, a veces también en su personalidad. Conservé el apellido, eso sí, porque la historia no se puede soslayar, nos guste o no. Los nombres son intercambiables, igual que los estados de la materia. La historia, hecha la elección que la definirá, ya no tiene remedio (al menos que yo sepa), pues toda obra humana requiere tanto materia como intención. Y no es porque no haya querido y deseado muchas veces deshacer la elección y rectificar la trayectoria de los hechos; pero no consigo hacerlo, ni siquiera en mis estados de hipnopompia: le tengo mucho  respeto a  la historia y eso me inhabilita para ignorarla.

            He venido a Londres a encontrarme  nuevamente con Patrick. Esta vez he venido a Londres porque Patrick se va a morir y está solo. Nunca fue muy valiente, si bien ahora tampoco haya necesidad de serlo, pues no se precisa valentía ante la muerte, tan sólo aceptación. Estoy aguardando a Patrick, como otras veces –después de que terminara nuestra vida en común- ya lo hice, no sé si en sueños o bajo los efectos hipnóticos de la hipnopompia; como lo haré en el futuro en muchas otras ocasiones, al recordarle, quizás con la misma ansiosa y temperamental práctica de los rituales míticos consagrados a conjurar la desaparición y el vacío. Estoy tan inquieta y tan enfadada que pienso que a lo mejor ésta de ahora ya es una de esas ocasiones futuras en que vendré a Londres a buscar a Patrick para ayudarle a morir. Si ya tuve la presciencia del hecho, si ya intuí el dolor, ¿quién me dice que ya no ocurrió y que esta espera presente de ahora no es sino una repetición expiatoria más por mi parte? ¿Cómo sabré si Patrick, cuando llegue a mi lado – y lo hará al filo de la noche -, está vivo o ya murió? Son cosas así las que jamás puedo contar a nadie que no sea tan conscientemente hipnopómpico como yo, o que por lo menos comprenda con empatía esta singularidad. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo decirle a Patrick que acudo a su llamada de auxilio, aunque no sepa realmente si ya le seré útil? ¿Puede acaso alguien morir dos veces o más? No le diré nada al respecto, como no lo hice años  atrás cuando anticipadamente supe que nos separaríamos a causa de las sombras. No intenté utilizar mi particular condición para evitar el desastre, sencillamente porque eso no es posible. La singularidad hipnopómpica no implica el poder de modificar los hechos y mucho menos de cambiar la sucesión de elecciones humanas que van alterando y transformando las cosas dentro de esta dimensión de conveniencia para todos a la que llamamos realidad, pues la singularidad hipnopómpica sólo me permite moverme, -¿cómo expresarlo?-, dentro de espacios similares a los hologramas: intento constatar mi vivencia y se desvanece al contacto de mi mano cuando la atraviesa. El sentimiento atraviesa la materia. En fin, una locura. Pero estoy acostumbrada.

            Vine a Londres por vez primera en 1983 y supongo que lo lógico hubiera sido quedarme a vivir en esta ciudad, aunque estuviera llena de extraterrestres.  Al contrario, tal cosa hubiera sido una causa más para quedarme, pues a mí me interesan bastante los extraterrestres (de toda condición). Ahora tampoco me quedaré después de que Patrick muera. Recordar la fecha de aquel primer viaje a Londres no es baladí. Porque si hubiera llegado a Londres por primera vez unos pocos años antes o unos pocos después, incluso meses antes o después,  es muy posible que sí que me hubiera decidido a instalarme aquí, como Patrick me pidió con insistencia. Pero en 1983 yo creía firmemente que el único sitio  donde debía vivir era en España. Diríjase, querido lector, a las hemerotecas; consulte los archivos de los periódicos en Internet; hable con otras personas y posibles lectores, con otros que recuerden, si ni siquiera usted  ha podido adquirir ya, a estas alturas del presente, una mínima noción de la época y los acontecimientos a los que estoy aludiendo; haga ese ejercicio, por favor, y entenderá las razones –no voy a exponerlas ahora,  habiendo tantas fuentes donde documentarse- por las que finalmente, después de aquel viaje a Londres, convencí a Patrick de que España era el único lugar del mundo donde yo podría dar inicio a mi vida adulta de una manera coherente. Expuse mis argumentos con tanta fuerza, que el propio extraterrestre Patrick se decidió a vivir conmigo en la inevitable España, eso decía él, inevitable España, y enseguida nos instalamos juntos en un pequeño piso con terraza sobre el río. Cundió, una vez más, un escándalo supino en toda mi familia española –con excepción de Albertina, claro-, que nunca fue especialmente religiosa, pero que había vivido mucho tiempo enterrada, como gran parte del resto del país, bajo un patético, cínico y cruel síndrome de Estocolmo colectivo, bajo la carpa ineludible del gobierno de la Gran Mentira.

            Parecíamos algo la gente que pensábamos que valía la pena arrimar el hombro para que todo cambiase y que cambiase lo más rápido posible. Cambiar todo quería decir darle la vuelta al país de arriba  abajo. Eso pensábamos. Eso creíamos. Fuera carpas. Fuera mentiras. Aire, luz, viento, Vida, gritábamos. Y parecíamos algo, pero no era verdad. Sucedía que todavía muchos de nosotros no sabíamos qué hacer con nuestras vidas libres. Y sucedía además que vivíamos sobre todo de deseo y esperanza, que a la larga resulta una manera bastante triste y pobre de vivir. Aunque realmente, más que pobres creo que éramos muy cutres. Un alto grado de cutrería general seguía extendida por el país. Tal, que podría representarse en que sólo hubiera –casi a las puertas del siglo 21- dos únicos canales de televisión. Tenga en cuenta, lector, que en esos mismos momentos el presidente estadounidense, Ronald Reagan, alardeaba de su escudo galáctico antimisiles, por ejemplo. El mundo encaminándose hacia guerras galácticas, mientras los diminutos mortales españoles, espectadores de aquellas dos únicas cadenas televisivas a tiempo parcial (la uno y el uhf), babeábamos macarrónicamente ante un mitopoético automóvil extraterrestre y fantástico. Y lo hacíamos, precisamente porque nosotros, en nuestras vidas a ras de suelo, conducíamos, por ejemplo, un reventado Dyane 6 a través de Despeñaperros, con voluntad más propia de Curro Jiménez que de héroe americano (quiero decir que no había autovía ni siquiera para llegar a Andalucía, aquel todavía mítico Sur). Y sin embargo, entonces, quería estar allí, le dije a Patrick una de aquellas tardes, aquí mismamente, quizás en esta misma mesa de St. James Tavern, se lo dije, quiero estar allí, ése es mi lugar ahora, le aleccionaba con pedantería, golpeando con el dorso de la mano la portada de El País, el periódico que cada una de todas aquellas tardes que pasé en Londres venía a comprar a Piccadilly, en el quiosco que aún existe junto a la boca del metro. Pero, ¿tú me oyes, Albertina? Hablo como si tuviera mil doscientos años. Parezco mucho más vieja que tú. Volví, a pesar de las mentiras, Albertina, que precisamente había descubierto cuando fuimos a Portmeirion desde Londres, agujero de gusano.

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