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Según las estadísticas, en 1954 Zaragoza no alcanzaba ni 300.000 habitantes.   Cuenta Julián Ruiz (Crónica de Zaragoza) que en ese año los cines se llenaban con más de 100.000 espectadores a la semana. Es decir, más de un tercio de la población iba al cine todas las semanas. Mi madre, no. En 1954 hubo un congreso mariano (sobre algo acerca de la Virgen María quiero decir) en la ciudad, y durante todo el verano también hubo obras en la plaza de las Catedrales, precios desorbitados en los hoteles, desembarco de autoridades (incluido Franco, que -por lo que leo – venía con cierta frecuencia a la ciudad),  y mucha ranciedad. Hubo todo eso, aunque lo que me parece realmente destacable de aquel 1954 es, por un lado, que Elvis Presley grabó su primer disco en Memphis (para regalárselo a su madre) y,  por otro, la gran cantidad de gente que fue al cine ese año en Zaragoza. Las mujeres sólo podían salir para ir al cine o al Pilar: no se consideraba adecuado que fueran a los bares, ni a las cafeterías, menos aún a los cabarés, a las salas de fiesta o a la Universidad. Pero en Zaragoza nos gusta mucho salir y algo tendrían que hacer las mujeres. Por eso había tantos cines, más de veinte, con tantas películas -incluidas japonesas- y tantas sesiones (cuatro al día, asegura en sus crónicas Julián Ruíz).

La ciudad vivía alimentándose de ficciones delante de la pantalla y fuera de ella, en la oscuridad. Muchas de esas ficciones eran engaños que poco a poco fueron convenciendo a gran parte de los espectadores de la ciudad, se hicieron realidad y conformaron sus vidas. Sin embargo, de vez en cuando otros mundos paralelos y casi siempre inasibles aparecían en las pantallas mágicamente. Entonces los habitantes de la ciudad volvían a ser libres de alguna manera y aunque fuera brevemente. Por desgracia, a mi madre el cine no le ha gustado nunca, y además el no-abuelo Basilio le llenaba la habitación de libros y folletos de la Sección Femenina, que, a falta de otras referencias, poblaron la insegura mente de la muchacha que luego fue mi madre. Mi madre nunca habla de 1954, el año en que conoció a mi padre. Nunca habla de su juventud. Como si no hubiera tenido juventud. Es muy posible que por aquel entonces la gente, al menos en España, no fuera nunca joven. Siempre he pensado que ella hubiera sido una persona diferente si hubiera visto, por ejemplo, “Vacaciones en Roma”, con Audrey Herpburn volando por las calles italianas sobre una vespa, libre como un pajarillo. Quizás entonces hubiera sido capaz de recordar en qué pensaba aquel año, con qué soñaba. Camino a su lado y junto a mi padre una de las primeras veces en que salieron juntos. Van por la tarde a ver una función llamada La pasión y muerte de Jesús, de la compañía de Rafael Martí, porque el no-abuelo Basilio ha puesto como condición para dejarles salir que fueran a ver algo decente, como La pasión, que la ponen en el Teatro Principal, les ha aconsejado, y les exige que mi madre le enseñe las entradas a la vuelta.  Es agosto y el sol cae a plomo este sábado a las cinco de la tarde.  Tu madre se ha puesto un poco mala en la fila del teatro, me cuenta mi padre, con expresiones faciales que quieren decir: ya ves, qué vida. Mi madre no se acuerda. No se acuerda ahora ya de nada mi madre. Si mi padre se hubiera quedado con nosotras, hubiera insistido ahora con retranca: sí, mujer, que el Cristo se moría al final en la cruz, pero antes levantaba un poco la cabeza y decía: “muchas gracias, distinguido público, mañana domingo cuatro funciones, matinal, dos por la tarde y en la noche, no me falten”. Pero mi madre me mira y no se acuerda y mi padre, a quien yo casi no recuerdo, me mira y se encoge de hombros.

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