14:40 h

Si escribo Patrick, escribo tu nombre. Tu nombre no me pertenece. No puede pertenecerme. Patrick es un nombre con mucha historia detrás. Es un nombre como un cometa, pensé algunas veces: y tú eres Patrick, y no edificaré nada sobre ti, sino junto a ti. ¿Cómo escribir tu nombre y no escribirte, construirte? Escribo ahora tu nombre, y escribo sobre ti. Compongo y recompongo mis pensamientos, reordeno los acontecimientos sobre los que pienso, reordeno y todo sucede de nuevo inevitablemente, ya se sabe: soy actriz (sí, soy actriz profesional, trabajo como actriz, pero no hablo ahora de esto, hablo de ser actriz de mi vida, en mi vida, no hay otra manera de vivir). Escribo sobre ti y hace un poco de calor en Londres, no como en el verano de 1982 en España, entonces hacía mucho calor: hola, yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí, le oí decir. No le creí, claro.

 

– Se lo dije yo, Helia

– Lo sé, Rose Mary Taylor, me lo contó Patrick cuando me confesó quién eras, quién era él, quiénes eráis, quiénes éramos.

 

Yo había salido a dar una vuelta por Bilbao; pasaba unos días en casa de mi familia (una vía septentrional y antigua de la emigración). Conocía la ciudad. No pensé que la zona de Moyúa estaría de ingleses a reventar. No sé por qué no lo pensé. Pensaba en otras cosas, supongo. Entre miles y miles de ingleses, al acercarme a la barra de un bar de por allí, escuché: yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí. No le creí, claro. Pero me colé con él al día siguiente en el partido de fútbol. Yo hacía cosas así en aquel tiempo; cosas como irme a un partido de un mundial de fútbol con un desconocido inglés (y no lo digo por el desconocido inglés), y otras cosas igual de tontas, pero más sosas, románticas y bohemias, como dormir en la playa, hacer autostop o beber ron en las pequeñas plazas que crecen sólo junto al mar Mediterráneo. Nada me gustaría más que vivir en una de esas plazas con mar, eternamente. Eso me gustaría mucho, muchísimo, igual entonces, en 1982, al principio, como ahora. Portmeirion tampoco estaba mal, aunque nada que ver con el Mediterráneo. Escribo tu nombre, Patrick, lo he escrito muchas veces. Algunas de ellas lo he hecho como si fuera una variación de mi propio nombre, o como si yo pudiera ser tú en algún momento, quiero decir que he escrito tu nombre amándote sin condición alguna. Ahora me gustaría escribir tu nombre como si pudiera cambiar tu s(m)uerte, como si en mi poder estuviera reescribir verdaderamente la línea del tiempo y las resoluciones que fuimos adoptando en nuestra vida. Simple. Deseo sempiterno. Palmario. Sólo cuando se ama, desea uno cambiar lo que ha sido o lo que es. Yo te amo, Patrick, siempre te he amado. No tiene nada que ver con que siempre supiera que te irías. Como ahora. Si pudiera, no te amaría ya. Tu muerte me hará muy desgraciada. Pero te amo. Tiene el amor muchas maneras de imponerse. El amor permanece porque su naturaleza es monstruosa, metamórfica, y puede matar. Puede matar inocentemente, como Mary Frankenstein Shelley Poppins. ¿Podría yo ahora cambiar el sentido de mi amor hace diez, veinte, treinta años? ¿Podría hacerlo? Si es posible modificar la luz que ya no existe a través de la luz que todavía vemos, ¿por qué no voy a poder amarte de manera que no fracase mi amor? Patrick, sería preciso que no murieras, y sin embargo.

 

– No vendrá, Helia.

– Déjame, Mary Taylor, déjame.

– Me has llamado.

– No. He pensado en Mary Shelley, con tanto poder. Poderosa y humillada. Desolada. Superviviente. Zombi.

– Da igual. Si piensas en ella, piensas en mí, y vengo.

– ¿Has visto a Albertina?

– Has pensado en mí ahora, no en Albertina. A ella no le gusta caminar por Londres. Si fuera París… Yo soy la que te acompaña ahora en tu breve paseo por este Londres dominical, ¿volvemos al pub?

– A mí sí me gusta pasear por Londres, Rose. Mary Shelley paseaba por Camdem Town de la mano de su pobre monstruo asesino. La gente les miraba. El monstruo estaba lleno de amor y sufría por los dos. Nunca la abandonó. Yo no abandonaré a Patrick.

– No vendrá.

– Déjame Rose Mary. Recuerdo muy bien el rostro joven de Patrick, el primer rostro de Patrick que amé. Recuerdo bien cuando paseábamos por Londres, abrazados o no. Déjame volver despacio.

– Has de escribir.

– Escribiré. Deja que vaya este rato por estas calles como si conectaran pasado remotísimo y futuro improbable. Todo cambia a cado paso. Londres morphing … Es muy raro escribir desde tiempos diferentes, en lugares distintos; una sola historia es poliédrica siempre y cada vez que la piensas, o te enfrentas a ella, cambia. No hay ficción, Mary Taylor; no es posible. Si estás convencida, Mary Taylor Poppins, de que no es verdad que vaya a venir Patrick, ¿por qué vuelves conmigo a St. James Tavern?, donde he quedado con él, donde voy a estar esperándole. Mary Taylor, ¿tú sabes dónde está ahora Patrick?

 

En 1982 sentí temor. La primera vez que soñé con Patrick tuve un sueño erótico, más bien sexual. Soñé con él la misma noche del día en el que él me dijo: alguien me ha dicho que podría encontrarte aquí. Durante un momento de ese sueño Patrick estaba muerto. Antes no. Luego tampoco. Recuerdo el rostro del Patrick muerto. Como una imagen subliminal dentro del sueño. Recuerdo el clima sexual del sueño. Nada más. El rostro de aquel sueño ha ido atravesando el tiempo dentro de mi pensamiento. El rostro joven de Patrick, el único que entonces conocía. Me asustó al principio. Luego lo reubiqué. Alguna vez resurgía (veía el rostro de Patrick muerto) en medio del acto sexual, o simplemente durante un viaje, o bajo la oscuridad del cine. A veces se iba durante años. Y siempre supe que era algo realmente producido por el lado autónomo de mi pensamiento, que ocupa casi todo mi cerebro, el lado conectado a la deriva hipnopómpica. No quería que fuera una premonición. Las premoniciones no te dejan ser feliz. Luego me convencí de que un rostro muerto es algo que todos llevamos con nosotros bajo todas las máscaras que van apareciendo a lo largo de nuestra vida, ese rostro, el último morphing …  Y que por lo tanto yo y mi hipnopompia no éramos causa; sólo una especie de detectores con hipersensibilidad. Me convencí; parece razonable el argumento. Y apuré el amor, día tras día. Nada es gratis. Y supe que Patrick se iría, ya desde el principio, incluso antes de que llegara. Una amiga mía siempre dice que todos los hombres se van. Siempre. Se van de muchas formas. Es muy posible que sea así. Pero Patrick no se fue de ninguna de esas formas propias de la especie. Se fue porque es muy difícil soportar la larga sombra de España, si no eres español o quizás, y en caso de ser inglés, historiador de fama.

– Creo que exageras.

 – Mira, Mary Taylor, exagero lo que me da la gana. ¿Cómo no voy a exagerar? ¿Cómo no voy a sacar las cosas de quicio, si estoy aquí, dando vueltas por Picadilly, esperando a Patrick, al que no veo hace años, y estoy aquí porque he venido como un rayo en cuanto él me llamó y me dijo ven por favor, quédate esta vez conmigo, quédate hasta el final?

-¿Tú te oyes, Helia?

– Sí, claro.

– Deberíamos comer algo.

– Yo ya he comido.

– ¿Cuándo? No te he visto, no me engañes.

– He comido algo en el pub, antes de salir a estirar las piernas un poco. Aún no habías venido, Mary Taylor. Y tú no puedes comer, ya no comes.

– Estás muy flaca, Helia. No piensas con claridad.

 

 La primera vez que vi su rostro muerto fue la primera vez que hicimos el amor, y eso fue después del partido Inglaterra-Checoslovaquia (existía entonces Checoslovaquia, faltaban nueve años para que estallase la locura de la Guerra de los Balcanes y algunos más para que Patrick se marchara de nuestra casa y yo y la compañía abriéramos el pequeño teatro de provincias: todos me decían, estáis locos, estás loca; hay pues tantas clases de locura como acciones humanas; abrimos el teatro y ahí está). Patrick se puso un poco borracho y muy eufórico (por el fútbol) y me decía hace calor, podemos ir al parque. Me miraba, me tocaba, pero con cierta timidez, como queriendo sobreponerse, como diciéndose no puedo cagarla. Y esa actitud me gustó, porque no hubiéramos hecho el amor esa noche del Inglaterra-Checoslovaquia si yo no hubiera querido, y no sentí con él la obligación de demostrarle nada, ni de demostrarle que la sombra de España no iba a decirme cómo y cuándo tenía que follar (y eso pasaba sólo porque Patrick era inglés; con los tíos españoles, por el contrario, era todo muy complicado por aquel entonces: querían mujeres muy modernas y muy antiguas al mismo tiempo; modernas para follar y muy antiguas para todo lo demás; era así incluso con los de veinte años, los que al parecer, te decían ellos, eran tus iguales, más o menos). Bueno, da lo mismo. No, no da lo mismo. Patrick era ligero. Patrick me amó, Patrick me enseñó quién era yo. Bueno, no. Yo era ya tal cual, hipnopompia incluida. Patrick, quiero decir, Patrick no le puso  peros  a nada. Incluida la hipnopompia (claro, él ya sabía de esta anomalía mágica por ti Mary Taylor, aunque yo no sabía que él sí sabía). Patrick se merecía todo, pero yo no quise quedarme a vivir en Londres. No me porté bien con él. Y encima tenía razón: este país guarda demasiados demonios en los jardines. Lo decía mucho Patrick; por la película. No hicimos el amor en el parque. Me dio la risa cuando me decía vamos al parque. Nos fuimos a casa de una amiga, que tenia un sofá cama en el cuarto de estar; como hacía tanto calor, sacamos la alfombra a la terraza. Hicimos el amor, y si ahora digo que hicimos el amor y no vi su rostro muerto, si digo, si escribo que nunca vi su rostro muerto, que nunca lo soñé, quizás sea posible que Patrick no me haya llamado para decirme que venga a Londres y quizás él no llegue, quizás no venga, para que yo no le ayude a seguir adelante hasta el final, y así no haya final.  Ojalá pudiera ser, aunque nunca le hubiera conocido y él nunca me hubiera amado y yo hubiera sido mucho más desgraciada.

– Pero, si has tenido el poder de escribir nuestro destino, ten ahora fuerza para aceptarlo: así le dice Byron-Remando al viento a Mary Shelly Frankenstein.

-Mary Taylor Poppins, no me toques las narices:  tuya es la culpa.

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