17:40 h.

 

Albertina se balancea sobre mi cabeza, recostada sobre una vieja mecedora invisible y sonora, rítmica como un reloj, como la carcoma. Albertina se repite mucho, como todos los viejos. Me da el corazón que Patrick finalmente no vendrá, Helia, ya verás, insiste, – no sin mala leche. Sé que nunca perdonó a Patrick que fuera el instrumento que me llevara hasta Mary Taylor. No le perdona a Mary Taylor que me invitara a Portmeirion –hace ya mucho de eso, Albertina, le insinúo, aunque ella no se da por aludida-, que pusiera a mi alcance la otra historia de la familia, su historia, la historia de Albertina, mi propia historia. Dice que esta chismosa de Mary Taylor aguanta muy mal el paso del tiempo. Y lo dice una vez y otra, siguiendo el ritmo de su mecedora, muy mal lo soporta, y gesticula como diciendo mírala llena de arrugas y contorsiones propias de la corrosión. No te pases, Albertina, le corto. Qué hace ahí afuera, mirando hacia todos los lados de la calle, vuelve a la carga, qué espera, ese nieto suyo no vendrá; no vendrá, Helia, Patrick, no vendrá. Tampoco va a perdonarme a mí que las haya reunido, aunque sea en este universo hipnopómpico, y encarado una frente a otra, una al lado de la otra, intercambiadas entre sí. Es que no le veo la necesidad, insiste. Pero, yo sí. Es que no debemos mezclarnos; producimos extrañas interferencias, argumenta Albertina, y cuando lo dice siento asomarse sobre mi arco superciliar derecho la sombra de la migraña, espesándose por momentos, taladro y alquitrán colmatándome el nervio óptico. Quizás, digo yo, debisteis ser una sola, y no dos y tan dispares. Si fuerais una única, quizás la historia no hubiera cojeado, digo, la nuestra, la mía. Helia, de verdad, eres una pelma. Deberías haber escrito sobre sexo. Sobre sexo en Internet. Es un buen tema. Todo el mundo habla de eso, le rebato. Justamente, eso es lo bueno, Helia. Eres una pelma, le das vueltas a cosas sin remedio, pareces tonta. De sexo, podrías escribir sobre sexo. No puedo hablar de sexo, Albertina; estoy esperando a Patrick. Patrick se muere. Yo no puedo hablar ahora de sexo. Si pienso en sexo, pienso en que Patrick se muere. Y no quiero pensarlo. Yo quiero hablar contigo y con Mary Taylor, y con quien se ponga por delante, sobre cómo sin saber hemos llegado hasta aquí, hasta este pub de Londres, vosotras colgadas del techo, como títeres hipnopómpicos (me gusta mucho escribir hipnopómpico y me gustan los títeres, siempre un poco exagerados), yo misma hipnopómpica, encadenada siempre a esta pantalla especular como a un escenario. O hablar, quiero, en cómo no hemos llegado hasta aquí o hasta ninguna otra parte. ¿Dónde estamos? Especulemos. No desbarres, Helia, mejor hablar de sexo, Helia, siempre mejor hablar de sexo. No importa lo que quieras saber. Si hablas de sexo, lo sabes, sabes lo que necesitas saber y nada más, sin interferencias. Albertina, tú sí que eres una pelma. Ya me gustaría a mí hablar de sexo. Más aún, me gustaría mucho hablar de sexo en Internet, porque a mí me gustan las interferencias, incluso en el sexo. Pero no hablaré de sexo estando tú delante, aunque seas un ente hipnopómpico. En cambio, yo sí hablé de sexo contigo, cuando había que hacerlo; porque sabía que tu madre no lo haría, no hablaría contigo de ciertas cosas. Albertina, tú hablaste conmigo porque siempre te has sentido culpable de lo que sucedió el día aquel en que vino Franco a Zaragoza. Y no deberías. Pasó más veces luego. La violencia sexual estaba en el aire. El sexo y la muerte estaban en el aire, aunque todas las consignas lo negaran. Cada vez que pasaba, yo sentía una gigantesca indignación. Cada vez que sucedía algo, Albertina, me iban arrancando pedazos de cuerpo. Cada vez que algún conocido o desconocido se me echaba encima sin mediar palabra, yo perdía pedazos de confianza en la humanidad, pedazos de ilusión y de ganas de ser amada. Nadie me decía que el sexo fuera otra cosa que sentirse arrebatada de si misma de repente. Mi madre me decía, Albertina, que una “mujer como es debido” tenía que ponerle límites a los hombres, que podías dejarle a tu novio tocar un poco, que al sexo había que descender peldaño a peldaño, para que ni tu novio ni la gente piense que eres una cualquiera (fíjate: cu-al-quie-ra), que había que ir ampliando los límites poco a poco, y nunca sobrepasar lo decente. Nunca le dije nada. Qué tendrían que ver el sexo y la decencia. Nunca le dije que los límites se destrozan y violentan sin más. Que a los once años yo no sabía dónde estaban los límites. A los once años te meten mano durante un recibimiento multitudinario a Franco y te quedas de piedra y callas. Por vergüenza o por miedo, por perplejidad. Y te callas también después, a los doce, Albertina, aunque un asqueroso tipo con sotana te hubiera una tarde sentado en sus rodillas, mira reina a las damas se juega así, y otra vez muslo arriba, hacia arriba, y ya no volví, ya no quise volver -¿te acuerdas?- a aquel colegio de curas nunca más, aquel colegio donde los sábados por la tarde los críos del barrio íbamos a jugar y a ver películas. Por dios, Helia, ¿qué me estás contando? Todo es sexo, Albertina. Hablo de sexo. Querías que hablásemos de sexo. ¿De qué sexo querías que hablásemos? Todo es sexo decías hace un momento. ¿Por qué estás enfadada conmigo, Helia? A los dieciséis te vuelves a callar, te callas por dolor, por miedo y por vergüenza, y cuando te callas a los dieciséis después de que un desconocido te ha tumbado contra el puto suelo de la calle una noche a la puerta de tu casa, te ha sujetado y golpeado, te ha destrozado la ropa, te ha destrozado, y tú, después de que todo ha pasado eres capaz de callarte, eres capaz de sentarte escondida en las escaleras de tu casa hasta tranquilizarte lo suficiente, lloras, respiras, eres capaz de entrar en silencio en tu casa, de irte en silencio al baño y asearte, y gritar desde el baño que hace mucho calor y quieres darte una ducha, y luego decir que te duele mucho la cabeza (será por el calor) y te vas a la cama, y casi ni lloras en tu habitación, y eres capaz de callar durante años, desde que tenías dieciséis, callar ante todotodotodo el mundo, callar ante ti, Albertina, ante mi madre, porque si hablas sabes que te dirán eso te pasa por volver tarde a casa, aunque ni siquiera esa vez volvieras tarde, aunque daría igual, sabes que te dirán que la culpa es tuya por salir, por querer vivir, por respirar, que ya te he dicho mil veces que no sé qué haces por ahí, que por ahí sólo van las putas o casi putas, que quépensarálagente,quédirálagente,señor, cuando ha sucedido todo esto, cuando te han hecho  todo esto, cuesta mucho volver a hablar, Albertina. Cuesta hablar de sexo, aunque aprendas a hacerlo con el tiempo, reeducación y ganas, cabeza fría sobre la miasma circundante, no respires, respira. Yo te hubiera ayudado, Helia, ¿por qué no hablaste conmigo? De sexo no se hablaba, Albertina. Yo sí lo hice contigo. Tú me hablaste de amor. Albertina, ¿sigo contándote? ¿Hubo más, Helia? Hubo más. En el autobús, en el metro, en la Universidad, tú lo sabes, estaba en la calle, en el aire, santas o putas. Si santas, admiradas y aburridas; si putas, putas. Una vez, por ejemplo, Albertina, en el metro, en Madrid, -era mi primer viaje a Madrid, un viaje universitario al Prado, santo Prado, yo puta, al parecer, como todas- de pronto una polla desnuda y abultada trepando contra mi trasero; el metro iba repleto, muy repleto; el tío asqueroso –porque lo era- se la había sacado, pegándose a mi lado. Grité, le grité, asqueroso, qué haces, no me  toques. Grité muy alto. Nadie, nadie, nadie me preguntó qué sucedía, nadie me miró, nadie se atrevió a enfrentarse a mi ira, a mi desvalimiento (cada episodio eran todos los episodios y hubo unos cuantos). El tipo se fue escabullendo hasta el otro extremo del vagón, la cabeza encogida sobre su polla a medio esconder, supongo que dispuesto a buscar a otra jovencilla tierna. Nadie se movió, Albertina. Eso te hacía perder cualquier fe en este país. Sólo le había contando estas cosas a Patrick (excepto lo de Franco, eso no se lo había contando a nadie, ni a Patrick, a nadie, como si no hubiera ocurrido), con  nadie más he hablado; con ningún otro hombre, con ningún amante. Nunca. Tampoco con ninguna amiga, ni contigo, Albertina, que siempre me has cuidado. Tampoco nunca ninguna mujer me habló de situaciones parecidas. ¿No les ocurrieron? ¿Todas callábamos? Ya me da igual. Todo aquello no me importaba realmente por mí misma, porque me sucediera a mí; cuando sucedía, yo sabía que no me ocurría por ser yo. Ocurría. Estaba en el aire. El sexo como abuso y el poder como terror. En Portmeirion, recuerdo, Patrick me dijo con suma ternura que se alegraba mucho de que tanta mala experiencia no hubiera arruinado mis ganas de sexo. Se lo debo al cine francés, le expliqué. Milagroso.

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