He terminado de releer y repasar los capítulos que llevo escritos de Pop-pins.  También he ido haciendo algunas correcciones sobre ellos. No muchas, la verdad. No sé si es que me han salido muy bien o que yo realmente me estoy volviendo muy tonta (decía antes en territorio Facebook que no podía ser que yo fuera tan tonta como me siento cuando leo, oigo y veo todo lo que veo, oigo y leo en los medios de comunicación- pero a lo mejor como me contestaba una querida y sabia amiga al final consiguen volvernos tontos realmente, y esa es la táctica, la estrategia…, no sé, ya digo…)

Bueno, Pop-pins. Hoy quería haber comenzado el siguiente capítulo que me tocaba. Se titula “Saldo migratorio”. Pero se va a quedar de momento hoy en el título. Debajo del mismo no hay nada. Saldo=0. Otra vez “corridas” médicas. En Aragón le decimos corridas a cuando una tiene que darse mucha prisa para algo; por ejemplo: ves en una corrida a comprar pan; o, tanto “alparcear” y luego corridas para todo (o sea, tanto hablar cotilleando y luego a toda prisa para llegar a todo); o, como mi caso, hoy: ¿qué tal tus padres?, (me dicen, por ejemplo y yo contesto, por ejemplo:) pues todo el día con corridas en los médicos….

Total, que estoy cansada y hace calor otra vez. Y ha habido unas palabras por ahí sobre la discapacidad que me han dado aún más calor y un terrible cansancio de todo. Y entonces, abro la carpeta de Pop-pins y… el último capítulo que corregí ayer se llama La prisionera (qué cursi, Luisa, diréis…). Pues no creo. Os pongo un parrafillo de ese capítulo, cuyo título si os parece cursi, vais y se lo decís  a Proust, monsieur Marcel.

Otro día os cuento algo sobre el índice (de Pop-pins).

Bueno, el parrafillo:

Empieza La Prisionera:

 

Somos prisioneros de la gravedad. De la gravedad de la Tierra y de la gravedad de los hechos que nos ocurren. Del peso de la vida. Y esa prisión es como una curva interminable que oculta el horizonte. Somos prisioneros porque no flotamos. Si pudiéramos flotar, podríamos escapar siempre que quisiéramos. Flotar, quedar suspendidos. La gran paradoja y desgracia de nuestra naturaleza es que sólo nos liberamos realmente de nosotros mismos flotando. Yo de niña quería ser astronauta, ¿te acuerdas, Albertina? Pero la ingravidez desgasta los huesos. Te acabas volviendo plegable, no libre; así que ser astronauta no sirve tampoco. Necesitamos urgentemente hacer habitable alguna dimensión donde todos podamos flotar, queridas Albertina y Rose Mary Taylor, que estáis en el techo de Saint James Tavern, sobre mi cabeza, tomando el té. Se os ve bien. Buen aspecto. En cambio yo estoy tan cansada.

(Piripintado para mí ahora el final… Me vuelvo a ver el partido de baloncesto de la NBAUSASPAIN)

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