a sido imposible reservar un mínimo rato por la mañana para subir esta nota en el making-on de Pop-pins.

Quería contar que la semana pasada he estado bastantes horas en el hospital. Estuve acompañando a una persona mayor de mi familia. Es algo a lo que estoy absolutamente acostumbrada. He pasado horas y horas dentro del hospital con diferentes personas mayores de mi familia. Sobre todo con mi padre.  Con él fueron muchísimas a lo largo de mucho años. He vivido y vivo con mis mayores constantemente a su lado el regreso a la fragilidad, a la indefensión. Y me empeño, creo, en cierta forma, en defenderles.

También he dedicado bastantes horas a comprender el desarrollo de las vidas de estas personas, tan cercanas y tan desconocidas. No ha sido habitual comunicar mucho entre la gente de la generación de mis padres. Han narrado algunas pequeñas historias. Pero  he percibido siempre una tenaz resistencia a hilar unas cosas con otras, a contar en profundidad. En todos los mayores he visto asomar la incomodidad ante ciertas preguntas. También el dolor.  Han tenido vidas muy difíciles. Pienso que sienten bastante dolor, a veces también vergüenza. Igualmente he creído oler el rencor o al menos el resquemor amordazado.

Pop-pins viene en su remoto origen de la mano de todas estas sensaciones. También de la dedicación a la que me he visto obligada para  intentar desentrañar situaciones, razones, causas, consecuencias. Su silencio ha sido determinante en nuestras vidas, que vienen tras las suyas.

Durante el lento proceso de Pop-pins se han ido dos de “mis yayos” (así son conocidos en mi entorno). Se fue Consuelo, la madre de mi compañero y medio-madre mía, y se ha ido mi padre. Pop-pins está dedicada a su memoria y a mi sin-memoria, esa que ellos no quisieron o no pudieron convertir en memoria, por la que sigo preguntándome un montón de cosas. Supongo que continuaré.

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