Seguramente el título del próximo capítulo que entrará en Pop-pins va a ser “París, España”. Quienes hayáis ido leyendo algunos o todos los textos hasta ahora, ya os habréis dado cuenta de que van apareciendo muchas referencias de todo tipo; son automáticas. Pero quería contar otra cosa. Más personal.

Las primeras notas para este capítulo que digo están en el cuaderno de notas de Pop-pins (ya va el tercero, entre unas cuestiones y otras), y están bastantes hojas hacia atrás del punto en donde ahora escribo. Son hojas del último verano. Recuerdo muy bien la noche que escribí esas notas. Me ha costado un poco releerlas, retomarlas. Las referencias en este caso son entrañables y dolorosas. Seguramente no aparecerán en el texto en concreto del capítulo, sin embargo. Posiblemente aguarden para otro momento.

Escribí esas notas una de las noches del pasado verano. En casa de mis padres. Ellos intentaban descansar en la habitación de al lado. Hacía mucho calor. No sé bien si era el mes de julio o el de agosto. Hubo un par de semanas en uno de esos meses de un calor desbordado y continuado. Mi padre estaba ya muy enfermo. Las noches eran largas, un tanto angustiosas. A ratos ponía en marcha el ventilador a los pies de la cama de mis padres, porque la atmósfera se cargaba mucho por el calor, por todo. Luego, mi padre enseguida empezaba a tener un poco de frío y yo apagaba el ventilador. Así hasta que el cansancio, la enfermedad y la noche imponían el sueño. Yo no podía dormir, y leía, escribía en penumbra, sólo con la luz de la pantalla de este ordenador. Lo hacía en la salita de estar contigua al dormitorio. En una mesa camilla. A veces también con el televisor encendido, muy bajito, o sin voz. La ventana abierta daba al patio interior. Mi edificio es bastante uniforme en cuanto a procedencia nacional o étnica de sus habitadores. Por eso, aquella noche (y otras más, similares, del verano pasado) una de las cosas que distraían la angustia (hay momentos en la vida en que la angustia es) era escuchar, en mitad de la noche, idiomas diversos, acentos muy diferentes, resonando en el patio interior. El chino era el idioma que sonaba con más fuerza.

Las notas que he releído y recuperado para ese texto que tal vez se llame “París, España”, y que posiblemente sea el próximo en aparecer en Pop-pins, son las últimas notas que escribí de este proyecto mientras mi padre aún vivía. Luego tuve que parar porque la muerte se nos iba echando encima. Os diré: creo que en mi vida he hecho dos o tres cosas de esas que dices: ¡bien!. Una de ellas ha sido caminar al lado de mi padre hasta donde me fue permitido (¡qué muro tan sutil levanta la muerte, ella que es tan indiscutible!). Y lo digo con orgullo, sin atisbo de sentimentalismo, con conciencia de misión vital bien cumplida. Y esta idea, la de la herencia histórica a pequeña escala, sí que conforma la naturaleza de Pop-pins, claro.

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