Me escribe la profesora Carmen Nueno, responsable de la asignatura de Literatura en los dos cursos de segundo de bachillerato de la Escuela de Arte de Huesca, con los que el lunes pasado mantuve un encuentro en torno al Proyecto Pop-pins. Me escribe para comentarme, como quedamos, acerca de las impresiones que sus alumnos le han manifestado sobre nuestro encuentro.

Agradezco mucho esta reflexión posterior de los alumnos, y del conjunto de la misma tengo que destacar una cuestión, porque es absolutamente coherente con la época que vivimos, cuajada de pretensiones y objetivos cortoplacistas (lo que no resta en buena intención, pero seguramente sí en “calidad de vida”).

Opinan los alumnos de segundo de bachillerato de la Escuela de Arte de Huesca, y lo hacen desde su legítima posición en este mundo (por edad y por época) que Proyecto Pop-pins requiere un esfuerzo excesivo para los pocos lectores que va a tener.

Quiero, primero, agradecer su atinada percepción respecto al carácter del Proyecto Pop-pins, que efectivamente no está concebido como un artefacto de interés mayoritario. No porque no quisiera, personalmente, que así fuera. Ojalá. Pero soy consciente de que no lo es. Y también soy consciente de que ni quiero ni sé hacer, con los mimbres de que me he armado, otra cosa, convenza o no el resultado a muchos o a muy pocos lectores.

Quiero, después, hacer una mínima consideración acerca del esfuerzo necesario. Sé que parecerá acaso cateto y acaso pasado de moda decir que la importancia del esfuerzo realizado no debería tanto medirse por el resultado de su rentabilidad contable (sea en este caso lo contado lectores posibles), sino por el del grado de satisfacción y crecimiento personal que el esfuerzo creativo le aporta a uno mismo. Hay una absoluta diferencia entre ambos términos, como bien puede entenderse. Me preocupa mucho, sinceramente, que no estemos siendo capaces de transmitir a nuestros jóvenes la idea y la convicción de que será precisamente ese esfuerzo personal el que les hará válidos para sí mismos. Añadiré esa cosa tan tópica y manida de que el esfuerzo es el que te acaba dando la medida de ti mismo, y que un acto creativo puede derivar en muchas más cosas que la simple audiencia. Porque la opinión mayoritaria no siempre acierta. Y porque vivir y crear únicamente pensando en vender muy bien lo que vivimos y creamos, termina por expulsarnos de nosotros mismos (no hay sino que fijarse en lo que les sucede a muchos participantes y protagonistas de los “reallity” televisivos).

¿Qué os diría yo? Puede parecer lo contrario, pero vivimos en una sociedad que se ha vuelto muy inmadura, terriblemente infantil en cuanto a la necesidad de obtener una satisfacción inmediata (el sms, el “me gusta”, la audiencia de tv, la selfy, el vídeo en youtube, el voto político, la especulación financiera, etc. , todo forma parte del mismo parámetro: triunfar, destacar, convencer, sobresalir, lo antes posible). 

Sin embargo, ser aupado a hombros de la gran mayoría requiere normalmente no arriesgar nada o casi nada. Y generalmente terminar bastante aburrido de repetir.

Me interesa más probarme a mí misma. Hay una cosa que se llama estar convencido de lo que uno hace. Y eso, os lo aseguro,  cura casi todo.

 

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