Buscar

Proyecto Pop-Pins

Categoría

Capitulos

Theatreland Proust (capítulo inicial)

09.00 h

Longtemps me he acostado tarde, he dormido poco y mal. En realidad esto ha sucedido durante toda mi vida. No me importaría si no fuera porque la mayoría de la gente prefiere creer que la realidad equivale a tener los ojos abiertos, y eso me convierte en alguien raro. Quiero decir que la mayoría de las personas conciben sólo como real lo que nos ocurre en estado de vigilia. Pero hay muchas formas de vivir. Y no es cierto que sean más verdad los presuntamente autónomos objetos reales, que nos rodean cuando estamos despiertos, que el miedo experimentado durante una pesadilla, o el extremado goce sexual soñado, o la generosa liberación de por fin dejarse caer al vacío durante kilómetros y ya está; o la escena que te obsesiona, representada milimétricamente en sueños, con perfección total, mientras sabes que ese tu gran papel lo estás bordando en sueños, y en sueños eres totalmente consciente de que serás incapaz de reproducirlo cuando cambies de estado y que, mierda, esa escena te ha salido muy bien, en el tono que llevas buscando hace días, maldito disco duro de la vida compartimentado. Creo que de una manera más o menos emocional nunca he experimentado la presunta dicotomía entre sueño y realidad, incluso antes de saberme hipnopómpica. Seguramente gracias al gran conejo amarillo. El gran conejo amarillo de ojos rojos que vi junto a mi cama de niña de tres años, en aquella habitación infantil de la casa con lavadero de la Avenida Felipe II de Barcelona. Todas las niñas ven en algún momento al gran conejo amarillo de ojos rojos. No era un gran conejo amarillo amenazador, aunque yo me asusté. Mucho. Me asusté al ver su hocico pegado a mi frente, como para plantarme un beso, y su ojo rojo tras un monóculo dorado. Me asusté y chillé empujada por ese pánico, profundo y pasajero como un terremoto, propio de los niños. Cuando eres niño casi todo se percibe en primer plano. Mientras mi madre acudía, sobresaltada y en aceleración constante hacia mi cama, el conejo saltó por la ventana. No le dije nada a ella. Guardé el monóculo bajo las sábanas y me limité a gritarle que tenía miedo. Lo cual no era mentira, aunque no representara todo lo sucedido. Con tan sólo tres años ya intuí que mi madre no me creería nunca, que nadie seguramente me creería nunca. Que nadie creería que el conejo amarillo de ojos rojos atravesó, sin romperlo, el cristal de la ventana de aquel primer piso de la casa donde pasé los años de mi infancia, porque no podía exponerse a que mi madre lo descubriese. Luego he aprendido que hay materia que atraviesa la materia. No lo volví a ver. Ni en sueños. Posiblemente su voluntad de existencia no superó mi escasa valentía, no remontó mi negativa a reconocerlo como objeto independiente de mi pensamiento, aunque hubiese sido generado por él. Todavía no me sabía hipnopómpica. A continuación lo olvidé. Los niños olvidan con facilidad. Lo olvidé y unos años de infantil eternidad después volví a recordarlo, cuando en el cine más cercano – el cine Victoria- a la casa de la Avenida Felipe II vi en reestreno Mary Poppins, la película – sesión doble, (qué gran felicidad flotar durante las sesiones dobles) -. Lo volví a olvidar longtemps. Hasta Patrick Mcgoohan. Hasta Swan. Por el camino de. Hasta Albertina, la prisionera. Estoy convencida de que Proust era hipnopómpico. Como yo. Me llamo Helia. Helia Álvarez. Y soy actriz, aunque en esta época me dedico mayormente a los monólogos. Y ahora, cuando puedo, a escribir. Monólogos. Escribo con el objeto de dejar de ser otras y a veces otros (estoy cansada) y tener un sitio donde reconocerme por dentro y por fuera. Por eso, les necesito, señores lectores. Y porque estoy acostumbrada a trabajar con público, claro (pura contradicción es todo). La escritura no se ciñe a dos únicas dimensiones aparentes. No es único el gesto de escribir. La escritura no empieza y no termina en el texto. Sé que, acaso por costumbre o deformación profesional, escribo con gestos de representación, en tono de representación. Piccadilly Circus, 9 de la mañana. He quedado con Patrick en la St. James Tavern a eso de las 7 de la tarde para cenar. Tengo un libro en blanco. En realidad tengo una gran cantidad de información intuida y esperándome dentro de mi portátil, sobre esta mesa de vieja taberna londinense, lista para ser reordenada, interpretada por mí y transformada. Por toda esa información ya he transitado. Tengo muchas horas por delante hoy, mientras aguardo a Patrick. He venido a Londres a buscar a Patrick. No sé si llego desde Barcelona, o desde Zaragoza, o desde este mismo lugar londinense hace 30 años,  o desde uno de mis sueños hipnopómpicos, de tiempos y espacios intercambiables. Piccadilly es el lugar idóneo para este ejercicio de representación, el centro de Theatreland, que es tanto como hablar del centro de la gestualidad universal, el agujero de gusano que conduce a cualquier sitio, posible o no. Así que sean, pues, todos bienvenidos. Especialmente, usted, en este instante mi lector-espectador más importante. Reciba todo mi agradecimiento. No tengo en verdad a nadie más.

Entrada destacada

12 a 1

17:55 h

El 21 de diciembre de 1983 (dieciocho años después del 21 de diciembre de 1965, el día en que vi por vez primera a La Poppins en el cine Victoria de Barcelona) la BBC retransmitió el partido de fútbol en el que la selección española ganó 12-1 a Malta, la isla. Setecientos y un años después de que los almogávares aragoneses de Roger de Lluria conquistaran Malta, la selección española de fútbol humilló nuevamente a los malteses, en Sevilla. Ya sé que los almogávares aragoneses no tenían nada que ver con España. Pero los ingleses que estaban en Saint James Tavern viendo también el partido a través de la televisión no paraban de gritar que estaba amañado. Patrick asentía tímidamente con el gesto. Y yo, que no tenía mucho interés por el fútbol, replicaba que no me contaran milongas, que a lo mejor estaba amañado, bueno, pero que realmente por lo que estaban todos furiosos era porque Malta, que había sido inglesa casi hasta ayer mismo, perdía, y que Europa estaba decidida a ayudar a España para que dejara de ser un país de pringados, y que ya se sabe que el deporte es una metáfora social. Qué culpa tendría Malta. Habíamos discutido Patrick y yo mucho toda la tarde sobre si quedarnos en Londres o volver a España. Y al terminar el partido le miré a los ojos sin pestañear, inamovible: Patrick, le dije, vosotros, los ingleses, tampoco sois muy objetivos ni muy sensatos. Todo eso que se dice de vuestra racionalidad es un mito; Patrick, le dije, este país no es mejor que el mío y no soporto más que tú lo creas así; Patrick: yo me vuelvo, tú puedes hacer lo que quieras, lo que quieras, Patrick, puedes hacer, puedes quedarte en Ombligo Picadilly, Patrick, yo me vuelvo a España después de Navidad, tengo mucho que hacer allí; puedes quedarte, Patrick, pero yo tengo que estar allí, en España –y golpeaba con mi mano El País/Biblia-: hay mucho que contar, digo, sobre derrotas amañadas.

Volví a España con Patrick y con un montón de CDs –habían empezado a comercializarse ese mismo año, 1983-  y, aunque no le creí entonces, Patrick tenía razón cuando me dijo que los CDs, y sobre todo los de rock , serían formas de existencia breve, que no aguantarían la amenaza de  las Sombras.

 

2 de julio de 1970

11:50 h

Llegamos hasta la Plaza de España en el 40, un tranvía que en mi barrio daba la vuelta de nuevo hacia el centro de la ciudad aprovechando el vacío circular de un antiguo lavadero. Hacía sol. Albertina me agarraba de la mano con exageración, pero alcancé en un tirón inapelable a coger una de las treinta mil banderitas nacionales que se agitaron aquella mañana, en manos de los niños sobre todo (según describen las hemerotecas, aunque yo, que era niña, las viera tremolando numerosas  con su fuerza insignificante muy por encima de mi cabeza). No me acuerdo de si hacía o no mucho calor, aunque el mes de Julio suele comenzar sin piedad en Zaragoza. Realmente había mucha gente llenando las aceras del centro de la ciudad, pero conseguimos alcanzar la calle Alfonso y nos quedamos muy quietas, esperando. De lo acaecido a mi alrededor aquella mañana ya no conservo muchos más recuerdos. Para re-situarme he recurrido a las hemerotecas online del ABC y de La Vanguardia; crónicas larga, concienzuda y babosamente descriptivas en número y condición sobre los miles de tractores que flanquearon la carretera desde el aeropuerto, sobre los honores rendidos, repiques de campanas, jotas, artillería y  bandadas de palomas azuzadas para que surcasen el cielo una y otra vez. Pero yo, en mi propia memoria, sólo consigo recuperar mi angustiosa sensación de parálisis, la incapacidad para moverme, para gritar, mi estupefacción, un desconcierto que muchas veces he comparado mentalmente con algunos de mis episodios hipnopómpicos más tenebrosos, que de todo ha habido. Sé que en algún momento perdí en aquella mañana el contacto conmigo misma. Nunca se lo conté a nadie. Oigo a Albertina que vuelve a decirme: nunca lo contaste, ¿por qué? No tuve ni tengo la respuesta. Cosas de las que no se hablaba. Pienso a continuación, -cuando ya dejo de escuchar el martilleo de la pregunta insistente de Albertina-,  que esto seguramente ya no se entiende. No se entiende la existencia de cosas de las que nunca, nunca, se habla. Nunca. Hablamos mucho y de todo hoy en día. Se puede explicitar cualquier mensaje. No hay reglas y siempre existe alguien en alguna parte, en el móvil, en un chat, en el correo electrónico, en la televisión, en el autobús, en cualquier parte surge alguien apropiado con quien hablar de algo de lo que no podemos hablar con nadie más. Pero a lo que yo me refiero es a callar algo que nunca contarás absolutamente a nadie. Porque hay cosas de las que no se habla, nos enseñaron. A esa  tremenda soledad yo me refiero. Albertina tuerce el gesto con ira y con pena y me reprocha mi silencio, sólo roto hoy y sólo con ella, se lamenta, cuando ella ya no puede escucharme realmente, pues aunque me escuche sólo puede devolverme el hilo de mi propio razonamiento. No te culpes, le digo. Es que yo te llevé, insiste: ¿cómo no imaginé que dentro de aquel enjambre histérico de abducidos con síndrome de Estocolmo abundaría mucho hijo de puta? – esto, le interrumpo, es un anacronismo, le digo, porque el síndrome de Estocolmo entonces todavía no se diagnosticaba, aunque existiera.  Albertina no responde a mi ironía inoportuna, se duele mucho, cuando le cuento, ahora sí se lo cuento, aunque no sé bien si puede escucharme, que aquel hijo de puta se arrimó contra mi cuerpo en transformación de niña de once años, avanzó su mano bajo mi vestido de verano y se abrió paso entre mis piernas, mientras  él se tocaba y toda la multitud vitoreaba a Franco cuando apareció en el balcón del Ayuntamiento gesticulando como un playmobil (trailer: play –>  ni un solo músculo mueve el muñeco diabólico, sin mover ni un dedo su poder destructor abre vórtices de extrema congelación -no respires, no camines- en la negra radiografía del paisaje muerto -pero yo no tenía ni idea-,  silencio bajo los vítores). Ni mirar pude al otro, al títere asqueroso que manoseaba entre mis piernas. Durante un buen rato no me moví. No hablé. No entendía bien. Entonces de muchas cosas no te explicaban nada, no se hablaba de muchas cosas, insisto. En algún momento conseguí desplazarme hacia la calzada y me abracé, atónita y muda, a Albertina. Yo también muda, Albertina. Como tú. Muda, como tú muda, toda la vida. Ahora lo sé, como un día supe que no habías sido lo que parecías. Y como más tarde entendí por qué quisiste asistir aquel 2 de julio de 1970 a la inolvidable recepción

 (No-do:  play http://www.rtve.es/filmoteca/no-do/not-1436/1486612)

que la ciudad brindó al glorioso caudillo Franco bajo miles de temblorosas banderitas infantiles. Y al igual que ahora te digo, estando como estoy perfectamente despierta, que me alegro de haber callado y no haber añadido a la tuya, que ya es mía, más humillación.

Agujero de gusano

14:20 h

Patrick me ha dicho que llegará a Picadilly sobre las siete de la tarde. A la misma hora en que solía llegar casi todas las tardes de aquella mi primera estancia en Londres. Y eso, a pesar de que cuando estaba con Patrick yo todavía no era realmente Helia, aunque ella viniera conmigo desde siempre, deformada la pobre como un ser cubista bajo todas las mutaciones a las que la he obligado a lo largo de mi vida. Siempre llega un momento (tarde o temprano) en el que una se siente irreparablemente sola y abandonada. Siempre existe ese momento. Nadie puede remediarlo. Hay que pasar por ello. Yo lo experimenté hace ya muchos años, y al menos por dos veces. Primero, al descubrir la verdadera historia de Albertina – que conocí precisamente gracias a Patrick (tal era en realidad la misión que Mary Taylor le había encomendado para su viaje a España, que yo descubriera mi otra historia, la historia silenciada de mi familia, toda familia la tiene).  La verdadera historia de Albertina venía a recomponer mi propia historia, pues Albertina está en mis orígenes más profundamente que mi propio adn, que no es el suyo. Cambiar las referencias te lleva hasta la más absoluta soledad, al menos por un tiempo. Volví a sentir ese completo desasimiento algo después, cuando finalmente mis propias sombras alcanzaron a Patrick, como yo temí –por mera intuición- desde el principio de nuestra relación. Mis sombras, esa materia que soy antes incluso de mi nacimiento, se cebaron con Patrick cuando reaparecieron. No le salvó el hecho de haber sido él mismo el agente que había abierto el camino hasta aquella parte de mi memoria oculta. Quizás, al contrario, ello fue lo que lo convirtió en la primera víctima de las sombras. Reconocerme en esa memoria fue preciso, pero cruel. Cuando afloró apenas dejó sitio para nada más. Así pues, al cabo de algunos años, y cumplidas nuestras expectativas como pareja, Patrick me dejó, como yo había previsto. Paradójicamente, sentí la amputación. La convergencia entre la necesidad de recomponer el pasado que me incumbía directamente y mi presente desintegrado me llevó en línea recta a Helia, quiero decir a mi propio núcleo personal, a  rescatarme completa y única. Por eso cambié mi nombre, pues el anterior lo había gastado con todas las mutaciones y había perdido todo su apresto. Mi yo recuperado y puesto al día necesitaba un nombre sin sombras, de estreno. Helia me pareció bien. Me pareció incluso magnífico para una persona hipnopómpica, que debe mantener en equilibrio siempre los diferentes espacios y tiempos que orbitan en torno a ella e interfieren alternativamente en su pensamiento, a veces también en su personalidad. Conservé el apellido, eso sí, porque la historia no se puede soslayar, nos guste o no. Los nombres son intercambiables, igual que los estados de la materia. La historia, hecha la elección que la definirá, ya no tiene remedio (al menos que yo sepa), pues toda obra humana requiere tanto materia como intención. Y no es porque no haya querido y deseado muchas veces deshacer la elección y rectificar la trayectoria de los hechos; pero no consigo hacerlo, ni siquiera en mis estados de hipnopompia: le tengo mucho  respeto a  la historia y eso me inhabilita para ignorarla.

            He venido a Londres a encontrarme  nuevamente con Patrick. Esta vez he venido a Londres porque Patrick se va a morir y está solo. Nunca fue muy valiente, si bien ahora tampoco haya necesidad de serlo, pues no se precisa valentía ante la muerte, tan sólo aceptación. Estoy aguardando a Patrick, como otras veces –después de que terminara nuestra vida en común- ya lo hice, no sé si en sueños o bajo los efectos hipnóticos de la hipnopompia; como lo haré en el futuro en muchas otras ocasiones, al recordarle, quizás con la misma ansiosa y temperamental práctica de los rituales míticos consagrados a conjurar la desaparición y el vacío. Estoy tan inquieta y tan enfadada que pienso que a lo mejor ésta de ahora ya es una de esas ocasiones futuras en que vendré a Londres a buscar a Patrick para ayudarle a morir. Si ya tuve la presciencia del hecho, si ya intuí el dolor, ¿quién me dice que ya no ocurrió y que esta espera presente de ahora no es sino una repetición expiatoria más por mi parte? ¿Cómo sabré si Patrick, cuando llegue a mi lado – y lo hará al filo de la noche -, está vivo o ya murió? Son cosas así las que jamás puedo contar a nadie que no sea tan conscientemente hipnopómpico como yo, o que por lo menos comprenda con empatía esta singularidad. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo decirle a Patrick que acudo a su llamada de auxilio, aunque no sepa realmente si ya le seré útil? ¿Puede acaso alguien morir dos veces o más? No le diré nada al respecto, como no lo hice años  atrás cuando anticipadamente supe que nos separaríamos a causa de las sombras. No intenté utilizar mi particular condición para evitar el desastre, sencillamente porque eso no es posible. La singularidad hipnopómpica no implica el poder de modificar los hechos y mucho menos de cambiar la sucesión de elecciones humanas que van alterando y transformando las cosas dentro de esta dimensión de conveniencia para todos a la que llamamos realidad, pues la singularidad hipnopómpica sólo me permite moverme, -¿cómo expresarlo?-, dentro de espacios similares a los hologramas: intento constatar mi vivencia y se desvanece al contacto de mi mano cuando la atraviesa. El sentimiento atraviesa la materia. En fin, una locura. Pero estoy acostumbrada.

            Vine a Londres por vez primera en 1983 y supongo que lo lógico hubiera sido quedarme a vivir en esta ciudad, aunque estuviera llena de extraterrestres.  Al contrario, tal cosa hubiera sido una causa más para quedarme, pues a mí me interesan bastante los extraterrestres (de toda condición). Ahora tampoco me quedaré después de que Patrick muera. Recordar la fecha de aquel primer viaje a Londres no es baladí. Porque si hubiera llegado a Londres por primera vez unos pocos años antes o unos pocos después, incluso meses antes o después,  es muy posible que sí que me hubiera decidido a instalarme aquí, como Patrick me pidió con insistencia. Pero en 1983 yo creía firmemente que el único sitio  donde debía vivir era en España. Diríjase, querido lector, a las hemerotecas; consulte los archivos de los periódicos en Internet; hable con otras personas y posibles lectores, con otros que recuerden, si ni siquiera usted  ha podido adquirir ya, a estas alturas del presente, una mínima noción de la época y los acontecimientos a los que estoy aludiendo; haga ese ejercicio, por favor, y entenderá las razones –no voy a exponerlas ahora,  habiendo tantas fuentes donde documentarse- por las que finalmente, después de aquel viaje a Londres, convencí a Patrick de que España era el único lugar del mundo donde yo podría dar inicio a mi vida adulta de una manera coherente. Expuse mis argumentos con tanta fuerza, que el propio extraterrestre Patrick se decidió a vivir conmigo en la inevitable España, eso decía él, inevitable España, y enseguida nos instalamos juntos en un pequeño piso con terraza sobre el río. Cundió, una vez más, un escándalo supino en toda mi familia española –con excepción de Albertina, claro-, que nunca fue especialmente religiosa, pero que había vivido mucho tiempo enterrada, como gran parte del resto del país, bajo un patético, cínico y cruel síndrome de Estocolmo colectivo, bajo la carpa ineludible del gobierno de la Gran Mentira.

            Parecíamos algo la gente que pensábamos que valía la pena arrimar el hombro para que todo cambiase y que cambiase lo más rápido posible. Cambiar todo quería decir darle la vuelta al país de arriba  abajo. Eso pensábamos. Eso creíamos. Fuera carpas. Fuera mentiras. Aire, luz, viento, Vida, gritábamos. Y parecíamos algo, pero no era verdad. Sucedía que todavía muchos de nosotros no sabíamos qué hacer con nuestras vidas libres. Y sucedía además que vivíamos sobre todo de deseo y esperanza, que a la larga resulta una manera bastante triste y pobre de vivir. Aunque realmente, más que pobres creo que éramos muy cutres. Un alto grado de cutrería general seguía extendida por el país. Tal, que podría representarse en que sólo hubiera –casi a las puertas del siglo 21- dos únicos canales de televisión. Tenga en cuenta, lector, que en esos mismos momentos el presidente estadounidense, Ronald Reagan, alardeaba de su escudo galáctico antimisiles, por ejemplo. El mundo encaminándose hacia guerras galácticas, mientras los diminutos mortales españoles, espectadores de aquellas dos únicas cadenas televisivas a tiempo parcial (la uno y el uhf), babeábamos macarrónicamente ante un mitopoético automóvil extraterrestre y fantástico. Y lo hacíamos, precisamente porque nosotros, en nuestras vidas a ras de suelo, conducíamos, por ejemplo, un reventado Dyane 6 a través de Despeñaperros, con voluntad más propia de Curro Jiménez que de héroe americano (quiero decir que no había autovía ni siquiera para llegar a Andalucía, aquel todavía mítico Sur). Y sin embargo, entonces, quería estar allí, le dije a Patrick una de aquellas tardes, aquí mismamente, quizás en esta misma mesa de St. James Tavern, se lo dije, quiero estar allí, ése es mi lugar ahora, le aleccionaba con pedantería, golpeando con el dorso de la mano la portada de El País, el periódico que cada una de todas aquellas tardes que pasé en Londres venía a comprar a Piccadilly, en el quiosco que aún existe junto a la boca del metro. Pero, ¿tú me oyes, Albertina? Hablo como si tuviera mil doscientos años. Parezco mucho más vieja que tú. Volví, a pesar de las mentiras, Albertina, que precisamente había descubierto cuando fuimos a Portmeirion desde Londres, agujero de gusano.

Cosas blanquísimas

 

 

La nieve.

La espuma del mar,  claro.

La ropa blanca en lejía.

El fondo de los ojos de Albertina.

Las azucenas con flores a María que madre nuestra es.

El Prisionero con traje blanco.

La pantalla del cine.

El muro de nieve.

El vestido de la chica de Reina por un día (buscar en el archivo de la web RTVE).

Rover.

La nave Géminis en las fotografías de la época.

Mi vestido de verano y el calor de Atenas.

La hoja de Word que es más blanca que la hoja de papel blanco.

Las muchachas en flor de Proust bajo sus pamelas blancas.

La perrita Marilín cínicamente blanca (buscar en el archivo de la web de RTVE).

Los molinos de viento que no son molinos, amigo Sancho, aunque lo parezcan.

La costa del Azahar.

Extrañamente las arenillas de mis riñones.

Rover.

La luz FFFFFF. La luz en las fotografías en blanco y 000000 (negro) del álbum familiar.

Los dientes pintados de blanco del blanco pintado de negro en los musicales americanos cuando existía el KK Sepulcros blanqueados Sólo lo he visto en la televisión.

Joyce en sí mismo blanco Finnegans Wake, lavado en alcohol.

Los números de la quiniela dominical pegados sobre una pizarra negra / Escala en Hi-Fi (buscar en el archivo de de la web de RTVE, Mochi blanco).

La clara del huevo frito para cenar en invierno.

La hipnopompia cuando no es roja.

La nieve.

Sara ante el espejo de Juan Muñoz.

Mi vestido de primera comunión demasiado blanco y ellos a mi lado no de blanco, de negro (ambos).

Ionesco

La tristeza blanca del rinoceronte.

Rover.

El vaso de leche antes de ponerle Nescafé por las mañanas.

Dadá.

La prisionera de Proust, pálida como el papel. Albertina.

Portmeirion.

Mary Julieta Taylor Lorca Hepburn Poppins

El recuerdo infértil. La traición inútil.  La nube varada siempre frente a la ventana. La enfermedad. El cierzo. El tiempo. La luz. 77. Rover (el gran globo blanco) y el sueño que llega. Entornar los ojos. La Luz en las mañanas del verano de la infancia antes de saber.

Google Earth bajo la nieve

Google Earth bajo una tormenta solar

Ver lugares en el pasado – abandonar

Cerrar sesión

Apagar

Efecto-goma

10:15 h

El recuerdo es flexible. Imita un proceso de ida y vuelta, pero ni va ni vuelve. Recordar no es revivir. Es simplemente vivir. Una variación, una vibración diferente cada vez de algo tan inexistente como lo vivido. El recuerdo es flexible como la goma del juego, pero nunca recupera su forma de partida. Recordar es vivir otra vida. La vida se estira y encoge, vibra y si vibra a gran intensidad puede desaparecer. Con el juego de la goma aprendí a hacer, con los pies y un pedazo de materia fina y delgada, elástica, diferentes figuras y acrobacias  No hay recuerdos vacíos. La memoria es elástica. La memoria va modificando las condiciones de todo lo acontecido y nos modifica. Si recordamos, cambiamos. Somos materia elástica. Sostenida sobre otros. El juego de la goma era geométricamente contradictorio: forma momentáneamente definida (rectángulo o líneas paralelas) que soporta otras formas que al moverse generan posibilidades. Otra vida.  Atarse y desatarse. Vida y memoria. 1964. Cromos y paz en el colegio. Vida y color -25 años, de paz, una eternidad-.  Cromos. Me explico:

            En el colmado familiar descubrí los polos de chocolate. El colmado estaba en la calle Mallorca de Barcelona. Mi padre abrió esa tienda poco antes de casarse con mi madre en Zaragoza.  La familia de mi padre había emigrado desde su pueblo a Barcelona. Mi no-abuelo Basilio, el padre de mi madre, que fue toda su vida tendero, le ayudó a montar el colmado. Para el no-abuelo Basilio un colmado era el centro de mando de la vida del barrio. El no-abuelo Basilio mantuvo largamente el suyo en el barrio de San José de Zaragoza con gran convencimiento, sobreponiéndose y adaptándose bastante bien a todas a las innovaciones. Y mi madre fue su mano derecha desde que nos instaláramos en Zaragoza, fue quien sostuvo y renovó la vocación de pequeño tendero de Basilio hasta su muerte.  Por el contrario, mi padre abrió su colmado como sin querer, sólo por prosperar -los hombres de la familia de mi padre había trabajado en el Borne, muy duro, muy sin saber; las mujeres, cosían, casi siempre de noche, casi siempre sin apenas luz, cosían-. También abrió su colmado mi padre porque fue la condición que le puso el no-abuelo Basilio para acceder a que mi madre se pudiera casar con él y se fuera con él a vivir a Barcelona. A ella sí que le gustaba el colmado, el orden de las cosas del colmado. Le gustaba, más que nada, el mundo, ordenado según productos y marcas, de su colmado en una esquina de la calle Mallorca (una de las mejores zonas de la ciudad).

 

            A jugar a la goma aprendí allí, en la calle Mallorca, con niñas de una clase social muy por arriba de la mía, aunque yo entonces no calibraba las consecuencias de aquella impostada confraternización. Ellas me enseñaban su juego recién descubierto en las horas del recreo, en el colegio, al que yo entraba por la puerta lateral de las niñas con beca. Me enseñaban a jugar desde su posición de privilegio, y yo lo sabía porque mi padre me lo había explicado: que no quiso aceptar las recomendaciones que tenía el no-abuelo Basilio para que yo pudiera entrar por la puerta principal, pero que no me preocupara, que no pasaba nada, que luego adentro todo era igual para todas las niñas. Pero no era igual. Por la tarde, al cerrar el colmado, regresábamos al barrio, a nuestra casa. Yo veía el rectángulo de la goma estirado hacia el infinito sobre  las vías del tranvía -ambas líneas superpuestas, goma y vía-, sin romperse: transformación. Me asomaba a través de la ventanilla-guillotina de los viejos tranvías que venían al barrio. Para no marearme. Siempre que volvía a casa desde el mar o desde la calle Mallorca en el tranvía me mareaba. Si venía desde otros lugares, no. Sólo desde el mar y desde la calle Mallorca, desde el colmado con productos para gente bien, de otro mundo que nunca sería el mío, a pesar de mi temprana afición al Nescafé, un lujo entonces que pude permitirme por ser hija de tendero de la calle Mallorca. Imaginar que las vías del tranvía eran los elásticos paralelos del juego de la goma estirándose y estirándose me ayudaba a no marearme: dimensión no abarcable. Los hipnopómpicos mantenemos mejor el equilibrio si no hacemos pie, al revés que la mayoría de la gente. Aunque entonces yo no podía relacionar todo esto. Yo creía que la goma era un juego de chicas bien. Pero era igual de cutre que todos los demás. Igual de triste que jugar al Festival de Eurovisión en la acera de la avenida Felipe II. En 1964, en la calle Mallorca las niñas jugaban sólo dentro de sus casas amplísimas, pero la calle Mallorca también olía a rancio y a Nescafé.  La goma y el Nescafé eran las únicas cosas de la vida del Ensanche que me llevaba al barrio. Y los cromos de Vida y Color. Paz, 25 años. Vida.

            Helia, me recuerda Albertina, los hipnopómpicos, ya se sabe, mezclamos los caminos de los sueños y de la realidad; para nosotros sólo tiene sentido la mutación.  ¿Por qué le das tantas vueltas?

 

A Hard Days Night:  HYPERLINK:

 

            Le doy tantas vueltas precisamente por la mutación, Albertina. Y porque soy actriz. Y porque vivo todavía imperfectamente en la hipnopompia. No te lo creerás, Albertina, pero el juego de la goma me salvó muchas veces y me facilitó un estatus preponderante entre mis nuevas amigas, cuando aterricé (es metafórico) en Zaragoza, porque en Zaragoza (interna España interior) no había goma, no había elasticidad, no había juego. No había elasticidad tampoco -o sea empatía con la vida- en casi nadie, ni siquiera de puertas para adentro, en cada cual. Ejército de sufridores, síndrome de Estocolmo. No hay peor enfermo que el que desconoce que lo está. Pero en el juego de la goma yo no tenía rival, ni en la calle Mallorca ni en Zaragoza, ni en la España interior ni sobre las olas del mar.

El género humano no puede soportar tanta realidad

17:05 h

Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos. En cualquier tiempo y en cualquier lugar nuestro umbral de realidad es limitado. La realidad es una bomba auto-programada para que vaya matándonos según demanda, sin ritmo fijo. La capacidad de destrucción de la realidad no se puede medir, no tenemos instrumentos para ello. La salvación está pues en lo imposible. Religión. Utopías salvajes. Cosas así. Ya lo intuye Eliot, Cuatro Cuartetos, T.S. Eliot (Frankestein Pound): él es quien lo enunció de esta forma (Burnt Norton, 1936), porque lo creía saber, pues para eso era cristiano con profunda necesidad de esperanza. Yo ya se lo decía a Patrick, cuando me leía a Eliot, en inglés, en un libro tomado de la biblioteca que tenía en su casa Mary Taylor Poppins, en Portmeirion, durante la visita que le hicimos aquel mes de julio de 1983 – muchas cosas importantes me han sucedido en el mes de julio; ahora mismo vuelve a ser julio, 2012, y en Londres están a punto de abrirse nuevamente  los Juegos Olímpicos, y yo continúo mi escritura en un acto que genera un tiempo que transcurre en un solo instante, como una única intuición brutal de toda mi vida; la escritura me permite permanecer quieta en un tiempo equis, que son todos los tiempos, mientras la vida se destruye, como Patrick se destruye, sin querer. Patrick, le decía, cuando me leía a Eliot: la filosofía no es poesía, pero duele, la religión no es poesía, pero ayuda. Patrick, le insistía yo: no me gusta la religión, no me sirve la filosofía. El ser humano no puede soportar casi nada.

Si no fuera por la hipnopompia, hace tiempo que yo no hubiera podido soportarlo. “El tiempo presente y el tiempo pasado acaso estén en el tiempo futuro y tal vez al futuro lo contenga el pasado”: esto es evidente, querido Mr. Eliot, T.S, le hubiera dicho, de haber tenido la oportunidad de hacerlo, Mary Taylor Poppins. Eso me dijo en su biblioteca de Portmeirion, cuando nos encontró a Patrick y a mi leyendo a Eliot (si hubiera llegado un poco antes, no nos habría encontrado leyendo, me acuerdo y me divierte, porque sexo y Eliot no dan la sensación de combinar bien, aunque el aire psicodélico de Portmeirion todo lo facilita), y ahora yo se lo hago recordar a ella, en St. James Tavern, cuando la veo charlar con Albertina, ambas deambulando siempre entre la devoción y la repulsión mutuas, flotando ambas sobre mi cabeza, cada una con su taza de té, flotando en el tiempo de la posibilidad, tan real como otro cualquiera, querido Mr. Eliot, pienso yo, y lo reescribo en mi pantalla, porque

Lo que pudo haber sido y lo que ha sido tienden a un solo fin, presente siempre.

Memoria o hipnopompia o presentimiento, de los que la lógica aristotélica es tan apenas la punta del iceberg, Patrick, y todo esto porque seguramente no puedo soportar toda la realidad de tu ausencia absoluta. Mi humildad es infinita ante tu ausencia.

El sonido de la carcoma (The beatle death clock)

13:30 h

El sonido de la carcoma me ha acompañado siempre. Hoy es veintidós de julio de 2012. En el valle del Ebro hará calor. Amo el verano y el calor en el inhóspito valle. En cambio,  no me gusta el cierzo. No me gusta la carcoma. No me gustan ni el sonido del cierzo ni el sonido de la carcoma. Hoy es veintidós de julio y pienso que vivo en un país en el que, como siempre, como en todos los países, las apoteosis deportivas de sus jóvenes ídolos son adrenalina pura inyectada en la carótida colectiva: ha ganado la carrera de Fórmula 1 Fernando Alonso (enfundado en rojo Ferrari) sobre el asfalto alemán de Hockenheim. Hace unos días “la Roja”  (la Invencible) puso a Europa a nuestros pies maltrechos de pardillos. Campeones de Europa en fútbol. Campeones del  Mundo. Campeones. Somos. Yo misma soy la primera en mostrar un entusiasmo irreprimible cuando Alonso sube a lo alto del podio y babeo un poco y noto que por ello mismo, a ratos, me miran los británicos por aquí con bastante mal gesto. No hay ironía en lo que afirmo. En todo caso, cierta tristeza y un paréntesis de envidia, pues nadie nunca jamás ha exhibido alegría, ante ninguna de mis actuaciones teatrales, equiparable, ni de lejos, a la que yo he mostrado ante el triunfo de Alonso. Tengo, sin embargo, la convicción (lo cual, claro, no es igual que decir que sea cierto) de que soy bastante buena actriz, y juro que trabajo mucho y me esfuerzo. Pero quienes fuimos una vez mordidos por la carcoma, arrastramos para siempre un cierto punto de fatalidad. Sin embargo, no piense usted, amigo lector, que es únicamente cuestión de fortuna (aunque en algo sí). Posiblemente sobre todo es una cuestión generacional. La carcoma apareció de repente la noche en que conocí conscientemente a Albertina, el invierno de 1964. Apareció de pronto porque pululaba por ahí, aunque no la hubiera notado hasta entonces.

            Mi madre estaba a punto de dar a luz a mi hermana, – y yo de convertirme en un ser responsable, sea dicho de paso -, y siempre andaba hablando de lo sola que se encontraba para todo, tan lejos de los suyos. Supongo que vendrías por eso, Albertina. Nunca volví a conciliar el sueño con facilidad. Sufro de insomnio desde entonces. Reconozco aquí que no creo que sea culpa tuya, lo hemos discutido mil veces. Quiero que quede bien sentado, abuela. Y ya sé que no te quieres que te llame abuela, no lo haré más, pero alguna señal de nuestra ligazón emocional, clara y asumible, como una baliza de navegación, tienen que tener los lectores. Con lo raras que debemos resultar: yo, hipnopómpica, y tú, con este nombre, Albertina; más un carácter que un nombre, nada español por cierto. También lo hago porque me gusta; has sido y eres mi abuela, al fin y al cabo, porque esa ha sido tu forma de estar en la vida respecto a mí. Me aprovecho, pues, de esta excusa de la necesaria deferencia hacia los lectores para restituirte tus derechos de vida dentro de la mía propia. Piensa, Albertina, que eres la única persona que siempre ha estado a mi lado sin condiciones, viva o muerta, o personaje, o como sea. Aquella noche la recuerdo muy bien. Es una de las noches de mi vida que mejor recuerdo. Dormías como una muerta en la cama de al lado y me costó mucho empeño despertarte con mis gritos y sollozos. El sonido de la carcoma instalada en la cómoda de mi habitación me había despertado y me tenía paralizada entre el miedo y la angustia. Sólo podía llorar y gritar. No tenía ni idea de lo que era aquel ruido atroz, incansable, inmenso en la noche, creciendo gracias a mi atención. Junto a la ventana de mi habitación infantil, en la fachada del edificio, colgaba una farola, que alumbraba siempre el interior del cuarto. Eso no me tranquilizaba. Todo lo contrario. Mi imaginación ha sido siempre altamente irracional. Y la carcoma invisible parecía acelerarse y amplificarse a la vez que mis propios latidos. Mi aullido infantil llamándote, -llamando a una desconocida, como eras entonces- apenas consiguió de ti una respuesta medio dormida, que aún me acongojó más. ¿Qué es eso que se oye?, grité ahogada por la histeria. No oigo nada, me dijiste. ¡Eso, cra, cra, cra…!, insistí. ¡Ah!, será el escarabajo del reloj de la muerte, medio contestaste, y te diste la vuelta y desapareciste. Deberías cuidarme algo mejor, Albertina. I want to hold your hand, sollozé. Los hipnopómpicos somos capaces de expresarnos en casi cualquier idioma en un momento dado, aunque no poseamos conocimientos conscientes de tales idiomas. Pero ya no me oías. The beatle death clock, me repetí entonces. De los otros Beatles  nadie me hablaba en 1964, aunque estuvieran a punto de ser los escarabajos más famosos del planeta. Pero en España sólo se barruntaba a todas horas la carcoma. La que infectaba los estupendos muebles sesenteros de mi habitación, recién comprados, con sus viejas larvas incorporadas, eternamente raquíticas, mediocres y siempre resurrectas, vorazmente castradoras. Hoy es veintidós de julio de 2012 y estoy a kilómetros de distancia de donde querría estar. Aunque es aquí donde debo estar. Cosas de la hipnopompia. Me empeño en estar bien: Sargent Pepper a través de los auriculares del ordenador me alimenta, mientras escribo, con una buena dosis de felicidad flotando sobre el interminable ruido de las calles de Londres, -sobre los laberínticos túneles subterráneos atestados de extraños escarabajos velocísimos-, que nunca cesa. Albertina, deja ya de mirarme (tono de súplica). Hoy es 22 de julio. Desde la escalinata del Memorial Shaftesbury, donde antes me he quedado un rato a observar el entorno, hasta la entrada de St. James Tavern he oído muchas conversaciones en español. Nos saludamos entre nosotros con inhabitual complicidad. El rugido de los estadios ha aniquilado por fin al persistente sonido de la carcoma. Pero no somos felices.

Google Street

09.15 h

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly,  he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern,  un pub en el que  sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si pillas una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida. Me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. St. James Tavern, que se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, no abre hasta las 12 del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mi, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que  St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado  otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles,  me siento extraña en esta tarea de esperar a  alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

            Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street y realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Auto-realidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos – siempre bastante razonables (no soy persona de excesos). En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo)  la ubicuidad solamente  se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte muy plástica la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo  todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que viví una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo exactamente:  “Felipe II” + Barcelona.  Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana -materia que atraviesa la materia- veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales, (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra posibilidad. El viaje que debo realizar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente,  -al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G. Welles-, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja (un riesgo, también: es la contrapartida – siempre la hay, es lógico). Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película -no sé si hipnopómpica o no- de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas  -ni al dulce en general- y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: