Buscar

Proyecto Pop-Pins

Categoría

León Ponce

Luces de la ciudad

09:45 h

 

La cola de gente que parte desde las taquillas del Teatro Circo desciende San Miguel abajo, sobrepasando Blancas. Estrenan Luces de la ciudad. Es 27 de abril, lunes. También será lunes el 27 de abril de 1959, el día de mi nacimiento. Me empeño en no mezclarme demasiado con los acontecimientos que son de otros y a los que asisto mientras duran los procesos hipnopómpicos. Me esfuerzo en no parecer excesivamente un personaje de novela. Pero hay convergencias en el tiempo. Hay puntos de conexión, ondas en los espejos y en algunas corrientes de aire. Helia Álvarez nace el 27 abril de 1959. Aunque entonces no fuera Helia, sí era yo. Albertina lleva un fular con los colores de la bandera republicana mientras espera en la fila del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. La bandera lo es oficialmente de España desde ese mismo día, decreto en la Gaceta mediante. Se han confeccionado y vendido en los días anteriores muchos fulares iguales al de Albertina, fulares tricolores. Las combinaciones tricolores siempre fueron revolucionarias. Está en la naturaleza asimétrica del tres. Esto es una tontería que se me ocurre (mezclar la revolución con la naturaleza de lo trino), pero es que la fila del Teatro Circo no avanza y algo he de pensar. También pienso que pasaron menos años entre 1931 y 1959 que entre 1975 y 2012. Y sé bien por qué digo lo de la menor cantidad de tiempo transcurrido. 1931, el año de la Revolución y 1959, cuando yo nazco, se parecen humanamente más entre sí que 1975, el año en que Franco murió en su cama de hospital, y 2012, cuando escribo.  Hay que tener en cuenta que he recorrido, de una forma (hipnopómpicamente) u otra forma (convencionalmente, digamos, día a día) ambos segmentos temporales. Que incluso como ahora, aburrida en la fila que no avanza nada del Teatro Circo, para entrar al estreno de Luces de la Ciudad, aúno en mí los dos transcursos, protagonista que soy y espectadora profundamente implicada, en un mismo perfil que cambia y muta. Según. Albertina sigue también en la fila del Teatro Circo esperando para entrar a ver Luces de la ciudad, con su fular tricolor al cuello, y sigue ahí, mirando intensamente al anarquista León Ponce, su compañero, y lo mira precisamente porque yo sé que estaba allí mirándolo. Ahora mismo la veo. No estoy loca. Puedo ser hipnopómpica, pero no estoy loca (al menos no todavía). La historia son ondas en continuo flujo. Hoy sé que no fue justo para la gente de mi generación tener que retroceder tanto para coger impulso en nuestras vidas. Hablo de nuestros años de la adolescencia en la década de los setenta del siglo XX. Retroceder en mi caso hasta la misma puerta del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. Nadie lo haría ya. Hoy ya no. Yo no podría hacerlo ya, Albertina, no podría ser tan generosa. Por eso entiendo ahora (y no antes) tu elección. 1975 y los años siguientes parían corazones como Eras en cada concierto y mucha gente crédula, todavía. Entonces uno, un individuo quiero decir, una persona, nunca terminaba en sí mismo, y comprender hacia fuera era un acto y una actitud fundamentales. Ya no, hoy en día ya no. No cultivo nostalgias. Simplemente han cambiado las cosas y los términos de las cosas que hacen que uno se sienta bien.

Estoy en la fila del Teatro Circo o no, depende de mi pensamiento. Depende de la sensibilidad. En la gran entrada del Teatro Circo, que sin embargo es un cine, el cartel de la película con el busto extraño de Chaplin (hongo y clavel no combinan), su gesto forzado y tenso entre la devoción y la vergüenza, también seguramente de fastidio por tener que soportar las impertinencias de la novata Virgina Cherrill. El cartel no produce ternura (lo pego, pin-neo en Pinterest para que pueda comprobar, lector, esto que digo, pero por si acaso desaparece dentro del puzzle del panel Proyecto Pop-pins de Pinterest, puede también ver ese cartel maligno en esta url:

http://www.cartelespeliculas.com/galeria/albums/032/23p115752032.jpg,

confío en que siga vigente cuando usted decida acceder, pero nunca se sabe, así es Internet).

La verdad es que siempre hemos ejercido la escritura y desarrollado el lenguaje pegando imágenes de una u otra forma. Pienso que decimos de una u otra forma como diciendo de cualquier manera. Y sin embargo, la forma en que hagamos algo es determinante respecto a lo que hagamos. También cuando construimos nuestras referencias y cuando nuestras referencias aparecen aquí y allá en nuestros textos. Y no  porque alguien pueda llamarnos imitadores o plagiadores: este es un concepto muy simple, absolutamente mercantil. No es un término de pensamiento, ni ético tampoco. Imitar nunca fue malo, tomar modelos y repronunciarlos fue práctica común, e incluso exigida, antes de que todo lo inundara el valor de uso del mercado, que necesita la originalidad y su deterioro posterior para justificar el valor de compra-venta.

A Albertina el cartel de Charlot tampoco le produce ternura. Más bien le causa desconfianza. Es de naturaleza distanciada Albertina. Sabe que lo excepcional requiere demasiada energía y que esta se gasta pronto. León Ponce le pasa el brazo sobre los hombros. Es un ademán protector, también confiado, también libre. Estoy junto a ellos. León Ponce no me verá nunca. Albertina me vio desde el primer momento y me sonríe sin que se le note, cómplice. Todo esto que ocurre, le dice a Léon, parece una película. Hace días que la gente está en la calle a todas horas, en los cafés, en los locales de las organizaciones. Reunidos siempre. Juntos a todas horas. Demasiada energía sin control, piensa Albertina, aunque no sabe de dónde le viene semejante reparo, ni por qué piensa en la energía. La jornada de proclamación de la República anduvo con León y los demás compañeros de aquí para allá por la ciudad. Todos estaban contentos y bastante  histéricos, muy nerviosos. Muchos querían ya acabar con la República recién proclamada e implantar la utopía asamblearia. Cuánta prisa, pensó Albertina, mientras el cenetista León le entregaba a Venancio Sarría, socialista,  la bandera republicana que este izó en lo alto de la Delegación del Gobierno, pasadas ya las diez de la noche. Luego León Ponce le había propuesto que se fueran a vivir juntos. León decía que todos tenían la obligación de acelerar ahora la historia para recuperar tanto tiempo perdido. Albertina amaba el entusiasmo de León. Pero le hubiera gustado casarse, una pequeña ceremonia civil sin más. No lo dijo. Nunca. A nadie. Le hubiera gustado que, por lo menos, León le hubiera propuesto lo de vivir juntos unas horas antes, después de hacer  el amor en su pensión. Pero no lo dijo. La veo un poco triste y algo cansada. Pienso que las mujeres siempre dudamos, y también pienso que el gesto de Charlot en el cartel le da repelús.

 

París, España

15:20 h.

 

Los territorios imaginarios son realidades en las que no hemos podido poner pie todavía, en las que aún no hemos llegado a vivir, pero que son. Los territorios imaginarios se ubican con facilidad en cualquier espacio simplemente posible, también en cualquier cerebro. Se tele-transmiten a través de las ondas cerebrales, de persona a persona, y así amplían su dimensión y potencian su influencia, multiplican sus probabilidades de acontecer en un momento dado y en un lugar concreto de la materialidad histórica, aunque ello, ciertamente, suceda muy pocas veces. Los territorios imaginarios adoptan muchas apariencias, según quien los proyecte, y en general no son reconocidos por casi nadie, o como mucho vienen a ser catalogados en el espectro del intelecto que pertenece a la locura, la excentricidad, la enfermedad mental, también a la hilarante imaginación de algún autor de vanguardia, o quizás al cálculo visionario de la ciencia. Pero yo te aseguro, Helia, que estuve en París a comienzos de los años 20, a la sombra de Proust. Viví en París hasta que Proust murió y ya no tuvo sentido que siguiera allí. Murió Proust y casi al mismo tiempo mi padre, como hizo el tuyo décadas después, se marchó. Los padres, y en general los hombres, han practicado la huida habitualmente en todas las épocas. Mujeres creciendo entre mujeres, territorio proustiano. Territorio cadáver. O la transformación. Territorio Poppins, ya me entiendes. Supe que no podía ser.

 – ¿Por eso te quedaste con Basilio?, Albertina, ¿porque él no se iba a marchar?

– Quizás tengas razón. Pensé siempre que lo hice por tu madre, para protegerla. Pero es lo mismo, al fin y al cabo.

– Basilio era bastante tirano.

– Es que no son capaces, Helia, los territorios imaginarios de distorsionar la evidencia histórica hasta el punto de procurarnos una vida completamente buena y justa.

– Mira, me gustaría que alguna vez me dieras datos concretos, hechos verificables. Tanta hipnopompia me está matando. Necesito alguna apoyatura documental. Lenguaje claro.

– Ningún dato te procurará ninguna seguridad, ninguna verdad. De todas formas, no tengo inconveniente en relatarte algunos hechos positivos, claros, como tú dices. Eso sí, ni se te ocurra convocar a Mary Taylor mientras yo estoy hablando ahora contigo.

–  Ya te he dicho que no espero a Mary Taylor hasta la hora del té. ¡Qué cansinas, las dos, con tantas susceptibilidades, toda la vida y la no vida!

 – Sólo hay vida, Helia. Eso que llamas la no vida no existe, la nada no existe. Mira hacia esta calle de Londres, se ha quedado asombrosamente casi vacía. Pero la vida está, aunque no se vea. Como Mary Taylor Poppins, que dices que no está, pero con la que te he oído hablar hace un momento. Procedo al relato que exiges, pero no cambiará nada, insisto. Mi padre era médico (esto ya lo sabes). Cuando él se marchó a Argentina y nos abandonó, yo abandoné a mi vez definitivamente París, porque tuve que ayudar a mi madre a sacar adelante a la familia. Esto también creo que te lo he explicado, no sé bien si en vida o en esta dimensión de la hipnopompia en la que nos hallamos. No importa.

– Sí que importa, Albertina. El orden y el tiempo en el que las cosas se hacen, o no se hacen, es esencial. El orden de factores sí que altera el resultado. Siempre. Pero en fin, ya no tiene remedio.

– Eres muy dura, Helia. No me das sosiego. Pero te comprendo, hija, aunque te noto un tanto obsesionada, ¿qué quieres que te diga?. Bien, vamos por orden. Primero, pues, París.

 

Empecé a trabajar en la Biblioteca pública de Zaragoza en cuanto se inauguró. Eso fue en 1920. No había biblioteca antes de ese año en la ciudad. Estaba la biblioteca de la Universidad, eso sí, y yo me había ofrecido para ayudar en ella. Era el lugar más cosmopolita de Zaragoza. Leía yo mucho, además. Siempre he leído mucho. Como bien sabes, Helia, los himnopómpicos somos lectores especialmente preparados, perfectamente capaces de, como dicen los exégetas banales, vivir la lectura como si fuera una realidad más. Son banales porque piensan y sienten en un solo plano. No entienden que la lectura es efectivamente una realidad, no como una realidad. Es una realidad cristalizada desde las posibilidades que baraja quien la piensa; cada escritura, lectura y relectura constituyen evidentemente una nueva realidad. Los hipnopómpicos leemos viviendo lo que leemos. Al igual que vivimos lo que soñamos. Bueno, son formulaciones físicas y psicológicas ya muy antiguas, en fin, la incertidumbre, los sueños, el inconsciente, en fin, tú ya sabes bien todo esto: has estudiado arte dramático, te lo contarían, lo habrás experimentado. Ser hipnopómpica y actriz, Helia, es un salto doble mortal. Intento cuidarte, niña. París. Sí. Disculpa.

Me empeñé en ir a la Universidad.  Cuando yo era joven no se estudiaba arte dramático. Me matriculé en Historia. No había otra opción para una mujer en Zaragoza por aquel entonces. Pero la hipnopompia ayuda también a sortear la realidad, es lo  que tiene: te da valentía. Trabajé duro cuando estudiaba bachillerato en el Instituto. Eran los años finales de la Primera Guerra Mundial y yo pensaba que cuando la guerra terminase me iría lejos a estudiar, me iría a París, o a Londres, o a América. Mucha gente se iba entonces a América. Mi padre también se fue a América. No sé muy bien por qué. Cuando estudiábamos mi hermana y yo en el Instituto, mi padre nos pasaba libros y revistas. En 1920 en los Estados Unidos aprobaron el voto de las mujeres,  y mi padre nos dijo: algún día llegará para vosotras. Para mí no llegó nunca. Bueno, una sola vez, en 1933, porque los obligatorios simulacros de Franco no cuentan, claro. Tenía que haberme ido fuera de España yo también. En el 36, tenía que haberme ido, y haberme llevado lejos a tu madre, teníamos que habernos ido a Inglaterra, o a América. Me echaron de la Biblioteca ese verano del 36. Ya no volví a trabajar. Si Basilio hubiera intervenido, claro, hubiera podido seguir trabajando después de la guerra. No te hace falta nada, decía, ¿para qué?. Es mejor que te quedes en casa, insistía, para que todos sepan sin duda que ya no tienes nada que ver con el pasado, decía, decía; siempre tenía algo que decir. Y yo temblaba, y pensaba también que sí, que mejor en casa y en silencio. París. Perdona, Helia, los viejos nos extraviamos mucho por la memoria, y aún más los viejos hipnopómpicos, con tanta facilidad para las asociaciones mentales, qué te voy a decir… París, sigo.

Si te digo la verdad, no sé o no recuerdo cómo caí en las manos de Proust. Aparecí de pronto una noche en su cuarto del 44 de la rue Hammelin. Proust escribía siempre. No le extrañó mi presencia. Yo tampoco me extrañé de estar allí. Siempre escribía, aunque algunas noches salía de soirée al Ritz, y yo iba con él y me presentaba, claro, a todos sus amigos y conocidos: Madame de Sevigné, que me sometió a todo tipo de preguntas, que yo no podía contestar, o Saint Loup; una vez vi a Odette, bueno, ya sabes, Helia, todos ellos… Eran bastante fantasmones en general. Proust le dijo a Céline que me acompañara a las mejores tiendas de ropa de París, para que pudiera ir bien vestida cuando saliéramos. No tenía mucho dinero Proust. Pero yo no lo sabía. No sé quién pagaría. Me volvía loca la ropa de París. Proust no escatimó. No era nada sexual. O al menos nada explícitamente sexual. Me refiero a nuestra excelente compenetración. No por su parte. Yo hubiera podido amar a Proust o a cualquiera que me comprara aquella ropa y me llevara a sitios como el Ritz, o el Grand Hotel, aunque fuéramos a esos sitios tan apenas cuatro o cinco veces durante todo el tiempo que viví en París, en la casa de Proust. Él me dijo  que le recordaba a Gilberta, su primer amor, me mintió. Yo no le dije nada. Alguien muy cercano a él ya me había dado a entender que a Proust no le gustaban las mujeres. Se trajo a cuento, de paso, el nombre que Proust, así me lo contaron, jamás había vuelto a pronunciar desde que lo había abandonado.  Alfredo Agostinelli, me susurraron una única vez.  Quiso ser aviador. Los aviones hacían furor, tan llenos de futuro. Alfredo Agostinelli, me informaron, se había matado en 1914, volando.  Pero yo no esperaba nada. Me dejé atrapar. Me dijo que necesitaba una prisionera. Proust me dijo que era seguro que no le quedaba mucho tiempo de vida, que él se daba cuenta y eso le angustiaba enormemente; pensaba que podía morir a cada minuto, y tenía miedo, un miedo intolerable. Necesitaba una prisionera en quien fijarse para componer el último gran personaje de su novela. Necesitaba un modelo, porque no quería hablar de sí mismo. Fui una magnífica prisionera hasta el mismo día en que murió. Aunque a veces, cuando los medicamentos le aturdían, me escapaba un par de horas, necesitaba respirar, necesitaba recorrer París.  Me vestía con mis hermosos vestidos de Patou, de Poiret, y me iba a Longchamp un ratito, a veces a Bon Marche, y otras veces al café Dôme, o a la Coupoule. Iba casi siempre sola, porque en París no pasaba nada si una mujer iba sin compañía a un café. Tampoco si entablaba conversación con un desconocido. Yo hablé con alguna persona muy pocas veces. Una vez con Picasso, quien me dijo que no le caía nada bien Proust –pero yo sabía que no le conocía, que Picasso sólo pretendía impresionarme-. Me dijo que todo el mundo hablaba de que Proust era un tipo muy raro. Además me informó de que todo París sabía que yo era la española prisionera de Proust y me dijo que ni se me ocurriera quedarme con él, que huyera, que los artistas españoles que vivían en París me ayudarían. Pero yo insistí en que había ido a París en buena parte por Proust, que no se preocupara. Picasso no iba a preocuparse, seguro, eso lo vi enseguida. Me dijo, al despedirse, que no conocía Zaragoza; le respondí que debería ir alguna vez, al menos para ver las pinturas de Goya en el Pilar y en la Cartuja. Se lo dije para que viera que yo era una mujer instruida, que entendía de pintura, porque me daba igual que no conociera Zaragoza. Y supongo que a Picasso le daba igual si una mujer entendía o no de pintura. Yo era muy feliz cuando me escapaba a recorrer París. Bueno, también en Zaragoza una mujer podía ir sola a un café, al Ambos Mundos, por ejemplo. Cuando ya no se podía ir sola a los cafés fue años más tarde. Después de la guerra ir a un café se volvió algo malo, y para castigar a la mujer que se atrevía a hacerlo todo el mundo se ponía todo el rato a hablar pestes de ella, hasta que enloquecía. Enloquecieron muchas. Yo dejé de ir a los cafés. Tampoco tenía tiempo para salir mucho, entre ayudar en el colmado a Basilio y atender la casa. A trabajar ya no volví nunca, bueno te lo he dicho antes, y ya lo sabías. Hay muchas formas de cárcel, ya sabes. Disculpa otra vez. Esta cabeza. París. Poco más ya que decir. París era divino. Pero tuve que volver cuando murió Proust y además mi padre se fue a América. Mi madre me lo contó sin rodeos y me tranquilizó asegurándome que ella ya se lo esperaba, que no me preocupara, que no cambiaría casi nada. Entonces me centré mucho en mi trabajo en la Biblioteca. Pedí trabajar más de lo que lo había hecho antes, e incluso me llevaba tareas a casa, como hacer fichas y sipnosis, esas cosas. Así podía seguir leyendo. Un par de años después vino un día a la Biblioteca León Ponce, pero no teníamos lo que él buscaba, lo recuerdo bien, un libro de Sebastian Faure, publicado apenas hacía un par de años, en 1920; pero no lo teníamos, no eran habituales ese tipo de libros en la Biblioteca. Yo ya sabía que se iba a reír, pero como no teníamos lo que buscaba, le ofrecí a León otro libro de un francés, traducido ya al castellano, muy nuevo también, le dije, mire éste es, Por el camino de Swan. El traductor, le dije, es un poeta español, Pedro Salinas. ¿Un poeta?, se rió, efectivamente. Déjame ver eso, anda: ¡pura perifrastia burguesa reaccionaria! ¿Tú lo has leído?, me dijo. Da igual, me gustas lo mismo. Vendré a buscarte luego, si me dejas invitarte a un café. Amé mucho a León Ponce, pero jamás le perdoné ni le perdonaré en toda la eternidad que nunca me dejara contarle cómo era París.

– ¡Hombres!

– Quizás.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: