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La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

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La nieve

La ciudad fue llenándose de un silencio maravilloso y abrumador. Siempre crea silencio y sosiego la caída de la nieve, pero el de la jornada de Navidad del año 1962 será perpetuamente recordado como el de una ciudad paralizada, yerta e inmóvil, de cuyas calles fue retirándose todo signo de vida, a medida que la tarde iba cayendo. Sólo se oía de vez en cuando la sirena de algún coche de bomberos que se lanzaba a la arriesgada aventura de transitar para acudir, con el celo de siempre, a alguna llamada urgente.

 Mientras tanto la caída de la nieve ha borrado el desnivel entre bordillos y calzadas, desdibujando el trazado de las calles, bloqueando puertas y accesos, posándose sobre los aleros y las marquesinas. Su precipitación dificultaba intensamente la visibilidad y creaba un misterioso reflejo en el aire con una luz azulada e indefinible que convertía en irreales todos los perfiles y poblaba la calle de peligros y amenazas (La Vanguardia, 27 de diciembre de 1962, http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1962/06/17/pagina-3/32724968/pdf.html).

 

 

Siempre que nieva es 1962 y nieva dentro de un balde de cinc. Nunca he visto nevar sobre el mar. Ya no sé qué día es hoy: el mismo que hace unas horas cuando llegué a Picadilly o cualquier otro día pasado o futuro de mi vida. Es el día que sea cuando escriba lo que tenga que escribir en ese momento, porque, mi querida Albertina, todo se reduce a la misma y única melodía vibrando en un único tiempo detenido: la nieve sobre el balde de cinc. Un único tiempo que es no tiempo, en el balde de cinc: el círculo del baño infantil, el círculo de la nieve que las máquinas han amontonado permitiendo caminos de ida y vuelta: 27 de diciembre de 1962, ¡sujétate bien, Helia!, grita mi madre antes de desaparecer, hoy, ahora todavía; ahora sé que yo soy Helia, entonces aún no me llamaba así. Albertina, toda la vida la he echado de menos. A mi madre. Pero, querida niña (dice Albertina con suavidad, -la hipnopompia es lo que tiene, siempre puedes encontrar a alguien a tu lado para conversar-) ella no se fue. No, contesto a mi vez: quizá se volvió blanca del todo como la nieve. Cuando la nieve se derritió, todo había cambiado, Albertina, y ella sólo pensaba en desvanecerse.  Luego me hice actriz. Elegí el teatro para no huir nunca, para no abandonar a nadie.  La nieve es engañosa, Helia. Ya lo sé, Albertina, en realidad la nieve no existe. También he echado mucho de menos siempre el mar. Lo siento mucho, niña.

 Bueno, me conformo.

La Poppins

15:00 h.

 

Albertina y Basilio vinieron a pasar con nosotros las Navidades. Mi hermana, que no es hipnopómpica, tenía un año recién cumplido y yo ya había conseguido reubicarme en el seno de la familia, tras los extraños meses que siguieron a su nacimiento. Fue en esos meses cuando yo comencé a manifestar los primeros síntomas de la hipnopompia,  propiciados sin duda por el repentino y lógico desplazamiento que sufrí dentro de mi entorno más próximo, que éramos madre, padre y yo misma (pues yo misma comprendía que mi amor por la pequeña niña crecía día a día y me llevaba a realizar actos y a albergar emociones y pensamientos en contradicción evidente con mis intereses; los niños pensamos muy deprisa porque lo pensamos todo de golpe, planteamiento y conclusiones).  Albertina vio rápidamente que mis temores nocturnos eran una de las consecuencias de la progresión de la hipnopompia: esos temores persistirían muchos años, hasta que conseguí -ya adulta- encarar la naturaleza híbrida, metafórica y multidimensional de mis percepciones en tanto que persona hipnopómpica. Téngase en cuenta que no hay literatura psiquiátrica, ni siquiera esotérica (hubiera sido al menos un placebo) que explique muchas de las situaciones y los fenómenos que le acaecen al ser hipnopómpico. La ignorancia personal sobre lo que a una le ocurre sólo puede así ser solventada a partir de las propias experiencias vividas, gota a gota, una costosa, dolorosa y a menudo (créame, estimado lector) arriesgada maduración.  La hipnopompia, por contra de lo que suele creerse, no es únicamente un estado pasajero de la consciencia que regresa del sueño; es en realidad una cualidad de la evolución cerebral. La llamada locura u otros extravíos mentales diversos (como la esquizofrenia) suelen ser algunas de las formas en las que, a mi modo de ver, desemboca una hipnopompia no reconocida o mal gestionada. Los seres hipnopómpicos somos diferentes. Esto es así. Albertina era hipnopómpica, como yo. Lo cual parece indicar -además de por otros casos conocidos- que la hipnopompia puede ser contagiosa además de hereditaria, y parece igualmente que, en ambos casos, sólo por vía femenina, aunque afecta a mujeres y hombres. Por ello, en el caso de un varón, la hipnopompia no progresa en sus características mucho más allá de cómo haya sido recibida, pues el varón hipnopómpico es un eslabón final, una especie de vía muerta. Sin embargo, las mujeres hipnopómpicas asumen además la responsabilidad de evolucionar dentro de la singularidad hipnopómpica y de transmitirla. Por fortuna para mí,  Albertina ha sido mi instructora y mi salvavidas. No es que la chiquilla no tenga imaginación, le dijo a mi profesora justo antes de las vacaciones de Navidad, cuando aquella me reprochó su falta al escribir el cuento inevitable de todos los años; lo que le pasa es que tiene mucha y le da miedo usarla, porque usar la imaginación en un cuento de Navidad puede traer muy malas consecuencias. Bueno, refunfuñó la señorita Pilar (sesenta años más o menos): explíquelo como usted quiera, pero que la niña lea cuentos no le vendrá mal. Pues no, concluyó Albertina tirando de mí hacia el pasillo -mi madre, espectadora medio petrificada-, no le vendrá mal; si eso es todo lo que se le ocurre a usted…, felices fiestas, señorita. Subrayo el apelativo, porque Albertina (que sabe, cuando quiere, tener muy mala entraña) le soltó la despedida con el retintín que en aquella época volvía equivalentes señorita y solterona.

Desde aquel despacho, sin dejar de arrastrarme con determinación casi telúrica, olvidándose por completo de mi madre, que no se apuró un ápice para alcanzarnos, llegamos en un boleo a las puertas del Cine Victoria, en el paseo Fabra i Puig, donde pasaban de estreno Mary Poppins, que arrasaba (y por eso, porque arrasaba, supongo que la ponían en un cine habitualmente de reestreno: todo un universo la cultura del cine de reestreno, ligada, claro está, a una época en la que el tiempo era duración). Albertina permaneció inmóvil y muda durante toda la proyección, y cuando terminó, me empujó fuera del cine con la misma fiereza con la que me había llevado adentro, impasible a mi petición infantilmente insistente de que nos quedáramos a ver la otra película de la sesión doble continua  (en realidad, Mary Poppins se pasaba en segundo lugar porque era la cinta más importante, y americana; la primera que había ya terminado cuando nosotras llegamos era una de Marisol, y ahora volvía cíclicamente a comenzar -recuerdo bien que en algunas de estas sesiones dobles yo repetía pase: disfrutaba mucho más con la segunda visión de la película, porque podía detenerme en detalles;  los detalles son un asunto que importa mucho a los niños-).

 

  – ¡La Poppins ésta, gruñó Albertina, es de poco fiar, la conozco bien!. ¡¿No te lo crees, eh?! ¡¿No te lo crees?! Pues créetelo.

No entendía yo mucho todavía a Albertina; no sabía qué pensar,  aún menos qué decirle aquella tarde del 21 de diciembre de 1965, mientras ella insistía:

 – A la Poppins ésta me la he encontrado ya en otras ocasiones, en algunas incluso la he tratado de cerca. Mírala ahora, se pasea por Londres, enfundada en ese traje bobo de niñera; pero no hay que dejarse engañar: es inteligente y puede ser cruel. Es la Encantadora. Vaya que si hemos hablado ella y yo… te diré, algunas veces, de tú a tú estuvimos hablando…, como nosotras ahora, más que eso, te diré…

¿Cuándo ha sido eso?, pregunté (tenía que preguntar algo, pensaba que Albertina lo esperaba, aunque seguramente no era así, ella solamente, quizás, hablaba): hace mucho, dijo con cierta brusquedad. Frenó Albertina su paso y su ímpetu entonces, y durante un rato caminamos tranquilas, aquella tarde templada de diciembre, por Fabra i Puig (entonces Fabra y Puig), la gran avenida de mi infancia, en silencio absoluto. En la plaza Virrei Amat (entonces Virrey Amat) había un gran arenero y un tobogán. Puedes tirarte un rato por el tobogán, me dijo Albertina, y también dijo, mientras yo me lanzaba repetidas veces: Mary Poppins Taylor vino a mi casa en Zaragoza a principios de la guerra civil, el día de la muerte de León Ponce, y a Mary Gilberta Swann Poppins la conocí en París el día de la muerte de Marcel Proust. Antes de lanzarme por última vez, la interrumpí: ¿quiénes eran? Ya lo sabrás, ahora no importa todavía; fíjate, añadió con cierta tristeza, Mary Gilberta vino con Man Ray, un fotógrafo que le hizo a Proust muerto un retrato muy famoso; yo creo que también era un espía.

– No sé, Albertina, no sé de qué me hablas, grité dejándome ir tobogán abajo (atravesando mi propia vida hasta llegar a hoy).

 –  ¡La Poppins está por todas partes!, se enfada Albertina, aunque ya no nos escribamos, nunca me dejará en paz. ¡A casa, niña, se pone frío!

Visité el 8 de septiembre de 2011  el Museo Reina Sofía de Madrid y vi allí unas fotografías de Man Ray. Esas imágenes casi desaparecen debido a la pulsión inasible de la luz y el movimiento, la pulsión inasible de la vida. En cambio, la inmovilidad literaria y absoluta del cadáver de Proust que él retrató parecen indelebles. Busco  ahora esa fotografía en Internet y he vuelto al tobogán. Hoy es 8 de septiembre de 2011 y estoy en Madrid, y es 22 de julio de 2012 y estoy en Londres, y es 16 de agosto de 1936 en Zaragoza, y es 21 de diciembre de 1965 y estoy en Barcelona, y 22 de noviembre de 1922 en París, porque puedo recorrer esta línea de mi universo personal en todas las direcciones y pensar en unas cosas mientras hago otras y asumir otras que me corresponden sólo por herencia o empatía y, de alguna manera que no comprendo bien -acaso sea gracias a la hipnopompia-,  sentir la realidad de todo ello y vivir tantos reestrenos como sea capaz de soportar mi delicado corazón hipnopómpico (es una metáfora, una forma de aludir al umbral de dolor personal): porque ese corazón, unas veces es Helia y late en Londres y espera a Patrick que se va a morir, otras es la que escribe inmaduramente sobre Helia, otras Albertina, la que guarda el silencio y el miedo porque hay que seguir viviendo, otras Rose Mary Taylor instalada en su universo medio lisérgico, y casi siempre todas a la vez en casi todas partes.

 

 

 

La Villa

 

12:25 h.

 

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada

(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz,  no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).

 

 – Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

 – En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.

– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

 – Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea

 – Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido  de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

 – Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora.  Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

 – Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.

 Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-,  yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía

(ver HYPERLINK

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)

de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

 

Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir  mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos  han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea   la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y  de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida,  Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?

 –  Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.

– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

– Pues, es verdad.

Luces de la ciudad

09:45 h

 

La cola de gente que parte desde las taquillas del Teatro Circo desciende San Miguel abajo, sobrepasando Blancas. Estrenan Luces de la ciudad. Es 27 de abril, lunes. También será lunes el 27 de abril de 1959, el día de mi nacimiento. Me empeño en no mezclarme demasiado con los acontecimientos que son de otros y a los que asisto mientras duran los procesos hipnopómpicos. Me esfuerzo en no parecer excesivamente un personaje de novela. Pero hay convergencias en el tiempo. Hay puntos de conexión, ondas en los espejos y en algunas corrientes de aire. Helia Álvarez nace el 27 abril de 1959. Aunque entonces no fuera Helia, sí era yo. Albertina lleva un fular con los colores de la bandera republicana mientras espera en la fila del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. La bandera lo es oficialmente de España desde ese mismo día, decreto en la Gaceta mediante. Se han confeccionado y vendido en los días anteriores muchos fulares iguales al de Albertina, fulares tricolores. Las combinaciones tricolores siempre fueron revolucionarias. Está en la naturaleza asimétrica del tres. Esto es una tontería que se me ocurre (mezclar la revolución con la naturaleza de lo trino), pero es que la fila del Teatro Circo no avanza y algo he de pensar. También pienso que pasaron menos años entre 1931 y 1959 que entre 1975 y 2012. Y sé bien por qué digo lo de la menor cantidad de tiempo transcurrido. 1931, el año de la Revolución y 1959, cuando yo nazco, se parecen humanamente más entre sí que 1975, el año en que Franco murió en su cama de hospital, y 2012, cuando escribo.  Hay que tener en cuenta que he recorrido, de una forma (hipnopómpicamente) u otra forma (convencionalmente, digamos, día a día) ambos segmentos temporales. Que incluso como ahora, aburrida en la fila que no avanza nada del Teatro Circo, para entrar al estreno de Luces de la Ciudad, aúno en mí los dos transcursos, protagonista que soy y espectadora profundamente implicada, en un mismo perfil que cambia y muta. Según. Albertina sigue también en la fila del Teatro Circo esperando para entrar a ver Luces de la ciudad, con su fular tricolor al cuello, y sigue ahí, mirando intensamente al anarquista León Ponce, su compañero, y lo mira precisamente porque yo sé que estaba allí mirándolo. Ahora mismo la veo. No estoy loca. Puedo ser hipnopómpica, pero no estoy loca (al menos no todavía). La historia son ondas en continuo flujo. Hoy sé que no fue justo para la gente de mi generación tener que retroceder tanto para coger impulso en nuestras vidas. Hablo de nuestros años de la adolescencia en la década de los setenta del siglo XX. Retroceder en mi caso hasta la misma puerta del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. Nadie lo haría ya. Hoy ya no. Yo no podría hacerlo ya, Albertina, no podría ser tan generosa. Por eso entiendo ahora (y no antes) tu elección. 1975 y los años siguientes parían corazones como Eras en cada concierto y mucha gente crédula, todavía. Entonces uno, un individuo quiero decir, una persona, nunca terminaba en sí mismo, y comprender hacia fuera era un acto y una actitud fundamentales. Ya no, hoy en día ya no. No cultivo nostalgias. Simplemente han cambiado las cosas y los términos de las cosas que hacen que uno se sienta bien.

Estoy en la fila del Teatro Circo o no, depende de mi pensamiento. Depende de la sensibilidad. En la gran entrada del Teatro Circo, que sin embargo es un cine, el cartel de la película con el busto extraño de Chaplin (hongo y clavel no combinan), su gesto forzado y tenso entre la devoción y la vergüenza, también seguramente de fastidio por tener que soportar las impertinencias de la novata Virgina Cherrill. El cartel no produce ternura (lo pego, pin-neo en Pinterest para que pueda comprobar, lector, esto que digo, pero por si acaso desaparece dentro del puzzle del panel Proyecto Pop-pins de Pinterest, puede también ver ese cartel maligno en esta url:

http://www.cartelespeliculas.com/galeria/albums/032/23p115752032.jpg,

confío en que siga vigente cuando usted decida acceder, pero nunca se sabe, así es Internet).

La verdad es que siempre hemos ejercido la escritura y desarrollado el lenguaje pegando imágenes de una u otra forma. Pienso que decimos de una u otra forma como diciendo de cualquier manera. Y sin embargo, la forma en que hagamos algo es determinante respecto a lo que hagamos. También cuando construimos nuestras referencias y cuando nuestras referencias aparecen aquí y allá en nuestros textos. Y no  porque alguien pueda llamarnos imitadores o plagiadores: este es un concepto muy simple, absolutamente mercantil. No es un término de pensamiento, ni ético tampoco. Imitar nunca fue malo, tomar modelos y repronunciarlos fue práctica común, e incluso exigida, antes de que todo lo inundara el valor de uso del mercado, que necesita la originalidad y su deterioro posterior para justificar el valor de compra-venta.

A Albertina el cartel de Charlot tampoco le produce ternura. Más bien le causa desconfianza. Es de naturaleza distanciada Albertina. Sabe que lo excepcional requiere demasiada energía y que esta se gasta pronto. León Ponce le pasa el brazo sobre los hombros. Es un ademán protector, también confiado, también libre. Estoy junto a ellos. León Ponce no me verá nunca. Albertina me vio desde el primer momento y me sonríe sin que se le note, cómplice. Todo esto que ocurre, le dice a Léon, parece una película. Hace días que la gente está en la calle a todas horas, en los cafés, en los locales de las organizaciones. Reunidos siempre. Juntos a todas horas. Demasiada energía sin control, piensa Albertina, aunque no sabe de dónde le viene semejante reparo, ni por qué piensa en la energía. La jornada de proclamación de la República anduvo con León y los demás compañeros de aquí para allá por la ciudad. Todos estaban contentos y bastante  histéricos, muy nerviosos. Muchos querían ya acabar con la República recién proclamada e implantar la utopía asamblearia. Cuánta prisa, pensó Albertina, mientras el cenetista León le entregaba a Venancio Sarría, socialista,  la bandera republicana que este izó en lo alto de la Delegación del Gobierno, pasadas ya las diez de la noche. Luego León Ponce le había propuesto que se fueran a vivir juntos. León decía que todos tenían la obligación de acelerar ahora la historia para recuperar tanto tiempo perdido. Albertina amaba el entusiasmo de León. Pero le hubiera gustado casarse, una pequeña ceremonia civil sin más. No lo dijo. Nunca. A nadie. Le hubiera gustado que, por lo menos, León le hubiera propuesto lo de vivir juntos unas horas antes, después de hacer  el amor en su pensión. Pero no lo dijo. La veo un poco triste y algo cansada. Pienso que las mujeres siempre dudamos, y también pienso que el gesto de Charlot en el cartel le da repelús.

 

Ojalá a mi madre le hubiera gustado el cine

15:45 h.

 

Según las estadísticas, en 1954 Zaragoza no alcanzaba ni 300.000 habitantes.   Cuenta Julián Ruiz (Crónica de Zaragoza) que en ese año los cines se llenaban con más de 100.000 espectadores a la semana. Es decir, más de un tercio de la población iba al cine todas las semanas. Mi madre, no. En 1954 hubo un congreso mariano (sobre algo acerca de la Virgen María quiero decir) en la ciudad, y durante todo el verano también hubo obras en la plaza de las Catedrales, precios desorbitados en los hoteles, desembarco de autoridades (incluido Franco, que -por lo que leo – venía con cierta frecuencia a la ciudad),  y mucha ranciedad. Hubo todo eso, aunque lo que me parece realmente destacable de aquel 1954 es, por un lado, que Elvis Presley grabó su primer disco en Memphis (para regalárselo a su madre) y,  por otro, la gran cantidad de gente que fue al cine ese año en Zaragoza. Las mujeres sólo podían salir para ir al cine o al Pilar: no se consideraba adecuado que fueran a los bares, ni a las cafeterías, menos aún a los cabarés, a las salas de fiesta o a la Universidad. Pero en Zaragoza nos gusta mucho salir y algo tendrían que hacer las mujeres. Por eso había tantos cines, más de veinte, con tantas películas -incluidas japonesas- y tantas sesiones (cuatro al día, asegura en sus crónicas Julián Ruíz).

La ciudad vivía alimentándose de ficciones delante de la pantalla y fuera de ella, en la oscuridad. Muchas de esas ficciones eran engaños que poco a poco fueron convenciendo a gran parte de los espectadores de la ciudad, se hicieron realidad y conformaron sus vidas. Sin embargo, de vez en cuando otros mundos paralelos y casi siempre inasibles aparecían en las pantallas mágicamente. Entonces los habitantes de la ciudad volvían a ser libres de alguna manera y aunque fuera brevemente. Por desgracia, a mi madre el cine no le ha gustado nunca, y además el no-abuelo Basilio le llenaba la habitación de libros y folletos de la Sección Femenina, que, a falta de otras referencias, poblaron la insegura mente de la muchacha que luego fue mi madre. Mi madre nunca habla de 1954, el año en que conoció a mi padre. Nunca habla de su juventud. Como si no hubiera tenido juventud. Es muy posible que por aquel entonces la gente, al menos en España, no fuera nunca joven. Siempre he pensado que ella hubiera sido una persona diferente si hubiera visto, por ejemplo, “Vacaciones en Roma”, con Audrey Herpburn volando por las calles italianas sobre una vespa, libre como un pajarillo. Quizás entonces hubiera sido capaz de recordar en qué pensaba aquel año, con qué soñaba. Camino a su lado y junto a mi padre una de las primeras veces en que salieron juntos. Van por la tarde a ver una función llamada La pasión y muerte de Jesús, de la compañía de Rafael Martí, porque el no-abuelo Basilio ha puesto como condición para dejarles salir que fueran a ver algo decente, como La pasión, que la ponen en el Teatro Principal, les ha aconsejado, y les exige que mi madre le enseñe las entradas a la vuelta.  Es agosto y el sol cae a plomo este sábado a las cinco de la tarde.  Tu madre se ha puesto un poco mala en la fila del teatro, me cuenta mi padre, con expresiones faciales que quieren decir: ya ves, qué vida. Mi madre no se acuerda. No se acuerda ahora ya de nada mi madre. Si mi padre se hubiera quedado con nosotras, hubiera insistido ahora con retranca: sí, mujer, que el Cristo se moría al final en la cruz, pero antes levantaba un poco la cabeza y decía: “muchas gracias, distinguido público, mañana domingo cuatro funciones, matinal, dos por la tarde y en la noche, no me falten”. Pero mi madre me mira y no se acuerda y mi padre, a quien yo casi no recuerdo, me mira y se encoge de hombros.

París, España

15:20 h.

 

Los territorios imaginarios son realidades en las que no hemos podido poner pie todavía, en las que aún no hemos llegado a vivir, pero que son. Los territorios imaginarios se ubican con facilidad en cualquier espacio simplemente posible, también en cualquier cerebro. Se tele-transmiten a través de las ondas cerebrales, de persona a persona, y así amplían su dimensión y potencian su influencia, multiplican sus probabilidades de acontecer en un momento dado y en un lugar concreto de la materialidad histórica, aunque ello, ciertamente, suceda muy pocas veces. Los territorios imaginarios adoptan muchas apariencias, según quien los proyecte, y en general no son reconocidos por casi nadie, o como mucho vienen a ser catalogados en el espectro del intelecto que pertenece a la locura, la excentricidad, la enfermedad mental, también a la hilarante imaginación de algún autor de vanguardia, o quizás al cálculo visionario de la ciencia. Pero yo te aseguro, Helia, que estuve en París a comienzos de los años 20, a la sombra de Proust. Viví en París hasta que Proust murió y ya no tuvo sentido que siguiera allí. Murió Proust y casi al mismo tiempo mi padre, como hizo el tuyo décadas después, se marchó. Los padres, y en general los hombres, han practicado la huida habitualmente en todas las épocas. Mujeres creciendo entre mujeres, territorio proustiano. Territorio cadáver. O la transformación. Territorio Poppins, ya me entiendes. Supe que no podía ser.

 – ¿Por eso te quedaste con Basilio?, Albertina, ¿porque él no se iba a marchar?

– Quizás tengas razón. Pensé siempre que lo hice por tu madre, para protegerla. Pero es lo mismo, al fin y al cabo.

– Basilio era bastante tirano.

– Es que no son capaces, Helia, los territorios imaginarios de distorsionar la evidencia histórica hasta el punto de procurarnos una vida completamente buena y justa.

– Mira, me gustaría que alguna vez me dieras datos concretos, hechos verificables. Tanta hipnopompia me está matando. Necesito alguna apoyatura documental. Lenguaje claro.

– Ningún dato te procurará ninguna seguridad, ninguna verdad. De todas formas, no tengo inconveniente en relatarte algunos hechos positivos, claros, como tú dices. Eso sí, ni se te ocurra convocar a Mary Taylor mientras yo estoy hablando ahora contigo.

–  Ya te he dicho que no espero a Mary Taylor hasta la hora del té. ¡Qué cansinas, las dos, con tantas susceptibilidades, toda la vida y la no vida!

 – Sólo hay vida, Helia. Eso que llamas la no vida no existe, la nada no existe. Mira hacia esta calle de Londres, se ha quedado asombrosamente casi vacía. Pero la vida está, aunque no se vea. Como Mary Taylor Poppins, que dices que no está, pero con la que te he oído hablar hace un momento. Procedo al relato que exiges, pero no cambiará nada, insisto. Mi padre era médico (esto ya lo sabes). Cuando él se marchó a Argentina y nos abandonó, yo abandoné a mi vez definitivamente París, porque tuve que ayudar a mi madre a sacar adelante a la familia. Esto también creo que te lo he explicado, no sé bien si en vida o en esta dimensión de la hipnopompia en la que nos hallamos. No importa.

– Sí que importa, Albertina. El orden y el tiempo en el que las cosas se hacen, o no se hacen, es esencial. El orden de factores sí que altera el resultado. Siempre. Pero en fin, ya no tiene remedio.

– Eres muy dura, Helia. No me das sosiego. Pero te comprendo, hija, aunque te noto un tanto obsesionada, ¿qué quieres que te diga?. Bien, vamos por orden. Primero, pues, París.

 

Empecé a trabajar en la Biblioteca pública de Zaragoza en cuanto se inauguró. Eso fue en 1920. No había biblioteca antes de ese año en la ciudad. Estaba la biblioteca de la Universidad, eso sí, y yo me había ofrecido para ayudar en ella. Era el lugar más cosmopolita de Zaragoza. Leía yo mucho, además. Siempre he leído mucho. Como bien sabes, Helia, los himnopómpicos somos lectores especialmente preparados, perfectamente capaces de, como dicen los exégetas banales, vivir la lectura como si fuera una realidad más. Son banales porque piensan y sienten en un solo plano. No entienden que la lectura es efectivamente una realidad, no como una realidad. Es una realidad cristalizada desde las posibilidades que baraja quien la piensa; cada escritura, lectura y relectura constituyen evidentemente una nueva realidad. Los hipnopómpicos leemos viviendo lo que leemos. Al igual que vivimos lo que soñamos. Bueno, son formulaciones físicas y psicológicas ya muy antiguas, en fin, la incertidumbre, los sueños, el inconsciente, en fin, tú ya sabes bien todo esto: has estudiado arte dramático, te lo contarían, lo habrás experimentado. Ser hipnopómpica y actriz, Helia, es un salto doble mortal. Intento cuidarte, niña. París. Sí. Disculpa.

Me empeñé en ir a la Universidad.  Cuando yo era joven no se estudiaba arte dramático. Me matriculé en Historia. No había otra opción para una mujer en Zaragoza por aquel entonces. Pero la hipnopompia ayuda también a sortear la realidad, es lo  que tiene: te da valentía. Trabajé duro cuando estudiaba bachillerato en el Instituto. Eran los años finales de la Primera Guerra Mundial y yo pensaba que cuando la guerra terminase me iría lejos a estudiar, me iría a París, o a Londres, o a América. Mucha gente se iba entonces a América. Mi padre también se fue a América. No sé muy bien por qué. Cuando estudiábamos mi hermana y yo en el Instituto, mi padre nos pasaba libros y revistas. En 1920 en los Estados Unidos aprobaron el voto de las mujeres,  y mi padre nos dijo: algún día llegará para vosotras. Para mí no llegó nunca. Bueno, una sola vez, en 1933, porque los obligatorios simulacros de Franco no cuentan, claro. Tenía que haberme ido fuera de España yo también. En el 36, tenía que haberme ido, y haberme llevado lejos a tu madre, teníamos que habernos ido a Inglaterra, o a América. Me echaron de la Biblioteca ese verano del 36. Ya no volví a trabajar. Si Basilio hubiera intervenido, claro, hubiera podido seguir trabajando después de la guerra. No te hace falta nada, decía, ¿para qué?. Es mejor que te quedes en casa, insistía, para que todos sepan sin duda que ya no tienes nada que ver con el pasado, decía, decía; siempre tenía algo que decir. Y yo temblaba, y pensaba también que sí, que mejor en casa y en silencio. París. Perdona, Helia, los viejos nos extraviamos mucho por la memoria, y aún más los viejos hipnopómpicos, con tanta facilidad para las asociaciones mentales, qué te voy a decir… París, sigo.

Si te digo la verdad, no sé o no recuerdo cómo caí en las manos de Proust. Aparecí de pronto una noche en su cuarto del 44 de la rue Hammelin. Proust escribía siempre. No le extrañó mi presencia. Yo tampoco me extrañé de estar allí. Siempre escribía, aunque algunas noches salía de soirée al Ritz, y yo iba con él y me presentaba, claro, a todos sus amigos y conocidos: Madame de Sevigné, que me sometió a todo tipo de preguntas, que yo no podía contestar, o Saint Loup; una vez vi a Odette, bueno, ya sabes, Helia, todos ellos… Eran bastante fantasmones en general. Proust le dijo a Céline que me acompañara a las mejores tiendas de ropa de París, para que pudiera ir bien vestida cuando saliéramos. No tenía mucho dinero Proust. Pero yo no lo sabía. No sé quién pagaría. Me volvía loca la ropa de París. Proust no escatimó. No era nada sexual. O al menos nada explícitamente sexual. Me refiero a nuestra excelente compenetración. No por su parte. Yo hubiera podido amar a Proust o a cualquiera que me comprara aquella ropa y me llevara a sitios como el Ritz, o el Grand Hotel, aunque fuéramos a esos sitios tan apenas cuatro o cinco veces durante todo el tiempo que viví en París, en la casa de Proust. Él me dijo  que le recordaba a Gilberta, su primer amor, me mintió. Yo no le dije nada. Alguien muy cercano a él ya me había dado a entender que a Proust no le gustaban las mujeres. Se trajo a cuento, de paso, el nombre que Proust, así me lo contaron, jamás había vuelto a pronunciar desde que lo había abandonado.  Alfredo Agostinelli, me susurraron una única vez.  Quiso ser aviador. Los aviones hacían furor, tan llenos de futuro. Alfredo Agostinelli, me informaron, se había matado en 1914, volando.  Pero yo no esperaba nada. Me dejé atrapar. Me dijo que necesitaba una prisionera. Proust me dijo que era seguro que no le quedaba mucho tiempo de vida, que él se daba cuenta y eso le angustiaba enormemente; pensaba que podía morir a cada minuto, y tenía miedo, un miedo intolerable. Necesitaba una prisionera en quien fijarse para componer el último gran personaje de su novela. Necesitaba un modelo, porque no quería hablar de sí mismo. Fui una magnífica prisionera hasta el mismo día en que murió. Aunque a veces, cuando los medicamentos le aturdían, me escapaba un par de horas, necesitaba respirar, necesitaba recorrer París.  Me vestía con mis hermosos vestidos de Patou, de Poiret, y me iba a Longchamp un ratito, a veces a Bon Marche, y otras veces al café Dôme, o a la Coupoule. Iba casi siempre sola, porque en París no pasaba nada si una mujer iba sin compañía a un café. Tampoco si entablaba conversación con un desconocido. Yo hablé con alguna persona muy pocas veces. Una vez con Picasso, quien me dijo que no le caía nada bien Proust –pero yo sabía que no le conocía, que Picasso sólo pretendía impresionarme-. Me dijo que todo el mundo hablaba de que Proust era un tipo muy raro. Además me informó de que todo París sabía que yo era la española prisionera de Proust y me dijo que ni se me ocurriera quedarme con él, que huyera, que los artistas españoles que vivían en París me ayudarían. Pero yo insistí en que había ido a París en buena parte por Proust, que no se preocupara. Picasso no iba a preocuparse, seguro, eso lo vi enseguida. Me dijo, al despedirse, que no conocía Zaragoza; le respondí que debería ir alguna vez, al menos para ver las pinturas de Goya en el Pilar y en la Cartuja. Se lo dije para que viera que yo era una mujer instruida, que entendía de pintura, porque me daba igual que no conociera Zaragoza. Y supongo que a Picasso le daba igual si una mujer entendía o no de pintura. Yo era muy feliz cuando me escapaba a recorrer París. Bueno, también en Zaragoza una mujer podía ir sola a un café, al Ambos Mundos, por ejemplo. Cuando ya no se podía ir sola a los cafés fue años más tarde. Después de la guerra ir a un café se volvió algo malo, y para castigar a la mujer que se atrevía a hacerlo todo el mundo se ponía todo el rato a hablar pestes de ella, hasta que enloquecía. Enloquecieron muchas. Yo dejé de ir a los cafés. Tampoco tenía tiempo para salir mucho, entre ayudar en el colmado a Basilio y atender la casa. A trabajar ya no volví nunca, bueno te lo he dicho antes, y ya lo sabías. Hay muchas formas de cárcel, ya sabes. Disculpa otra vez. Esta cabeza. París. Poco más ya que decir. París era divino. Pero tuve que volver cuando murió Proust y además mi padre se fue a América. Mi madre me lo contó sin rodeos y me tranquilizó asegurándome que ella ya se lo esperaba, que no me preocupara, que no cambiaría casi nada. Entonces me centré mucho en mi trabajo en la Biblioteca. Pedí trabajar más de lo que lo había hecho antes, e incluso me llevaba tareas a casa, como hacer fichas y sipnosis, esas cosas. Así podía seguir leyendo. Un par de años después vino un día a la Biblioteca León Ponce, pero no teníamos lo que él buscaba, lo recuerdo bien, un libro de Sebastian Faure, publicado apenas hacía un par de años, en 1920; pero no lo teníamos, no eran habituales ese tipo de libros en la Biblioteca. Yo ya sabía que se iba a reír, pero como no teníamos lo que buscaba, le ofrecí a León otro libro de un francés, traducido ya al castellano, muy nuevo también, le dije, mire éste es, Por el camino de Swan. El traductor, le dije, es un poeta español, Pedro Salinas. ¿Un poeta?, se rió, efectivamente. Déjame ver eso, anda: ¡pura perifrastia burguesa reaccionaria! ¿Tú lo has leído?, me dijo. Da igual, me gustas lo mismo. Vendré a buscarte luego, si me dejas invitarte a un café. Amé mucho a León Ponce, pero jamás le perdoné ni le perdonaré en toda la eternidad que nunca me dejara contarle cómo era París.

– ¡Hombres!

– Quizás.

Patrick on

10:35 h

 

Tener un novio inglés era lo más.

Contextualicen, por favor, esta aseveración en las coordenadas espacio-temporales correspondientes (cronotopía, me gustaría decir –añade volumen al sentido-, si no estuviera fuera de lugar en este registro tan conversacional que hemos acordado usted, paciente lector, y yo): latitud, 41°39′ Norte; longitud, 0°52′ Oeste; primeros años de la década de los 80, siglo XX. 1.000 desérticos kilómetros cuadrados de extensión. En ese  duro  territorio sólo era posible moverse de bar en bar, en invierno debido al  frío, en verano por el calor extremo. De bar en bar, o también precariamente de trabajo en trabajo, impelidos por la urgencia de tomarnos en serio a nosotros mismos, acorralados por la inflación galopante, por la carestía especulativa y política del petróleo, por la Historia, por nuestra propia dignidad, críticamente concienciados de la necesidad de no tirar la toalla, costase lo que costase. Incluso si costaba la cordura. Incluso si a alguno además de la cordura, le costaba la vida. La vida, insisto, y no exagero. Parecía que teníamos más de lo que realmente la ciudad podía darnos. Casi nada. La ciudad parecía algo sólo si solamente te fijabas en el interiorismo renovado de los bares. Concreto más: parecía que la ciudad tenía bastantes nutrientes con que alimentar la urgencia de la juventud. Pero realmente no había prácticamente de nada. Ni paisaje casi. Ni siquiera teníamos un río, aunque existiera, porque por entonces era como si el río no estuviera, no sabíamos de la vida faraónica que puede crecer en torno a un río. Éramos solamente hijos del desierto, de la ley del desierto que invadía la ciudad – Radio Futura, qué gran metáfora, pensando esto desde hoy, 22 de julio de 2012, futuro desierto/ desierto futuro. Cualquier cosa que entonces deseáramos estaba como muy cerca en Madrid, a más de 300 kilómetros, o en Barcelona, a otros trescientos kilómetros. Era de lo que hablábamos en los bares los prisioneros del desierto. Y de Londres o Nueva York. Hablábamos como si supiéramos mogollón de cosas. Y ya decíamos mogollón, claro. Sobre todo en los bares. Y sobre todo cuando aparecía alguien de fuera. Mogollón era lo más. Por ejemplo, mi novio inglés molaba mogollón. Patrick. Lo decía todo el mundo. Pero lo decían como si no lo dijeran. O sea, lo decían como si estuviéramos en  cualquier pub del  mismísimo Chelsea (hablo del Chelsea de los años 70 y comienzos de los 80, entiéndase, el barrio irreverente y punk) y no en la Tía Petaca, BV 80, Bohemios o El Central -por ejemplo- (la transición cultural nos teletransportó de golpe de la taberna revival a los locales fashion, es lo que tienen los territorios desérticos de los países totalitarios). De todas formas, Patrick no era punk. Más bien era, yo diría, como un intelectual del rock. El rock ampliamente considerado, pudiéramos apostillar. Y divertido. Era alto. Más bien pelirrojo. Y no abrumaba con el sexo: entonces esto, en un país en el que todo el mundo hablaba sin parar de follar (había que decir follar) y sus derivados,  me pareció un alivio, la verdad; me hacía sentir paradójicamente libre. Patrick quiso venir a España porque su abuelo había sido brigadista republicano durante la Guerra Civil. Estas cosas, como lo de tener interés en comprender de qué manera afectaba el pasado a nuestro presente, o sea tener interés en la Historia, aún sucedían en los años 80. Los hechos importantes mantenían su significado durante un par de generaciones por lo menos. Europa era todavía bastante decimonónica y la gente necesitaba cerrar círculos. Como si un círculo cerrado no fuera algo absolutamente imaginario. En fin, el brigadista inglés y abuelo de Patrick desapareció en la Batalla del Ebro. Era poeta, pues había publicado ya un libro y la familia conservaba muchos poemas inéditos. No encontraron su cuerpo. Desapareció, contaron durante décadas allí en Inglaterra, combatiendo en la Guerra Civil española. Como el Corto Maltés, exclamé sonriéndole a Patrick –no pude evitarlo-. No exactamente, sonrió él también (sonreíamos mucho los jóvenes de entonces, a pesar de todo): mi abuela que era periodista, (me explicó, y yo añadía asombro a la admiración)  e igualmente inglesa (y que por cierto, sonrió ampliamente, había estado en Zaragoza al principio de la guerra -¿de verdad?, me encandilaba yo-) descubrió poco después de desaparecer en el frente el abuelo que estaba embarazada y regresó entonces a Inglaterra, con todos aquellos textos suyos. Esto me contaba Patrick, sin contarme nada más. Yo no soy poeta, pero soy actor, ironizaba tontamente Patrick. Ya…, me reí con ganas, como yo, estudio en la Escuela, teatreros los dos, grité alborozada, y recuerdo que le besé mucho y mucho tiempo, mesándole el cabello rojo, como en las películas. Era casi feliz con Patrick, aunque todos los días tenía que pellizcarme para creer en su existencia. Patrick era mucho mejor a mi juicio que Robin Tripp, un inglés moderno y con chispa, nada machista, al que había yo en mi adolescencia llegado a conocer durante un tiempo: el que duró la emisión de la serie Un hombre en casa (Man about the house). Hace años que no le veo, a Patrick. Bueno, no es verdad, lo he visto muchas veces en mi territorio hipnopómpico: siempre con el mismo aspecto que cuando le conocí. Entonces, cuando conocí a Patrick, yo no sabía nada de León Ponce, pero él, Patrick, ya lo sabía  todo al respecto. Eso me hizo sentirme un tanto defraudada luego, cuando supe que él sabía y que me había mantenido en la ignorancia hasta que pudiera yo conocer a Rose Mary Taylor, su abuela, la periodista. Da igual. Ni los sueños donde he seguido viendo a Patrick ni su relativo engaño del comienzo de nuestra relación cuentan ahora, porque Patrick se muere y yo estoy en Londres, en Piccadilly, y frente a mi ordenador, preparándome mientras escribo y escribo para el reencuentro y para la despedida nuevamente. A menudo pienso que Patrick nunca existió. Que era otro. Como Albertina. Como mi historia. Como yo misma, quiero decir.

Quiero ser un bote de Colón

09:35 h

 

quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión

ah

ah

ah

ah

ahahahahahahahahah

 

(A comienzos de los años ochenta esta canción quería decir exactamente lo que dice.  La cantaban Alaska y los Pegamoides, que venían de ser Kaka de Luxe y luego fueron Alaska y Dinarama. Hay colgado en Youtube un video magníficamente generacional del programa “La Edad de Oro”  de la grande Paloma Chamorro).

 

Me emborraché la noche de la muerte del abuelo Basilio (que luego ha sido no-abuelo), y canté esta canción hasta vomitar. Mi madre no la soportaba. Seguramente a mí tampoco me soportaba. Yo solía cantarla a gritos, histéricamente, y chillaba aún más, a propósito, si ella estaba en casa. Es una canción emblemática, un faraónico corte de mangas, una canción que subvertía nuestra impotencia, la convertía en energía poderosa. Cuando volvimos a casa de madrugada, la noche que murió el abuelo Basilio -ahora, muchos años después, ya menos no-abuelo para mí, aunque nunca ya mi abuelo, – (sé, querido lector, que esto del abuelo Basilio no se comprende fácil, sobre todo si es usted un lector acostumbrado a leer según las reglas de la perspectiva de la imprenta y ha comenzado por el principio; es lógico que se pregunte ahora de qué le estoy hablando y le pido disculpas y le ruego pues un poco de esfuerzo extra y paciencia)- me puse a cantar la canción y Albertina la cantaba conmigo con fuerza insomne en la madrugada.  Las dos, ella y yo, cogidas del brazo insistiendo: quiero ser un bote de cooooolón, y mi madre indignada montó un escándalo casi de las mismas proporciones al que habían organizado unas horas antes Milans del Bosch y Tejero, con sus tanques y sus guardias civiles. ¡Qué sola estaba siempre mi madre entonces!. Siempre. ¡Qué sola! Luego me puse a llorar: fuertemente y mucho rato; no podía parar. Albertina me dijo que ni aun para encarar la muerte traía buena cosa emborracharse. Ella no lloraba. No la había yo visto llorar aún. Nunca aún. Hasta hace poco no entendí que la diferencia entre mi madre y Albertina estaba en la forma tan distinta en que cada una de ellas había sido joven. La diferencia entre ellas estaba en que lo que fue silencio puro en Albertina (rabia acallada) era en mi madre, una generación después, miedo, acomodada obediencia (que se transformaba en intolerancia activa —–(en otro momento hablaremos de esta actitud, de la autocastración y sus manifestaciones, o sea cosas que se hacían a causa de la castración colectiva, en los años de la dictadura de Franco).

¿Cómo soportar semejante transición y sus causas?:

Quuuiiieerooo ser un bote de cooooolón

 

 

 

 

 

 

o vivir en centrifugación. Perdón. Es una boutade. No he podido evitarlo.

Si te amo, morirás

14:40 h

Si escribo Patrick, escribo tu nombre. Tu nombre no me pertenece. No puede pertenecerme. Patrick es un nombre con mucha historia detrás. Es un nombre como un cometa, pensé algunas veces: y tú eres Patrick, y no edificaré nada sobre ti, sino junto a ti. ¿Cómo escribir tu nombre y no escribirte, construirte? Escribo ahora tu nombre, y escribo sobre ti. Compongo y recompongo mis pensamientos, reordeno los acontecimientos sobre los que pienso, reordeno y todo sucede de nuevo inevitablemente, ya se sabe: soy actriz (sí, soy actriz profesional, trabajo como actriz, pero no hablo ahora de esto, hablo de ser actriz de mi vida, en mi vida, no hay otra manera de vivir). Escribo sobre ti y hace un poco de calor en Londres, no como en el verano de 1982 en España, entonces hacía mucho calor: hola, yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí, le oí decir. No le creí, claro.

 

– Se lo dije yo, Helia

– Lo sé, Rose Mary Taylor, me lo contó Patrick cuando me confesó quién eras, quién era él, quiénes eráis, quiénes éramos.

 

Yo había salido a dar una vuelta por Bilbao; pasaba unos días en casa de mi familia (una vía septentrional y antigua de la emigración). Conocía la ciudad. No pensé que la zona de Moyúa estaría de ingleses a reventar. No sé por qué no lo pensé. Pensaba en otras cosas, supongo. Entre miles y miles de ingleses, al acercarme a la barra de un bar de por allí, escuché: yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí. No le creí, claro. Pero me colé con él al día siguiente en el partido de fútbol. Yo hacía cosas así en aquel tiempo; cosas como irme a un partido de un mundial de fútbol con un desconocido inglés (y no lo digo por el desconocido inglés), y otras cosas igual de tontas, pero más sosas, románticas y bohemias, como dormir en la playa, hacer autostop o beber ron en las pequeñas plazas que crecen sólo junto al mar Mediterráneo. Nada me gustaría más que vivir en una de esas plazas con mar, eternamente. Eso me gustaría mucho, muchísimo, igual entonces, en 1982, al principio, como ahora. Portmeirion tampoco estaba mal, aunque nada que ver con el Mediterráneo. Escribo tu nombre, Patrick, lo he escrito muchas veces. Algunas de ellas lo he hecho como si fuera una variación de mi propio nombre, o como si yo pudiera ser tú en algún momento, quiero decir que he escrito tu nombre amándote sin condición alguna. Ahora me gustaría escribir tu nombre como si pudiera cambiar tu s(m)uerte, como si en mi poder estuviera reescribir verdaderamente la línea del tiempo y las resoluciones que fuimos adoptando en nuestra vida. Simple. Deseo sempiterno. Palmario. Sólo cuando se ama, desea uno cambiar lo que ha sido o lo que es. Yo te amo, Patrick, siempre te he amado. No tiene nada que ver con que siempre supiera que te irías. Como ahora. Si pudiera, no te amaría ya. Tu muerte me hará muy desgraciada. Pero te amo. Tiene el amor muchas maneras de imponerse. El amor permanece porque su naturaleza es monstruosa, metamórfica, y puede matar. Puede matar inocentemente, como Mary Frankenstein Shelley Poppins. ¿Podría yo ahora cambiar el sentido de mi amor hace diez, veinte, treinta años? ¿Podría hacerlo? Si es posible modificar la luz que ya no existe a través de la luz que todavía vemos, ¿por qué no voy a poder amarte de manera que no fracase mi amor? Patrick, sería preciso que no murieras, y sin embargo.

 

– No vendrá, Helia.

– Déjame, Mary Taylor, déjame.

– Me has llamado.

– No. He pensado en Mary Shelley, con tanto poder. Poderosa y humillada. Desolada. Superviviente. Zombi.

– Da igual. Si piensas en ella, piensas en mí, y vengo.

– ¿Has visto a Albertina?

– Has pensado en mí ahora, no en Albertina. A ella no le gusta caminar por Londres. Si fuera París… Yo soy la que te acompaña ahora en tu breve paseo por este Londres dominical, ¿volvemos al pub?

– A mí sí me gusta pasear por Londres, Rose. Mary Shelley paseaba por Camdem Town de la mano de su pobre monstruo asesino. La gente les miraba. El monstruo estaba lleno de amor y sufría por los dos. Nunca la abandonó. Yo no abandonaré a Patrick.

– No vendrá.

– Déjame Rose Mary. Recuerdo muy bien el rostro joven de Patrick, el primer rostro de Patrick que amé. Recuerdo bien cuando paseábamos por Londres, abrazados o no. Déjame volver despacio.

– Has de escribir.

– Escribiré. Deja que vaya este rato por estas calles como si conectaran pasado remotísimo y futuro improbable. Todo cambia a cado paso. Londres morphing … Es muy raro escribir desde tiempos diferentes, en lugares distintos; una sola historia es poliédrica siempre y cada vez que la piensas, o te enfrentas a ella, cambia. No hay ficción, Mary Taylor; no es posible. Si estás convencida, Mary Taylor Poppins, de que no es verdad que vaya a venir Patrick, ¿por qué vuelves conmigo a St. James Tavern?, donde he quedado con él, donde voy a estar esperándole. Mary Taylor, ¿tú sabes dónde está ahora Patrick?

 

En 1982 sentí temor. La primera vez que soñé con Patrick tuve un sueño erótico, más bien sexual. Soñé con él la misma noche del día en el que él me dijo: alguien me ha dicho que podría encontrarte aquí. Durante un momento de ese sueño Patrick estaba muerto. Antes no. Luego tampoco. Recuerdo el rostro del Patrick muerto. Como una imagen subliminal dentro del sueño. Recuerdo el clima sexual del sueño. Nada más. El rostro de aquel sueño ha ido atravesando el tiempo dentro de mi pensamiento. El rostro joven de Patrick, el único que entonces conocía. Me asustó al principio. Luego lo reubiqué. Alguna vez resurgía (veía el rostro de Patrick muerto) en medio del acto sexual, o simplemente durante un viaje, o bajo la oscuridad del cine. A veces se iba durante años. Y siempre supe que era algo realmente producido por el lado autónomo de mi pensamiento, que ocupa casi todo mi cerebro, el lado conectado a la deriva hipnopómpica. No quería que fuera una premonición. Las premoniciones no te dejan ser feliz. Luego me convencí de que un rostro muerto es algo que todos llevamos con nosotros bajo todas las máscaras que van apareciendo a lo largo de nuestra vida, ese rostro, el último morphing …  Y que por lo tanto yo y mi hipnopompia no éramos causa; sólo una especie de detectores con hipersensibilidad. Me convencí; parece razonable el argumento. Y apuré el amor, día tras día. Nada es gratis. Y supe que Patrick se iría, ya desde el principio, incluso antes de que llegara. Una amiga mía siempre dice que todos los hombres se van. Siempre. Se van de muchas formas. Es muy posible que sea así. Pero Patrick no se fue de ninguna de esas formas propias de la especie. Se fue porque es muy difícil soportar la larga sombra de España, si no eres español o quizás, y en caso de ser inglés, historiador de fama.

– Creo que exageras.

 – Mira, Mary Taylor, exagero lo que me da la gana. ¿Cómo no voy a exagerar? ¿Cómo no voy a sacar las cosas de quicio, si estoy aquí, dando vueltas por Picadilly, esperando a Patrick, al que no veo hace años, y estoy aquí porque he venido como un rayo en cuanto él me llamó y me dijo ven por favor, quédate esta vez conmigo, quédate hasta el final?

-¿Tú te oyes, Helia?

– Sí, claro.

– Deberíamos comer algo.

– Yo ya he comido.

– ¿Cuándo? No te he visto, no me engañes.

– He comido algo en el pub, antes de salir a estirar las piernas un poco. Aún no habías venido, Mary Taylor. Y tú no puedes comer, ya no comes.

– Estás muy flaca, Helia. No piensas con claridad.

 

 La primera vez que vi su rostro muerto fue la primera vez que hicimos el amor, y eso fue después del partido Inglaterra-Checoslovaquia (existía entonces Checoslovaquia, faltaban nueve años para que estallase la locura de la Guerra de los Balcanes y algunos más para que Patrick se marchara de nuestra casa y yo y la compañía abriéramos el pequeño teatro de provincias: todos me decían, estáis locos, estás loca; hay pues tantas clases de locura como acciones humanas; abrimos el teatro y ahí está). Patrick se puso un poco borracho y muy eufórico (por el fútbol) y me decía hace calor, podemos ir al parque. Me miraba, me tocaba, pero con cierta timidez, como queriendo sobreponerse, como diciéndose no puedo cagarla. Y esa actitud me gustó, porque no hubiéramos hecho el amor esa noche del Inglaterra-Checoslovaquia si yo no hubiera querido, y no sentí con él la obligación de demostrarle nada, ni de demostrarle que la sombra de España no iba a decirme cómo y cuándo tenía que follar (y eso pasaba sólo porque Patrick era inglés; con los tíos españoles, por el contrario, era todo muy complicado por aquel entonces: querían mujeres muy modernas y muy antiguas al mismo tiempo; modernas para follar y muy antiguas para todo lo demás; era así incluso con los de veinte años, los que al parecer, te decían ellos, eran tus iguales, más o menos). Bueno, da lo mismo. No, no da lo mismo. Patrick era ligero. Patrick me amó, Patrick me enseñó quién era yo. Bueno, no. Yo era ya tal cual, hipnopompia incluida. Patrick, quiero decir, Patrick no le puso  peros  a nada. Incluida la hipnopompia (claro, él ya sabía de esta anomalía mágica por ti Mary Taylor, aunque yo no sabía que él sí sabía). Patrick se merecía todo, pero yo no quise quedarme a vivir en Londres. No me porté bien con él. Y encima tenía razón: este país guarda demasiados demonios en los jardines. Lo decía mucho Patrick; por la película. No hicimos el amor en el parque. Me dio la risa cuando me decía vamos al parque. Nos fuimos a casa de una amiga, que tenia un sofá cama en el cuarto de estar; como hacía tanto calor, sacamos la alfombra a la terraza. Hicimos el amor, y si ahora digo que hicimos el amor y no vi su rostro muerto, si digo, si escribo que nunca vi su rostro muerto, que nunca lo soñé, quizás sea posible que Patrick no me haya llamado para decirme que venga a Londres y quizás él no llegue, quizás no venga, para que yo no le ayude a seguir adelante hasta el final, y así no haya final.  Ojalá pudiera ser, aunque nunca le hubiera conocido y él nunca me hubiera amado y yo hubiera sido mucho más desgraciada.

– Pero, si has tenido el poder de escribir nuestro destino, ten ahora fuerza para aceptarlo: así le dice Byron-Remando al viento a Mary Shelly Frankenstein.

-Mary Taylor Poppins, no me toques las narices:  tuya es la culpa.

Un jersey de ochos

10:55 h.

 

Si sigo leyendo en Internet información sobre la viruela y viendo fotos de personas infectadas llenas de abultamientos lunares a punto de la purulencia, acabaré vomitando el café con leche que me acabo de tomar. Me ha preguntado la camarera si no iba a querer nada de comer para acompañar. He estado tentada. La repostería inglesa me parece siempre visualmente muy atractiva. Menos mal que enseguida he sido consciente de que cuando la pruebo nunca es, sin embargo, de mi gusto, y me resulta o demasiado dulce o demasiado sosa. También le he dicho a la camarera que prefería esperar a almorzar ya luego, un poco más tarde, en St. James Tavern. No se ha molestado por esta observación; o si lo ha hecho, no se le ha notado nada. Me ha sonreído, incluso. Yo creo que le da igual. No puedo evitar echar frecuentes ojeadas hacia fuera, a Picadilly Street, un planeta alucinante para mi provinciana mirada europea acostumbrada a una pequeña ciudad del sur. Yo también he sonreído a mi vez a la camarera, al tiempo que inclinaba la pantalla para ocultarle las terribles fotografías de infectados de viruela. Hay que evitar alarmar gratuitamente a los demás, hay que colaborar en mantener la intensa calma de esta mañana de domingo en Londres. La camarera me pregunta si he venido a los Juegos Olímpicos. Le contesto que muy posiblemente permanezca en la ciudad mientras se celebren los Juegos, pero que no sé si asistiré en directo a ninguna competición. Casi no quedan entradas, al menos para las pruebas más importantes, apostilla. Ya, he decidido el viaje un poco improvisadamente, cierro la conversación con un gesto amable, pero conclusivo, que viene a decir bueno se acabó, tú a lo tuyo, yo a lo mío.

¿Cómo he llegado a la viruela? Quería explicar, amigo lector, que cuando recibí la llamada de Patrick la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de un jersey de ochos, blanco, que yo tenía y que llevé mucho en los años universitarios. Un jersey gordo y enorme, que prácticamente hacía las veces de  abrigo en los días de invierno, si no eran demasiado fríos. Durante un par de cursos estuvieron de moda los jersey de ochos, recios y largos como vestidos, anchos. Los llevábamos con bufanda de varias vueltas y guantes de colores. Puse ese jersey en mi maleta cuando vinimos con Patrick a Inglaterra, al principio de nuestra relación, y lo utilicé bastante mientras estuvimos en Portmeirion. Me resultaba cómodo y acogedor. Ese jersey me protegía del frío como un iglú. Me protegía del frío y de otras amenazas ante las que todavía no había aprendido a defenderme, excepto escondiéndome dentro de iglús como mi jersey blanco de ochos, una verdadera envoltura física que evitaba exponer al mundo todos mis contornos. Protección e identidad, claro. Claro. Vestíamos siempre esos jersey durante las manifestaciones; nos permitían movernos delante de la policía mejor que los abrigos. También eran más prácticos para ir de vinos, para entrar y salir en la rueda de los bares de la zona de San Juan de la Cruz. En ocasiones podíamos hacer ambas cosas a la vez, manifestarnos e ir de vinos, y no había en ello frivolidad. Si usted es un lector joven no sabrá quizás que las manifestaciones, que ahora en 2012, recorridos ya algunos dolorosos años de crisis económica brutal y feudalizante, son tan habituales, ya lo eran cuando yo empecé a llevar mi jersey blanco y gordo de ochos, casi tan largo como un vestido corto. Lo tejieron a medias Albertina y mi madre –yo diría que no hicieron juntas muchas más cosas que tejer ese jersey-. Reconozco que me gustó que ambas se ofrecieran a tejerlo al alimón. Nunca he sido demasiado inclinada a las sagas familiares, ni he cultivado realmente sentimientos de pertenencia incondicional a la mía propia: dada nuestra historia, hubiera sido un propósito inverosímil. Pero reconozco que un hilo eléctrico invisible recorre las generaciones una tras otra, y que ese hilo a veces emite un destello, siempre intenso, aunque sea brevísimo y a menudo anacrónico. Las mujeres tejiendo en el salón de nuestra casa constituyen para mi uno de esos contradictorios y paradójicos destellos. Reconozco que es una sensación absurda por mi parte. Pero la vida colecciona cosas y hechos absurdos, a menudo trágicamente absurdos. Seguramente forman parte de las indescifrables –al menos por ahora- transiciones cuánticas, esas que parecen regir el caos de nuestras vidas, nuestra naturaleza tan altamente cruel y contradictoria, como toda la naturaleza lo es. De alguna manera el equilibrio cuántico de mi jersey blanco de ochos, mi iglú, estalló en Portmeirion, tontamente. El amor de Patrick nunca fue un amor al uso. El amor de Patrick era un camino minado. La viruela. No es una metáfora, la viruela, paciente lector -o lectora– (bien, incluyo aquí la apelación al dimorfismo sexual del posible lector o lectora, y espero que todos comprendan que cada vez que me dirija a uno o una de ustedes tendré siempre en cuenta que efectivamente puede ser usted hombre o mujer, según, o incluso hombre y mujer al mismo tiempo; espero que con esta aclaración, hecha ahora como podría hacerla en otro momento o secuencia de pantalla –según el soporte elegido- , se me exima de cualquier descalificación en este sentido; pero lo cierto es que sólo utilizaré el genérico “lector”; no voy a lastrar mis pequeñas narraciones con la pesadez continuada de la diferenciación y quedaré muy  agradecida por la comprensión de las personas más suspicaces en este asunto). No, no es una metáfora la viruela. decía. Mi madre y Albertina tejieron mi jersey durante el mes octubre de 1978. Ellas querían que fuera parecido al de una amiga, que era tricolor y muy espectacular. Pero yo insistí en algo más radical, como el blanco absoluto. El día que discutíamos sobre los colores de la lana del jersey, hablaban en el telediario del mediodía sobre las deliberaciones en las Cortes Constituyentes del texto de la Constitución española, al que darían visto bueno a finales de ese mes. También hablaban de  la muerte en Inglaterra de una mujer, que había tenido lugar en septiembre,  a causa de la viruela. En Inglaterra, fíjate, decía Albertina, yo pensaba que la viruela ya sólo se daba en países pobres (siempre acaba resurgiendo la identificación enfermedad y pobreza). Mi madre nos recordó que yo era portadora de algunas leves señales de la viruela: te hizo reacción la vacuna, nos dimos un susto grande, pero al final no fue nada. Entonces mi madre todavía se acordaba de las cosas. Respondí que yo había oído que se pensaba que la viruela se iba a dar prontamente por erradicada. Y de hecho así fue. Recordando todo esto que he contado, he ido a Google a reunir algunos datos en torno a la enfermedad terrorífica, por simple curiosidad. No por hacer metáforas. He leído que Janet Parker, una fotógrafa de Birminghan, fue la última víctima mundial registrada a causa de la viruela. Se infectó por accidente, al parecer por una falta de seguridad en un laboratorio que manipulaba virus de la viruela –Variola virus, se llama el bicho-, y que estaba junto a su estudio. Las dos últimas víctimas de la viruela fueron accidentales, por problemas en los laboratorios, no por contagio entre humanos, o sea que a efectos reales no cuentan. La viruela mató durante siglos de manera cruel y bastante repulsiva a millones y millones de seres humanos, incapaces de evitar el contagio piel a piel, fluido a fluido, la propagación de un virus excesivamente complicado para ser combatido con profilaxis. De hecho, según he leído, las vacunas eran siempre inestables (experiencia propia) y fueron conseguidas empíricamente,  y no porque se hubiera llegado a descifrar la naturaleza esquiva del virus. Leo que la viruela se declaró oficialmente erradicada en 1980. Erradicada gracias a la vacunación mundial. Sólo el virus acabó con el virus. Dos únicos laboratorios conservan en el mundo muestras hoy en día del microscópico demonio. La razón de su conservación es precisamente esta del desconocimiento de su comportamiento. No sabemos cómo es el mal, que sólo podemos combatir con el mal. O, al menos, eso dicen. Tampoco sabemos cómo es la muerte, una batalla perdida. Entiendo que Patrick, a pesar de sus recursos de hombre de teatro necesite un poco de apoyo. ¿Y a quién le iba a pedir complicidad y empatía sino a mí? ¿A quién se la pediría yo sino a ti, Albertina, y también a ti, Rose Mary? El jersey de ochos también era un disfraz, o , mejor, una máscara, una forma de estar que tenía el poder de generar una forma de ser. No era un número. Era una forma de libertad.

Ya me gustaría a mí hablar de sexo en Internet

17:40 h.

 

Albertina se balancea sobre mi cabeza, recostada sobre una vieja mecedora invisible y sonora, rítmica como un reloj, como la carcoma. Albertina se repite mucho, como todos los viejos. Me da el corazón que Patrick finalmente no vendrá, Helia, ya verás, insiste, – no sin mala leche. Sé que nunca perdonó a Patrick que fuera el instrumento que me llevara hasta Mary Taylor. No le perdona a Mary Taylor que me invitara a Portmeirion –hace ya mucho de eso, Albertina, le insinúo, aunque ella no se da por aludida-, que pusiera a mi alcance la otra historia de la familia, su historia, la historia de Albertina, mi propia historia. Dice que esta chismosa de Mary Taylor aguanta muy mal el paso del tiempo. Y lo dice una vez y otra, siguiendo el ritmo de su mecedora, muy mal lo soporta, y gesticula como diciendo mírala llena de arrugas y contorsiones propias de la corrosión. No te pases, Albertina, le corto. Qué hace ahí afuera, mirando hacia todos los lados de la calle, vuelve a la carga, qué espera, ese nieto suyo no vendrá; no vendrá, Helia, Patrick, no vendrá. Tampoco va a perdonarme a mí que las haya reunido, aunque sea en este universo hipnopómpico, y encarado una frente a otra, una al lado de la otra, intercambiadas entre sí. Es que no le veo la necesidad, insiste. Pero, yo sí. Es que no debemos mezclarnos; producimos extrañas interferencias, argumenta Albertina, y cuando lo dice siento asomarse sobre mi arco superciliar derecho la sombra de la migraña, espesándose por momentos, taladro y alquitrán colmatándome el nervio óptico. Quizás, digo yo, debisteis ser una sola, y no dos y tan dispares. Si fuerais una única, quizás la historia no hubiera cojeado, digo, la nuestra, la mía. Helia, de verdad, eres una pelma. Deberías haber escrito sobre sexo. Sobre sexo en Internet. Es un buen tema. Todo el mundo habla de eso, le rebato. Justamente, eso es lo bueno, Helia. Eres una pelma, le das vueltas a cosas sin remedio, pareces tonta. De sexo, podrías escribir sobre sexo. No puedo hablar de sexo, Albertina; estoy esperando a Patrick. Patrick se muere. Yo no puedo hablar ahora de sexo. Si pienso en sexo, pienso en que Patrick se muere. Y no quiero pensarlo. Yo quiero hablar contigo y con Mary Taylor, y con quien se ponga por delante, sobre cómo sin saber hemos llegado hasta aquí, hasta este pub de Londres, vosotras colgadas del techo, como títeres hipnopómpicos (me gusta mucho escribir hipnopómpico y me gustan los títeres, siempre un poco exagerados), yo misma hipnopómpica, encadenada siempre a esta pantalla especular como a un escenario. O hablar, quiero, en cómo no hemos llegado hasta aquí o hasta ninguna otra parte. ¿Dónde estamos? Especulemos. No desbarres, Helia, mejor hablar de sexo, Helia, siempre mejor hablar de sexo. No importa lo que quieras saber. Si hablas de sexo, lo sabes, sabes lo que necesitas saber y nada más, sin interferencias. Albertina, tú sí que eres una pelma. Ya me gustaría a mí hablar de sexo. Más aún, me gustaría mucho hablar de sexo en Internet, porque a mí me gustan las interferencias, incluso en el sexo. Pero no hablaré de sexo estando tú delante, aunque seas un ente hipnopómpico. En cambio, yo sí hablé de sexo contigo, cuando había que hacerlo; porque sabía que tu madre no lo haría, no hablaría contigo de ciertas cosas. Albertina, tú hablaste conmigo porque siempre te has sentido culpable de lo que sucedió el día aquel en que vino Franco a Zaragoza. Y no deberías. Pasó más veces luego. La violencia sexual estaba en el aire. El sexo y la muerte estaban en el aire, aunque todas las consignas lo negaran. Cada vez que pasaba, yo sentía una gigantesca indignación. Cada vez que sucedía algo, Albertina, me iban arrancando pedazos de cuerpo. Cada vez que algún conocido o desconocido se me echaba encima sin mediar palabra, yo perdía pedazos de confianza en la humanidad, pedazos de ilusión y de ganas de ser amada. Nadie me decía que el sexo fuera otra cosa que sentirse arrebatada de si misma de repente. Mi madre me decía, Albertina, que una “mujer como es debido” tenía que ponerle límites a los hombres, que podías dejarle a tu novio tocar un poco, que al sexo había que descender peldaño a peldaño, para que ni tu novio ni la gente piense que eres una cualquiera (fíjate: cu-al-quie-ra), que había que ir ampliando los límites poco a poco, y nunca sobrepasar lo decente. Nunca le dije nada. Qué tendrían que ver el sexo y la decencia. Nunca le dije que los límites se destrozan y violentan sin más. Que a los once años yo no sabía dónde estaban los límites. A los once años te meten mano durante un recibimiento multitudinario a Franco y te quedas de piedra y callas. Por vergüenza o por miedo, por perplejidad. Y te callas también después, a los doce, Albertina, aunque un asqueroso tipo con sotana te hubiera una tarde sentado en sus rodillas, mira reina a las damas se juega así, y otra vez muslo arriba, hacia arriba, y ya no volví, ya no quise volver -¿te acuerdas?- a aquel colegio de curas nunca más, aquel colegio donde los sábados por la tarde los críos del barrio íbamos a jugar y a ver películas. Por dios, Helia, ¿qué me estás contando? Todo es sexo, Albertina. Hablo de sexo. Querías que hablásemos de sexo. ¿De qué sexo querías que hablásemos? Todo es sexo decías hace un momento. ¿Por qué estás enfadada conmigo, Helia? A los dieciséis te vuelves a callar, te callas por dolor, por miedo y por vergüenza, y cuando te callas a los dieciséis después de que un desconocido te ha tumbado contra el puto suelo de la calle una noche a la puerta de tu casa, te ha sujetado y golpeado, te ha destrozado la ropa, te ha destrozado, y tú, después de que todo ha pasado eres capaz de callarte, eres capaz de sentarte escondida en las escaleras de tu casa hasta tranquilizarte lo suficiente, lloras, respiras, eres capaz de entrar en silencio en tu casa, de irte en silencio al baño y asearte, y gritar desde el baño que hace mucho calor y quieres darte una ducha, y luego decir que te duele mucho la cabeza (será por el calor) y te vas a la cama, y casi ni lloras en tu habitación, y eres capaz de callar durante años, desde que tenías dieciséis, callar ante todotodotodo el mundo, callar ante ti, Albertina, ante mi madre, porque si hablas sabes que te dirán eso te pasa por volver tarde a casa, aunque ni siquiera esa vez volvieras tarde, aunque daría igual, sabes que te dirán que la culpa es tuya por salir, por querer vivir, por respirar, que ya te he dicho mil veces que no sé qué haces por ahí, que por ahí sólo van las putas o casi putas, que quépensarálagente,quédirálagente,señor, cuando ha sucedido todo esto, cuando te han hecho  todo esto, cuesta mucho volver a hablar, Albertina. Cuesta hablar de sexo, aunque aprendas a hacerlo con el tiempo, reeducación y ganas, cabeza fría sobre la miasma circundante, no respires, respira. Yo te hubiera ayudado, Helia, ¿por qué no hablaste conmigo? De sexo no se hablaba, Albertina. Yo sí lo hice contigo. Tú me hablaste de amor. Albertina, ¿sigo contándote? ¿Hubo más, Helia? Hubo más. En el autobús, en el metro, en la Universidad, tú lo sabes, estaba en la calle, en el aire, santas o putas. Si santas, admiradas y aburridas; si putas, putas. Una vez, por ejemplo, Albertina, en el metro, en Madrid, -era mi primer viaje a Madrid, un viaje universitario al Prado, santo Prado, yo puta, al parecer, como todas- de pronto una polla desnuda y abultada trepando contra mi trasero; el metro iba repleto, muy repleto; el tío asqueroso –porque lo era- se la había sacado, pegándose a mi lado. Grité, le grité, asqueroso, qué haces, no me  toques. Grité muy alto. Nadie, nadie, nadie me preguntó qué sucedía, nadie me miró, nadie se atrevió a enfrentarse a mi ira, a mi desvalimiento (cada episodio eran todos los episodios y hubo unos cuantos). El tipo se fue escabullendo hasta el otro extremo del vagón, la cabeza encogida sobre su polla a medio esconder, supongo que dispuesto a buscar a otra jovencilla tierna. Nadie se movió, Albertina. Eso te hacía perder cualquier fe en este país. Sólo le había contando estas cosas a Patrick (excepto lo de Franco, eso no se lo había contando a nadie, ni a Patrick, a nadie, como si no hubiera ocurrido), con  nadie más he hablado; con ningún otro hombre, con ningún amante. Nunca. Tampoco con ninguna amiga, ni contigo, Albertina, que siempre me has cuidado. Tampoco nunca ninguna mujer me habló de situaciones parecidas. ¿No les ocurrieron? ¿Todas callábamos? Ya me da igual. Todo aquello no me importaba realmente por mí misma, porque me sucediera a mí; cuando sucedía, yo sabía que no me ocurría por ser yo. Ocurría. Estaba en el aire. El sexo como abuso y el poder como terror. En Portmeirion, recuerdo, Patrick me dijo con suma ternura que se alegraba mucho de que tanta mala experiencia no hubiera arruinado mis ganas de sexo. Se lo debo al cine francés, le expliqué. Milagroso.

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