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Proyecto Pop-Pins

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Caffé Nero

Google Street

09.15 h

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly,  he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern,  un pub en el que  sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si pillas una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida. Me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. St. James Tavern, que se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, no abre hasta las 12 del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mi, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que  St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado  otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles,  me siento extraña en esta tarea de esperar a  alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

            Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street y realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Auto-realidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos – siempre bastante razonables (no soy persona de excesos). En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo)  la ubicuidad solamente  se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte muy plástica la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo  todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que viví una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo exactamente:  “Felipe II” + Barcelona.  Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana -materia que atraviesa la materia- veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales, (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra posibilidad. El viaje que debo realizar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente,  -al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G. Welles-, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja (un riesgo, también: es la contrapartida – siempre la hay, es lógico). Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película -no sé si hipnopómpica o no- de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas  -ni al dulce en general- y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

Un jersey de ochos

10:55 h.

 

Si sigo leyendo en Internet información sobre la viruela y viendo fotos de personas infectadas llenas de abultamientos lunares a punto de la purulencia, acabaré vomitando el café con leche que me acabo de tomar. Me ha preguntado la camarera si no iba a querer nada de comer para acompañar. He estado tentada. La repostería inglesa me parece siempre visualmente muy atractiva. Menos mal que enseguida he sido consciente de que cuando la pruebo nunca es, sin embargo, de mi gusto, y me resulta o demasiado dulce o demasiado sosa. También le he dicho a la camarera que prefería esperar a almorzar ya luego, un poco más tarde, en St. James Tavern. No se ha molestado por esta observación; o si lo ha hecho, no se le ha notado nada. Me ha sonreído, incluso. Yo creo que le da igual. No puedo evitar echar frecuentes ojeadas hacia fuera, a Picadilly Street, un planeta alucinante para mi provinciana mirada europea acostumbrada a una pequeña ciudad del sur. Yo también he sonreído a mi vez a la camarera, al tiempo que inclinaba la pantalla para ocultarle las terribles fotografías de infectados de viruela. Hay que evitar alarmar gratuitamente a los demás, hay que colaborar en mantener la intensa calma de esta mañana de domingo en Londres. La camarera me pregunta si he venido a los Juegos Olímpicos. Le contesto que muy posiblemente permanezca en la ciudad mientras se celebren los Juegos, pero que no sé si asistiré en directo a ninguna competición. Casi no quedan entradas, al menos para las pruebas más importantes, apostilla. Ya, he decidido el viaje un poco improvisadamente, cierro la conversación con un gesto amable, pero conclusivo, que viene a decir bueno se acabó, tú a lo tuyo, yo a lo mío.

¿Cómo he llegado a la viruela? Quería explicar, amigo lector, que cuando recibí la llamada de Patrick la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de un jersey de ochos, blanco, que yo tenía y que llevé mucho en los años universitarios. Un jersey gordo y enorme, que prácticamente hacía las veces de  abrigo en los días de invierno, si no eran demasiado fríos. Durante un par de cursos estuvieron de moda los jersey de ochos, recios y largos como vestidos, anchos. Los llevábamos con bufanda de varias vueltas y guantes de colores. Puse ese jersey en mi maleta cuando vinimos con Patrick a Inglaterra, al principio de nuestra relación, y lo utilicé bastante mientras estuvimos en Portmeirion. Me resultaba cómodo y acogedor. Ese jersey me protegía del frío como un iglú. Me protegía del frío y de otras amenazas ante las que todavía no había aprendido a defenderme, excepto escondiéndome dentro de iglús como mi jersey blanco de ochos, una verdadera envoltura física que evitaba exponer al mundo todos mis contornos. Protección e identidad, claro. Claro. Vestíamos siempre esos jersey durante las manifestaciones; nos permitían movernos delante de la policía mejor que los abrigos. También eran más prácticos para ir de vinos, para entrar y salir en la rueda de los bares de la zona de San Juan de la Cruz. En ocasiones podíamos hacer ambas cosas a la vez, manifestarnos e ir de vinos, y no había en ello frivolidad. Si usted es un lector joven no sabrá quizás que las manifestaciones, que ahora en 2012, recorridos ya algunos dolorosos años de crisis económica brutal y feudalizante, son tan habituales, ya lo eran cuando yo empecé a llevar mi jersey blanco y gordo de ochos, casi tan largo como un vestido corto. Lo tejieron a medias Albertina y mi madre –yo diría que no hicieron juntas muchas más cosas que tejer ese jersey-. Reconozco que me gustó que ambas se ofrecieran a tejerlo al alimón. Nunca he sido demasiado inclinada a las sagas familiares, ni he cultivado realmente sentimientos de pertenencia incondicional a la mía propia: dada nuestra historia, hubiera sido un propósito inverosímil. Pero reconozco que un hilo eléctrico invisible recorre las generaciones una tras otra, y que ese hilo a veces emite un destello, siempre intenso, aunque sea brevísimo y a menudo anacrónico. Las mujeres tejiendo en el salón de nuestra casa constituyen para mi uno de esos contradictorios y paradójicos destellos. Reconozco que es una sensación absurda por mi parte. Pero la vida colecciona cosas y hechos absurdos, a menudo trágicamente absurdos. Seguramente forman parte de las indescifrables –al menos por ahora- transiciones cuánticas, esas que parecen regir el caos de nuestras vidas, nuestra naturaleza tan altamente cruel y contradictoria, como toda la naturaleza lo es. De alguna manera el equilibrio cuántico de mi jersey blanco de ochos, mi iglú, estalló en Portmeirion, tontamente. El amor de Patrick nunca fue un amor al uso. El amor de Patrick era un camino minado. La viruela. No es una metáfora, la viruela, paciente lector -o lectora– (bien, incluyo aquí la apelación al dimorfismo sexual del posible lector o lectora, y espero que todos comprendan que cada vez que me dirija a uno o una de ustedes tendré siempre en cuenta que efectivamente puede ser usted hombre o mujer, según, o incluso hombre y mujer al mismo tiempo; espero que con esta aclaración, hecha ahora como podría hacerla en otro momento o secuencia de pantalla –según el soporte elegido- , se me exima de cualquier descalificación en este sentido; pero lo cierto es que sólo utilizaré el genérico “lector”; no voy a lastrar mis pequeñas narraciones con la pesadez continuada de la diferenciación y quedaré muy  agradecida por la comprensión de las personas más suspicaces en este asunto). No, no es una metáfora la viruela. decía. Mi madre y Albertina tejieron mi jersey durante el mes octubre de 1978. Ellas querían que fuera parecido al de una amiga, que era tricolor y muy espectacular. Pero yo insistí en algo más radical, como el blanco absoluto. El día que discutíamos sobre los colores de la lana del jersey, hablaban en el telediario del mediodía sobre las deliberaciones en las Cortes Constituyentes del texto de la Constitución española, al que darían visto bueno a finales de ese mes. También hablaban de  la muerte en Inglaterra de una mujer, que había tenido lugar en septiembre,  a causa de la viruela. En Inglaterra, fíjate, decía Albertina, yo pensaba que la viruela ya sólo se daba en países pobres (siempre acaba resurgiendo la identificación enfermedad y pobreza). Mi madre nos recordó que yo era portadora de algunas leves señales de la viruela: te hizo reacción la vacuna, nos dimos un susto grande, pero al final no fue nada. Entonces mi madre todavía se acordaba de las cosas. Respondí que yo había oído que se pensaba que la viruela se iba a dar prontamente por erradicada. Y de hecho así fue. Recordando todo esto que he contado, he ido a Google a reunir algunos datos en torno a la enfermedad terrorífica, por simple curiosidad. No por hacer metáforas. He leído que Janet Parker, una fotógrafa de Birminghan, fue la última víctima mundial registrada a causa de la viruela. Se infectó por accidente, al parecer por una falta de seguridad en un laboratorio que manipulaba virus de la viruela –Variola virus, se llama el bicho-, y que estaba junto a su estudio. Las dos últimas víctimas de la viruela fueron accidentales, por problemas en los laboratorios, no por contagio entre humanos, o sea que a efectos reales no cuentan. La viruela mató durante siglos de manera cruel y bastante repulsiva a millones y millones de seres humanos, incapaces de evitar el contagio piel a piel, fluido a fluido, la propagación de un virus excesivamente complicado para ser combatido con profilaxis. De hecho, según he leído, las vacunas eran siempre inestables (experiencia propia) y fueron conseguidas empíricamente,  y no porque se hubiera llegado a descifrar la naturaleza esquiva del virus. Leo que la viruela se declaró oficialmente erradicada en 1980. Erradicada gracias a la vacunación mundial. Sólo el virus acabó con el virus. Dos únicos laboratorios conservan en el mundo muestras hoy en día del microscópico demonio. La razón de su conservación es precisamente esta del desconocimiento de su comportamiento. No sabemos cómo es el mal, que sólo podemos combatir con el mal. O, al menos, eso dicen. Tampoco sabemos cómo es la muerte, una batalla perdida. Entiendo que Patrick, a pesar de sus recursos de hombre de teatro necesite un poco de apoyo. ¿Y a quién le iba a pedir complicidad y empatía sino a mí? ¿A quién se la pediría yo sino a ti, Albertina, y también a ti, Rose Mary? El jersey de ochos también era un disfraz, o , mejor, una máscara, una forma de estar que tenía el poder de generar una forma de ser. No era un número. Era una forma de libertad.

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