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Proyecto Pop-Pins

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El Prisionero

I made number one oneself an image of himself which he was trying to beat

 

Es un vídeo, pero importa el audio, la voz, lo que esta voz cuenta, y  a partir de aquí podemos encaminarnos al capítulo que lleva por título “Portmeirion”, en Territorio Pop-Pins, libro.

Patrick Mcgoohan

 

De Patrick Mcgoohan (El Prisionero) a “Portmeirion”, un capítulo que por el momento sólo puede leerse en el libro “Territorio Pop-Pins”. Portmeirion es La Villa, y un pueblo en sí mismo creado a partir de retazos de otros lugares. ¿Ficción para la ficción o realidad nacida de la ficción?

Para El Prisionero

 

Capítulo en el libro “Territorio Pop-Pins” (Limbo Errante)

 

 

 

 

 

Nuevos capítulos ya

Dos nuevos textos a partir de hoy en Pop-pins: La nieve y La Poppins (valga la redundancia). Como siempre, llaves de lectura también. Dentro de un ratito voy completando la banda sonora. Además, advierto de que en algún capítulo anterior (como El Prisionero) ya hay alguna corrección, fruto lógico de los ajustes que van surgiendo entre unos textos y otros. Esto es una novela en marcha, a la vista.

También voy a introducir algunos hiperenlaces. No muchos. Solamente algunos que me parecen, más que necesarios, ilustrativos, que ayudan a la historia, la amplían. Como un poco de ortopedia. Esos hiperenlaces están referidos a algunos términos dentro de los textos.

Nueva cabecera también:

 

Rayografía, de Man Ray
Rayografía, de Man Ray

 

Man Ray es citado varias veces en Pop-pins.

 

 

Cosas blanquísimas

 

 

La nieve.

La espuma del mar,  claro.

La ropa blanca en lejía.

El fondo de los ojos de Albertina.

Las azucenas con flores a María que madre nuestra es.

El Prisionero con traje blanco.

La pantalla del cine.

El muro de nieve.

El vestido de la chica de Reina por un día (buscar en el archivo de la web RTVE).

Rover.

La nave Géminis en las fotografías de la época.

Mi vestido de verano y el calor de Atenas.

La hoja de Word que es más blanca que la hoja de papel blanco.

Las muchachas en flor de Proust bajo sus pamelas blancas.

La perrita Marilín cínicamente blanca (buscar en el archivo de la web de RTVE).

Los molinos de viento que no son molinos, amigo Sancho, aunque lo parezcan.

La costa del Azahar.

Extrañamente las arenillas de mis riñones.

Rover.

La luz FFFFFF. La luz en las fotografías en blanco y 000000 (negro) del álbum familiar.

Los dientes pintados de blanco del blanco pintado de negro en los musicales americanos cuando existía el KK Sepulcros blanqueados Sólo lo he visto en la televisión.

Joyce en sí mismo blanco Finnegans Wake, lavado en alcohol.

Los números de la quiniela dominical pegados sobre una pizarra negra / Escala en Hi-Fi (buscar en el archivo de de la web de RTVE, Mochi blanco).

La clara del huevo frito para cenar en invierno.

La hipnopompia cuando no es roja.

La nieve.

Sara ante el espejo de Juan Muñoz.

Mi vestido de primera comunión demasiado blanco y ellos a mi lado no de blanco, de negro (ambos).

Ionesco

La tristeza blanca del rinoceronte.

Rover.

El vaso de leche antes de ponerle Nescafé por las mañanas.

Dadá.

La prisionera de Proust, pálida como el papel. Albertina.

Portmeirion.

Mary Julieta Taylor Lorca Hepburn Poppins

El recuerdo infértil. La traición inútil.  La nube varada siempre frente a la ventana. La enfermedad. El cierzo. El tiempo. La luz. 77. Rover (el gran globo blanco) y el sueño que llega. Entornar los ojos. La Luz en las mañanas del verano de la infancia antes de saber.

Google Earth bajo la nieve

Google Earth bajo una tormenta solar

Ver lugares en el pasado – abandonar

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La confabulación de los Rover

 

11:20 h.

 

Dejé de ser niña a la edad de seis años. Esa es una  realidad consolidada y corroborada por todo cuanto ha sucedido después en mi vida. Otra realidad es este bucle de error cíclico que reproduce sin interrupción la cualidad expectante del tiempo de mis seis años. Una cualidad de carácter muy superior a cualquiera que haya adquirido con posterioridad. Esa espiral paralela es por tanto para mí algo irrenunciable: como la energía de un generador auxiliar. Cuando tenía seis años, y a la vista de que mis rasgos hipnopómpicos comenzaban a revelarse en mí y de que yo mostraba cada vez más consciencia de ellos, se produjo a mi alrededor una obstinada confabulación para lograr amputarlos. Mi madre los consideraba un tremendo peligro. La hipnopompia no constituye una herencia genética inevitable ni directa; como, en mi caso, puede ser retrospectiva. De hecho, mi madre siempre ha estado muy ajena a la hipnopompia, ella se ha movido en una única dimensión, definida por algo así como un alto sentido del deber. El sentido del deber nunca interroga por las razones más allá de lo mínimo necesario para interpretar el entorno bajo una apariencia armónica y suficiente para la vida. También, por supuesto, era hipnopómpica Rose Mary Taylor Poppins. Sin embargo, a mi madre nunca le ha gustado el cine.

Cuando yo tenía seis años la nave tripulada Geminis 5 circunvaló la tierra 120 veces y la Geminis 7, 206. Las cápsulas Geminis  tenían un espacio habitable de igual volumen que el que ocupaban los asientos delanteros en un Wolkswagen Escarabajo. Lo contaban en los Telediarios. Cuando yo tenía seis años  los Telediarios empezaban con una imagen planetaria de la Tierra, y yo empecé a preguntar todas las tardes, después de la siesta, si cuando yo fuera mayor podría ser a la vez cantante pop y astronauta. Aunque ahora ya estoy algo cansada, siempre me gustó ser varias (personas) y hacer varias cosas (todas muy bien). Lo del pop lo decía por los Beatles. Yo tenía seis años cuando vinieron a Madrid y Barcelona (que no eran entonces exactamente España). Por cierto: hoy es 3 de julio (el mismo día de mes en que los Beatles tocaron en Barcelona). Por eso hoy es 3 de julio y estoy en Londres y dentro de unas horas Rafa Nadal perderá la final del torneo de Wimblendon ante Djokovic, pues estamos en 2011, aunque también en 2012 y es 22 de julio o el aún futuro 22 de septiembre, el día en que habrá muerto Patrick – un día es el día y todos los días que han cobrado significado relevante (el tiempo entre ellos apenas cuenta, no transcurre el tiempo interior) y continúo en Londres, y luego seguiré  esperando (un poco más) hasta que llegue Patrick. Aunque esperar no es el verbo adecuado: ya se sabe que vivir es aquello que se hace en tanto que uno espera hacer lo que desea. Ya no deseo a Patrick. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Fue por amor, no tengo duda, que mi madre intentó cercenar mis veleidades hipnopómpicas. Las intuyó apoderándose de mí cuando yo tenía seis años, como digo. Pop y astronauta eran dimensiones no visibles en la vida plana de España. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dijo que los Beatles y los astronautas eran sólo cosa de la televisión, algo irreal según ella. Nunca me preguntó qué quería ser de mayor. Yo creo que no podía imaginarme como una persona. Dejó que los globos Rover llegarán hasta mi habitación y que ocuparan mi camino hasta el colegio. Los globos Rover, vigilantes amenazadores que no dudarían en darme una lección si me desviaba hipnopómpicamente en algún momento del camino estricto y correcto. Los globos Rover no son una invención de los guionistas de la serie El Prisionero. Los globos Rover estaban ya, cuando yo tenía seis años, en los Telediarios de TVE. Y en el colegio. Y en la familia. Eran blanquísimos, como los sepulcros. Y muchos años después Albertina me confesó que ella llevaba viéndolos toda la vida. Por eso, me dijo la noche que murió el abuelo Basilio, me gusta cantar contigo quiero seeerrr un bote de cooolónnnn

 

La Villa

 

12:25 h.

 

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada

(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz,  no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).

 

 – Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

 – En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.

– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

 – Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea

 – Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido  de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

 – Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora.  Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

 – Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.

 Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-,  yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía

(ver HYPERLINK

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)

de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

 

Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir  mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos  han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea   la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y  de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida,  Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?

 –  Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.

– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

– Pues, es verdad.

 

(FALL OUT) El Prisionero  ——>ES un capítulo que aparecen en “Territorio Pop-Pins”, libro

Marcel Proust

Marcel Proust, por Ray Man
Marcel Proust, por Ray Man

Es el retrato de Proust difunto. De él se habla algo en el capítulo “El Prisionero”, en el libro “Territorio Pop-Pins” (desde finales de febrero 2017 en librerías)

La confabulación de los Rover —–>

 

 

rover

Portmeirion

Esta parte en la que estoy ahora trabajando contiene el nudo-motivación de todo cuanto ocurre y parece que ocurre en Pop-pins; me cuesta ordenar bien esta parte (si es que se puede hablar de orden en una narración tan dislocada como esta en la que estoy cayendo).  De repente he comprendido que el capítulo se había terminado. Yo pensaba que en él debía incluir exactamente el meollo-meollo, pero no. Queda para otro. Además he trasladado también el título: La Prisionera, que sí que corresponde exactamente a ese meollo-meollo. El que acabo de concluir hace unos minutos (sin revisar), ha pasado llamarse Portmeirion. Si no fuera por la Mentira y los secretos no podríamos vivir juntos, claro.

http://www.portmeirion-village.com/

http://maps.google.es/maps?hl=es&rlz=&gs_upl=130l637l0l1408l4l4l0l1l1l0l8l8l1l1l0&um=1&ie=UTF-8&q=portmeirion&fb=1&gl=es&hq=portmeirion&ei=3U8cT4KfJozrOeivnNYM&sa=X&oi=local_group&ct=image&ved=0CB0QtgM

Portmeirion es el lugar donde se rodó El Prisionero (no sé si lo he dicho), y el lugar a donde viaja Helia para conocer con Rose Mary Taylor, la Poppins.

Etcétera

Reportaje en Heraldo de Aragón (7-01-2012; la foto que aparece es de Anna Moshi)

Etcétera me parece una sección absolutamente apropiada para Pop-pins (y lo digo sin ironía, en serio).

Este es el reportaje que ha realizado (muy bien por cierto) Rocío Solanas y que es consecuencia de la entrevista de la que hablamos en el post anterior. Tengo que estar agradecida porque ha sido un excelente revulsivo para mi; no por salir en la prensa y esas cosas (y también lo digo ahora en serio, no es falsa modestia), sino porque pensar que Pop-pins haya llamado la atención de alguien dentro de la prensa me resulta, por un lado sorprendente, y por otro gratificante, desde luego.

Gracias pues, nuevamente, a todos, caramba.

La Villa (un capítulo más de Pop-pins) está listo para la corrección; esta vez me ha resultado menos complicado de lo que pensaba. La Villa es una metáfora (en Pop-pins, y en la serie El Prisionero, de donde proviene). Una metáfora simple y efectiva sobre nuestra más íntima y vital contradicción como especie: ni con los demás congeneres ni sin ellos.

El prisionero

Entre las muchas cosas que agradezco a la democratización de las tecnologías de la información está la de la memoria constatable (positiva /o negativamente)

O sea, que uno se acuerda de algunas cosas que vio, escuchó o vivió hace tiempo y tiene en ese mismo mo-mento la posibilidad y capacidad de contrastar su recuerdo con por lo menos una parte de la realidad (o lo que la convención necesaria de la comunicación interpersonal e intergrupal establece como tal)

Cuestión aparte es la repercursión que este ejercicio comparativo tenga en la propia configuración de la misma Memoria (memoria-personal / memoria-colectiva / memoria-fisiológica puramente)

o sea, se está ya generando una memoria nuestra que no está dentro de nuestro cerebro

una memoria que se ejecuta como una auto-visualización / auto-revisión, y lo mismo para los hechos en los que fuimos partícipes

la ciencia/disciplina de la Documentación (que siempre fue una ciencia de la memoria) puede así convertirse en una herramienta crítica (por decisiva y por arriesgada) del poder

Algunas de estas cosas (y otras) empezaban a esbozarse en una de las series que más me han gustado desde siempre: El Prisionero (Patrick McGoohan y George Markstein)

Y este uso crítico de la documentación es el que intento (intento) ejercitar en Pop-pins, a través del trampantojo literario de la hipnopompia.

Ayer cerré otro nuevo capítulo (van 17 y quedan unos cuantos): El prisionero, se llama; y en él no se habla de la serie, sino más bien de Proust y el París de  Proust. Pero sí aparece Rover. Porque esos Rover de la serie televisiva son un auténtico hallazgo metafórico del terror a través del absurdo (por eso son kafkianos, además de psicodélicos). La historia (la memoria) está sembrada de Rover´s ( de Rover ya hemos hablado en este making of) .

Otro video más en http://luisamr.blogspot.com/2011/12/series-y-series20-el-prisionero.html

Y todo esto realmente proviene de la posibilidad que he tenido de volver a ver la serie, después de tantos rover´s (¡todos los capítulos!, 17 fueron)

1&1/2 word

Buena parte de la noche y de la tarde para escribir apenas (iba a decir folio y medio, pero diré) 1 & 1/2 word de este lío de capítulo en el que me he metido.

título del capítulo: El prisionero; y si salgo medio bien de él me daré con un canto en los dientes. De momento tengo que terminar de enterrar a Proust.

Esta es la música que sonó en su funeral (el 22-11-1922): Pavana para un infanta difunta (y no se admiten ahora segundas semánticas) es de Ravel, al que no le convencía mucho tampoco lo que había hecho en esta pieza (no hago comparaciones -que enseguida tendemos todos a decir… qué se pensará: pues eso, pienso que es un cierto consuelo ). A mi me parece una pieza bastante conmovedora (pero a lo mejor es lo que no le gustaba al intelectual Ravel).

Por lo demás, tengo una buena lista de capítulos pendientes.

Va, la Pavana:

Maurice Ravel – Pavane Pour Une Infante Defunte (Pavane For A Dead Princess)

Cosas muy blancas

Hoy escribo sobre cosas muy blancas.

Como la ropa blanca en lejía Como la luz Como los uniformes de almirante Sepulcros blanqueados Como los pozos blancos…

Como Rover

http://www.facebook.com/pages/Pop-pins-Novela-en-marcha/144478152294581

Como las pantallas de cine

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