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Proyecto Pop-Pins

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Google Street

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Esquinas (las autobiografías no existen)

 

 

 

 

Esta esquina, chaflán, muestra un lugar de intersección entre la calle Provenza y Roger de Llúria, en Barcelona. Google Street, claro. Google Street es uno de los elementos esenciales en la construcción de Pop-pins, porque me permite “ubicarme de verdad” en algunos de los escenarios de la historia (los hemos ido mostrando aquí en ocasiones: Picadilly Circus, la fundamental St. James Tavern, en Londres, la estación de Francia en Barcelona, etc). Google Street es tan esencial en Pop-pins, que se ha convertido en un elemento más de la narración.

Esta esquina de la imagen googlestreetiana es uno de los lugares en los que se materializó la infancia de Helia, protagonista polimórfica de Pop-pins. Algunos negocios perviven en su vocación a lo largo del tiempo, o perecen y reaparecen: en esta esquina el padre de Helia dice que estaba su colmado en los años sesenta.

Añadiré: comienzo a pensar que las casualidades en Pop-pins son ya muchas casualidades. Mientras voy lentamente completando la parte dedicada a este escenario del Eixample (aunque no solo dedicado a ello), comienzo la lectura de la autobiografía de Carlos Barral, y me encuentro leyendo sobre las mismas calles, los mismo lugares (la familia Barral tenía su residencia en la confluencia de Mallorca con Claris; tengo que confesar: los escenarios de Pop-pins pueden ser imaginarios – o no, según las ocasiones-, pero mi ligazón con la calle Mallorca pertenece inconfundiblemente a la mitología sentimental de la infancia, y desde luego motiva en parte este capítulo de Pop-pins, que espero terminar esta noche, finalmente: Saldo migratorio) — claro, Pop-pins no es autobiográfica, para nada; pero usa elementos autobiográficos como sopa matricial, y a remover – De todas formas, las autobiografías no existen.

Y por lo demás//

no considero ya preciso insistir en mis dificultades para conseguir tiempo para escribir: compro tiempo; la vida impone urgencias; en estos últimos años está imponiendo muchas. Paciencia.

Google Street

09.15 h

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly,  he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern,  un pub en el que  sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si pillas una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida. Me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. St. James Tavern, que se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, no abre hasta las 12 del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mi, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que  St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado  otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles,  me siento extraña en esta tarea de esperar a  alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

            Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street y realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Auto-realidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos – siempre bastante razonables (no soy persona de excesos). En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo)  la ubicuidad solamente  se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte muy plástica la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo  todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que viví una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo exactamente:  “Felipe II” + Barcelona.  Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana -materia que atraviesa la materia- veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales, (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra posibilidad. El viaje que debo realizar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente,  -al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G. Welles-, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja (un riesgo, también: es la contrapartida – siempre la hay, es lógico). Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película -no sé si hipnopómpica o no- de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas  -ni al dulce en general- y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

Pop-pins, vista de pájaro
Pop-pins, vista de pájaro

http://www.sonidosmp3gratis.com/sounds/Metro_Train_Stops_01_Sound_Effect_Mp3_89.mp3

Underground atraviesa

Google Streethttp://wp.me/pPByI-5U

Agujeros en el tiempo

(Aclaración previa: le debo un post-explicación a José Luis Gracia Mosteo: y no me olvido; será el siguiente) 

 

Posiblemente abordo la escritura más como un trabajo plástico que como una construcción meramente mental o como un hecho comunicativo. Me gusta ensuciarme durante el trabajo, como los escultores, los pintores, los aficionados al bricolaje. Me gusta fijarme en muchas cosas. Necesito ir encontrando piezas que sirvan para la elaboración de una narración. Descubrir casualidades que sin duda no deben serlo realmente. Lo que uno necesita va apareciendo delante de sus ojos precisamente en la medida en que se requiere. Esas casualidades posiblemente descubren objetos, circunstancias, pensamientos, gente, que orbitaban entorno nuestro de forma invisible, porque no necesitábamos verlos. Aparecen de repente, como teletransportados desde otra dimensión, ante nosotros y ante nuestra llamada, ante nuestra interrogación. Son respuestas. Y en mi caso elementos que incorporar o no; materiales que transformados pasan a integrarse en el proceso del trabajo de escribir, que me ayudan muchísimo a explicarme, circunstancias que -como de forma mágica- condensan y representan por si mismos lo que en mi cabeza parecen ser largas cadenas informes de palabras.

        Pop-pins, en cuanto proceso recreativo (y a pesar de todas las vicisitudes por la que ha ido pasando, desde cambios de objetivos y planteamientos, hasta las dificultades vitales últimas con que me he tropezado para acometer la escritura en sí), me está proporcionando un territorio muy cómodo de trabajo.  La novela es la que ha elegido el momento de cobrar forma escrita, después de mucho tiempo de hibernación y transformaciones a priori. Así que tengo que pensar que en vez de calificar las dificultades citadas como elementos en contra del proceso de escritura, lo lógico es contar con ellas como parte de dicho proceso, como procedimiento. Tal actitud surge de forma natural: es lo que ha sucedido, como ya he contado, con las últimas experiencias vividas en el hospital como cuidadora durante casi un mes de un familiar muy querido. De ellas parte la idea de intentar armar una estructura casi-narrativa muy flexible: a base de patas sinápticas entre los diferentes pop-pins (o capítulos, para entendernos), siempre teniendo en cuenta que las sinapsis son altamente plásticas y cambiables.

        En fin, retomando la cuestión de las casualidades aparentes, estas circunstancias personales que me han obligado a ralentizar el ritmo de escritura de la novela, apenas comenzada en firme, serían una de tales, en este caso altamente determinantes.

        Otra casualidad que me apetece referir ahora es el conocimiento por mi parte, hace unas semanas, de la realización (entre octubre de 2009 y enero de 2010) de una intervención fotográfica urbana en Barcelona a cargo de Ricard Martínez, llamada “Forats de bala”, (Arquelogía del punt de vista) y que consistió en colocar dos fotografías de Agustí Centelles [*]–reproducidas a tamaño “real”, digamos, o sea a tamaño de lo fotografiado- en el mismo lugar urbano en el que fueron obtenidas entre el 19 y el 20 de julio de 1936. Se trataba de reintroducir una escena del pasado en el paisaje actual, haciendo coincidir las coordenadas de perspectiva entre ambos. El resultado es cuando menos inquietante: una singularidad, diríamos, histórico-espacio-temporal (o  algo así).

Leí el artículo sobre “Forats de bala” en el suplemento Cultura/s justamente en los mismos días en que andaba trasteando con Google Street, en busca de imágenes actuales de algunos escenarios de mi infancia, con los que quería jugar en una parte de la novela. Al asomarme a ellos en Google Street me emocioné mucho al ver algunas calles, casas, etc, que hacía mucho que no veía. Pero también sufrí una clara decepción, pues lo que veo ahora no es realmente lo que me interesa de esos escenarios, que ya no me son vitalmente propios. Eso es lógico. Y al descubrir lo que había sido la instalación de Ricard Martínez, entendí lo que buscaba: practicar agujeros en los escenarios actuales y en ellos colocar mis imágenes del pasado. Mezclar los tiempos. Así que esta casualidad me proporcionó otra clave para abordar la escritura de algunos capítulos de Pop-pins, puesto que la instalación urbano-fotográfica no sólo se me ha adelantado (y proporcionado pistas valiosísimas) en cuanto al método, sino también en cuanto a uno de los temas que aparecerán en la novela: aquel pasado de revolución y frustación de los años treinta del siglo pasado, y que algunas generaciones de españoles heredamos como un común denominador bastante determinante de nuestra genética social  (de una u otra manera). Para preparar esa parte de la novela (que no habla de la guerra civil, sino de nosotros) he leído unos cuantos libros; particularmente referidos al movimiento anarcosindicalista en Aragón, pues en la época que me interesa tuvo un peso y protagonismo decisivo. Por eso he leído bastantes referencias acerca de Joaquín Ascaso (presidente del Consejo de Defensa de Aragón entre 1936 y 1937) y de Francisco Ascaso (de perfil en la foto, a la izquierda), primo suyo y destacado activista anarquista. Ambos aparecen en esta foto de Agustí Centelles junto a un soldado, poco antes de que Francisco Ascaso muriera de un tiro en la frente durante el asalto al cuartel de las Atarazanas.

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

La fotografía proviene del blog Antrópograf: Isidre Santacreu. En ella posan junto a la fotografía de Centelles los heredederos de éste y Ricard Martínez. Creo que en esta fotografía de la fotografía la instántanea tomada por Centelles en 1936 no aparece bien introducida en el espacio actual; la idea es que coincidan líneas de edificios, árboles… En Cultura/s aparecía así, y entonces se produce realmente la singularidad histórica-espacio-temporal.

 

* La obra de Agustí Centelles está de actualidad por razones no artísticas, no históricas, por razones crematísticas y políticas: http://www.google.es/search?hl=es&rlz=1W1GZEZ_es&tbs=nws%3A1&q=Agust%C3%AD+centelles+archivo&aq=f&aqi=&aql=&oq=&gs_rfai=

 

 

Del dicho al hecho

Si se cumple el dicho y/o desiderata de que todo lo que cuesta al principio, en su arranque, termina resultando bien, o mejor, Pop-pins tendrá que ser la bomba. Eso me anima aún, a pesar de todo. Aunque me genera el problema de qué hacer con esa bomba futura. No lo pensaré, por ahora. No me cuesta no pensarlo, porque apenas siento el cerebro. Enladrillado.

Sigo, seguimos encadenados al horario hospitalario. Al ritmo atemporal de la enfermedad. La enfermedad es una transformación más de la materia, la victoria del caos (aunque no estoy segura). Pero el ritmo hospitalario es una cuadrícula. Orden monástico, imperiosa lógica, inamovible preceptiva para vencer al caos. Esa guerra se lo lleva todo. Esa guerra nos aplasta. El hospital es abdución. La vida desaparece (paradójicamente). Al menos, a mi me sucede. No me deja respirar. Me enladrillo. Supongo que para resistir.

Me enladrillo y no puedo vivir. Tampoco escribir. Planifiqué el comienzo de Pop-pins después de algunas vicisitudes. Decidí iniciar Pop-pins pensando en el verano y en la disponibilidad de  tiempo para escribir. Pero la vida se empeña en poner cuesta arriba cualquier proyecto literario que emprendo. Será el sino de este tiempo. Seré yo.

De todas formas voy encontrando huecos para respirar, a pesar del hospital. A pesar del trance familiar. Y lo cuento -aunque no me guste mucho- porque este blog debe traslucir aquellas circunstancias que se vinculan al crecimiento de Pop-pins. Y esta lo es en alto grado. Se vincula a su no crecimiento por el momento. Aunque encuentro ya poco a poco momentos para la reflexión. Hago pequeños guiones. Ahora ya también algunos días en el hospital, mientras desempeño mis tareas de cuidador. Y lo hago con convencimiento: ambas cosas.

Ya he contado que mantengo en el hospital largas conversaciones en un lenguaje de códigos regidos por el caos. Como la enfermedad. Lenguaje por contacto. Lenguaje que genera sipnasis nuevas para suplir las conexiones que se han olvidado. Lenguaje con múltiples elipsis. Con admirables sobreentendidos. Y a pesar de la dieta líquida de mi cerebro, me he dado cuenta de que los pop-pins deberían de mantener entre ellos una relación basada de alguna manera en ese tipo de codificación. Cada pop-pin tendrá muchas patitas que buscará las patas de otros pop-pins, a tientas. Como pequeños sónares entrelazados. Y esto es una afinación de la descripción que ya hice del funcionamiento de los pop-pins como unidades de contenido.

Estoy en el pop-pin llamado Google Street. Este pop-pin tiene como escenario la calle barcelonesa -Felipe II, es importante el nombre-  en los años sesenta. Aunque sigue teniendo que ver con Proust, el pop-pin, no Felipe II, ni la calle.

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