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Proyecto Pop-Pins

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Hipnopompia

hipnopompia

Subo aquí arriba los comentarios que figuran al pie de “Google Street”.

Aurora.

Sólo una pregunta Luisa, porfa dime el significado de hipnopómpica, si crees que no es necesario, pues nada. Ya sabes que soy un poco cartesiana….., de ciencias. Por lo demás enhorabuena por el proyecto. Un abrazo. Seguir leyendo “hipnopompia”

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Theatreland Proust (capítulo inicial)

09.00 h

Longtemps me he acostado tarde, he dormido poco y mal. En realidad esto ha sucedido durante toda mi vida. No me importaría si no fuera porque la mayoría de la gente prefiere creer que la realidad equivale a tener los ojos abiertos, y eso me convierte en alguien raro. Quiero decir que la mayoría de las personas conciben sólo como real lo que nos ocurre en estado de vigilia. Pero hay muchas formas de vivir. Y no es cierto que sean más verdad los presuntamente autónomos objetos reales, que nos rodean cuando estamos despiertos, que el miedo experimentado durante una pesadilla, o el extremado goce sexual soñado, o la generosa liberación de por fin dejarse caer al vacío durante kilómetros y ya está; o la escena que te obsesiona, representada milimétricamente en sueños, con perfección total, mientras sabes que ese tu gran papel lo estás bordando en sueños, y en sueños eres totalmente consciente de que serás incapaz de reproducirlo cuando cambies de estado y que, mierda, esa escena te ha salido muy bien, en el tono que llevas buscando hace días, maldito disco duro de la vida compartimentado. Creo que de una manera más o menos emocional nunca he experimentado la presunta dicotomía entre sueño y realidad, incluso antes de saberme hipnopómpica. Seguramente gracias al gran conejo amarillo. El gran conejo amarillo de ojos rojos que vi junto a mi cama de niña de tres años, en aquella habitación infantil de la casa con lavadero de la Avenida Felipe II de Barcelona. Todas las niñas ven en algún momento al gran conejo amarillo de ojos rojos. No era un gran conejo amarillo amenazador, aunque yo me asusté. Mucho. Me asusté al ver su hocico pegado a mi frente, como para plantarme un beso, y su ojo rojo tras un monóculo dorado. Me asusté y chillé empujada por ese pánico, profundo y pasajero como un terremoto, propio de los niños. Cuando eres niño casi todo se percibe en primer plano. Mientras mi madre acudía, sobresaltada y en aceleración constante hacia mi cama, el conejo saltó por la ventana. No le dije nada a ella. Guardé el monóculo bajo las sábanas y me limité a gritarle que tenía miedo. Lo cual no era mentira, aunque no representara todo lo sucedido. Con tan sólo tres años ya intuí que mi madre no me creería nunca, que nadie seguramente me creería nunca. Que nadie creería que el conejo amarillo de ojos rojos atravesó, sin romperlo, el cristal de la ventana de aquel primer piso de la casa donde pasé los años de mi infancia, porque no podía exponerse a que mi madre lo descubriese. Luego he aprendido que hay materia que atraviesa la materia. No lo volví a ver. Ni en sueños. Posiblemente su voluntad de existencia no superó mi escasa valentía, no remontó mi negativa a reconocerlo como objeto independiente de mi pensamiento, aunque hubiese sido generado por él. Todavía no me sabía hipnopómpica. A continuación lo olvidé. Los niños olvidan con facilidad. Lo olvidé y unos años de infantil eternidad después volví a recordarlo, cuando en el cine más cercano – el cine Victoria- a la casa de la Avenida Felipe II vi en reestreno Mary Poppins, la película – sesión doble, (qué gran felicidad flotar durante las sesiones dobles) -. Lo volví a olvidar longtemps. Hasta Patrick Mcgoohan. Hasta Swan. Por el camino de. Hasta Albertina, la prisionera. Estoy convencida de que Proust era hipnopómpico. Como yo. Me llamo Helia. Helia Álvarez. Y soy actriz, aunque en esta época me dedico mayormente a los monólogos. Y ahora, cuando puedo, a escribir. Monólogos. Escribo con el objeto de dejar de ser otras y a veces otros (estoy cansada) y tener un sitio donde reconocerme por dentro y por fuera. Por eso, les necesito, señores lectores. Y porque estoy acostumbrada a trabajar con público, claro (pura contradicción es todo). La escritura no se ciñe a dos únicas dimensiones aparentes. No es único el gesto de escribir. La escritura no empieza y no termina en el texto. Sé que, acaso por costumbre o deformación profesional, escribo con gestos de representación, en tono de representación. Piccadilly Circus, 9 de la mañana. He quedado con Patrick en la St. James Tavern a eso de las 7 de la tarde para cenar. Tengo un libro en blanco. En realidad tengo una gran cantidad de información intuida y esperándome dentro de mi portátil, sobre esta mesa de vieja taberna londinense, lista para ser reordenada, interpretada por mí y transformada. Por toda esa información ya he transitado. Tengo muchas horas por delante hoy, mientras aguardo a Patrick. He venido a Londres a buscar a Patrick. No sé si llego desde Barcelona, o desde Zaragoza, o desde este mismo lugar londinense hace 30 años,  o desde uno de mis sueños hipnopómpicos, de tiempos y espacios intercambiables. Piccadilly es el lugar idóneo para este ejercicio de representación, el centro de Theatreland, que es tanto como hablar del centro de la gestualidad universal, el agujero de gusano que conduce a cualquier sitio, posible o no. Así que sean, pues, todos bienvenidos. Especialmente, usted, en este instante mi lector-espectador más importante. Reciba todo mi agradecimiento. No tengo en verdad a nadie más.

Entrada destacada

Agujero de gusano

14:20 h

Patrick me ha dicho que llegará a Picadilly sobre las siete de la tarde. A la misma hora en que solía llegar casi todas las tardes de aquella mi primera estancia en Londres. Y eso, a pesar de que cuando estaba con Patrick yo todavía no era realmente Helia, aunque ella viniera conmigo desde siempre, deformada la pobre como un ser cubista bajo todas las mutaciones a las que la he obligado a lo largo de mi vida. Siempre llega un momento (tarde o temprano) en el que una se siente irreparablemente sola y abandonada. Siempre existe ese momento. Nadie puede remediarlo. Hay que pasar por ello. Yo lo experimenté hace ya muchos años, y al menos por dos veces. Primero, al descubrir la verdadera historia de Albertina – que conocí precisamente gracias a Patrick (tal era en realidad la misión que Mary Taylor le había encomendado para su viaje a España, que yo descubriera mi otra historia, la historia silenciada de mi familia, toda familia la tiene).  La verdadera historia de Albertina venía a recomponer mi propia historia, pues Albertina está en mis orígenes más profundamente que mi propio adn, que no es el suyo. Cambiar las referencias te lleva hasta la más absoluta soledad, al menos por un tiempo. Volví a sentir ese completo desasimiento algo después, cuando finalmente mis propias sombras alcanzaron a Patrick, como yo temí –por mera intuición- desde el principio de nuestra relación. Mis sombras, esa materia que soy antes incluso de mi nacimiento, se cebaron con Patrick cuando reaparecieron. No le salvó el hecho de haber sido él mismo el agente que había abierto el camino hasta aquella parte de mi memoria oculta. Quizás, al contrario, ello fue lo que lo convirtió en la primera víctima de las sombras. Reconocerme en esa memoria fue preciso, pero cruel. Cuando afloró apenas dejó sitio para nada más. Así pues, al cabo de algunos años, y cumplidas nuestras expectativas como pareja, Patrick me dejó, como yo había previsto. Paradójicamente, sentí la amputación. La convergencia entre la necesidad de recomponer el pasado que me incumbía directamente y mi presente desintegrado me llevó en línea recta a Helia, quiero decir a mi propio núcleo personal, a  rescatarme completa y única. Por eso cambié mi nombre, pues el anterior lo había gastado con todas las mutaciones y había perdido todo su apresto. Mi yo recuperado y puesto al día necesitaba un nombre sin sombras, de estreno. Helia me pareció bien. Me pareció incluso magnífico para una persona hipnopómpica, que debe mantener en equilibrio siempre los diferentes espacios y tiempos que orbitan en torno a ella e interfieren alternativamente en su pensamiento, a veces también en su personalidad. Conservé el apellido, eso sí, porque la historia no se puede soslayar, nos guste o no. Los nombres son intercambiables, igual que los estados de la materia. La historia, hecha la elección que la definirá, ya no tiene remedio (al menos que yo sepa), pues toda obra humana requiere tanto materia como intención. Y no es porque no haya querido y deseado muchas veces deshacer la elección y rectificar la trayectoria de los hechos; pero no consigo hacerlo, ni siquiera en mis estados de hipnopompia: le tengo mucho  respeto a  la historia y eso me inhabilita para ignorarla.

            He venido a Londres a encontrarme  nuevamente con Patrick. Esta vez he venido a Londres porque Patrick se va a morir y está solo. Nunca fue muy valiente, si bien ahora tampoco haya necesidad de serlo, pues no se precisa valentía ante la muerte, tan sólo aceptación. Estoy aguardando a Patrick, como otras veces –después de que terminara nuestra vida en común- ya lo hice, no sé si en sueños o bajo los efectos hipnóticos de la hipnopompia; como lo haré en el futuro en muchas otras ocasiones, al recordarle, quizás con la misma ansiosa y temperamental práctica de los rituales míticos consagrados a conjurar la desaparición y el vacío. Estoy tan inquieta y tan enfadada que pienso que a lo mejor ésta de ahora ya es una de esas ocasiones futuras en que vendré a Londres a buscar a Patrick para ayudarle a morir. Si ya tuve la presciencia del hecho, si ya intuí el dolor, ¿quién me dice que ya no ocurrió y que esta espera presente de ahora no es sino una repetición expiatoria más por mi parte? ¿Cómo sabré si Patrick, cuando llegue a mi lado – y lo hará al filo de la noche -, está vivo o ya murió? Son cosas así las que jamás puedo contar a nadie que no sea tan conscientemente hipnopómpico como yo, o que por lo menos comprenda con empatía esta singularidad. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo decirle a Patrick que acudo a su llamada de auxilio, aunque no sepa realmente si ya le seré útil? ¿Puede acaso alguien morir dos veces o más? No le diré nada al respecto, como no lo hice años  atrás cuando anticipadamente supe que nos separaríamos a causa de las sombras. No intenté utilizar mi particular condición para evitar el desastre, sencillamente porque eso no es posible. La singularidad hipnopómpica no implica el poder de modificar los hechos y mucho menos de cambiar la sucesión de elecciones humanas que van alterando y transformando las cosas dentro de esta dimensión de conveniencia para todos a la que llamamos realidad, pues la singularidad hipnopómpica sólo me permite moverme, -¿cómo expresarlo?-, dentro de espacios similares a los hologramas: intento constatar mi vivencia y se desvanece al contacto de mi mano cuando la atraviesa. El sentimiento atraviesa la materia. En fin, una locura. Pero estoy acostumbrada.

            Vine a Londres por vez primera en 1983 y supongo que lo lógico hubiera sido quedarme a vivir en esta ciudad, aunque estuviera llena de extraterrestres.  Al contrario, tal cosa hubiera sido una causa más para quedarme, pues a mí me interesan bastante los extraterrestres (de toda condición). Ahora tampoco me quedaré después de que Patrick muera. Recordar la fecha de aquel primer viaje a Londres no es baladí. Porque si hubiera llegado a Londres por primera vez unos pocos años antes o unos pocos después, incluso meses antes o después,  es muy posible que sí que me hubiera decidido a instalarme aquí, como Patrick me pidió con insistencia. Pero en 1983 yo creía firmemente que el único sitio  donde debía vivir era en España. Diríjase, querido lector, a las hemerotecas; consulte los archivos de los periódicos en Internet; hable con otras personas y posibles lectores, con otros que recuerden, si ni siquiera usted  ha podido adquirir ya, a estas alturas del presente, una mínima noción de la época y los acontecimientos a los que estoy aludiendo; haga ese ejercicio, por favor, y entenderá las razones –no voy a exponerlas ahora,  habiendo tantas fuentes donde documentarse- por las que finalmente, después de aquel viaje a Londres, convencí a Patrick de que España era el único lugar del mundo donde yo podría dar inicio a mi vida adulta de una manera coherente. Expuse mis argumentos con tanta fuerza, que el propio extraterrestre Patrick se decidió a vivir conmigo en la inevitable España, eso decía él, inevitable España, y enseguida nos instalamos juntos en un pequeño piso con terraza sobre el río. Cundió, una vez más, un escándalo supino en toda mi familia española –con excepción de Albertina, claro-, que nunca fue especialmente religiosa, pero que había vivido mucho tiempo enterrada, como gran parte del resto del país, bajo un patético, cínico y cruel síndrome de Estocolmo colectivo, bajo la carpa ineludible del gobierno de la Gran Mentira.

            Parecíamos algo la gente que pensábamos que valía la pena arrimar el hombro para que todo cambiase y que cambiase lo más rápido posible. Cambiar todo quería decir darle la vuelta al país de arriba  abajo. Eso pensábamos. Eso creíamos. Fuera carpas. Fuera mentiras. Aire, luz, viento, Vida, gritábamos. Y parecíamos algo, pero no era verdad. Sucedía que todavía muchos de nosotros no sabíamos qué hacer con nuestras vidas libres. Y sucedía además que vivíamos sobre todo de deseo y esperanza, que a la larga resulta una manera bastante triste y pobre de vivir. Aunque realmente, más que pobres creo que éramos muy cutres. Un alto grado de cutrería general seguía extendida por el país. Tal, que podría representarse en que sólo hubiera –casi a las puertas del siglo 21- dos únicos canales de televisión. Tenga en cuenta, lector, que en esos mismos momentos el presidente estadounidense, Ronald Reagan, alardeaba de su escudo galáctico antimisiles, por ejemplo. El mundo encaminándose hacia guerras galácticas, mientras los diminutos mortales españoles, espectadores de aquellas dos únicas cadenas televisivas a tiempo parcial (la uno y el uhf), babeábamos macarrónicamente ante un mitopoético automóvil extraterrestre y fantástico. Y lo hacíamos, precisamente porque nosotros, en nuestras vidas a ras de suelo, conducíamos, por ejemplo, un reventado Dyane 6 a través de Despeñaperros, con voluntad más propia de Curro Jiménez que de héroe americano (quiero decir que no había autovía ni siquiera para llegar a Andalucía, aquel todavía mítico Sur). Y sin embargo, entonces, quería estar allí, le dije a Patrick una de aquellas tardes, aquí mismamente, quizás en esta misma mesa de St. James Tavern, se lo dije, quiero estar allí, ése es mi lugar ahora, le aleccionaba con pedantería, golpeando con el dorso de la mano la portada de El País, el periódico que cada una de todas aquellas tardes que pasé en Londres venía a comprar a Piccadilly, en el quiosco que aún existe junto a la boca del metro. Pero, ¿tú me oyes, Albertina? Hablo como si tuviera mil doscientos años. Parezco mucho más vieja que tú. Volví, a pesar de las mentiras, Albertina, que precisamente había descubierto cuando fuimos a Portmeirion desde Londres, agujero de gusano.

Cosas blanquísimas

 

 

La nieve.

La espuma del mar,  claro.

La ropa blanca en lejía.

El fondo de los ojos de Albertina.

Las azucenas con flores a María que madre nuestra es.

El Prisionero con traje blanco.

La pantalla del cine.

El muro de nieve.

El vestido de la chica de Reina por un día (buscar en el archivo de la web RTVE).

Rover.

La nave Géminis en las fotografías de la época.

Mi vestido de verano y el calor de Atenas.

La hoja de Word que es más blanca que la hoja de papel blanco.

Las muchachas en flor de Proust bajo sus pamelas blancas.

La perrita Marilín cínicamente blanca (buscar en el archivo de la web de RTVE).

Los molinos de viento que no son molinos, amigo Sancho, aunque lo parezcan.

La costa del Azahar.

Extrañamente las arenillas de mis riñones.

Rover.

La luz FFFFFF. La luz en las fotografías en blanco y 000000 (negro) del álbum familiar.

Los dientes pintados de blanco del blanco pintado de negro en los musicales americanos cuando existía el KK Sepulcros blanqueados Sólo lo he visto en la televisión.

Joyce en sí mismo blanco Finnegans Wake, lavado en alcohol.

Los números de la quiniela dominical pegados sobre una pizarra negra / Escala en Hi-Fi (buscar en el archivo de de la web de RTVE, Mochi blanco).

La clara del huevo frito para cenar en invierno.

La hipnopompia cuando no es roja.

La nieve.

Sara ante el espejo de Juan Muñoz.

Mi vestido de primera comunión demasiado blanco y ellos a mi lado no de blanco, de negro (ambos).

Ionesco

La tristeza blanca del rinoceronte.

Rover.

El vaso de leche antes de ponerle Nescafé por las mañanas.

Dadá.

La prisionera de Proust, pálida como el papel. Albertina.

Portmeirion.

Mary Julieta Taylor Lorca Hepburn Poppins

El recuerdo infértil. La traición inútil.  La nube varada siempre frente a la ventana. La enfermedad. El cierzo. El tiempo. La luz. 77. Rover (el gran globo blanco) y el sueño que llega. Entornar los ojos. La Luz en las mañanas del verano de la infancia antes de saber.

Google Earth bajo la nieve

Google Earth bajo una tormenta solar

Ver lugares en el pasado – abandonar

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Efecto-goma

10:15 h

El recuerdo es flexible. Imita un proceso de ida y vuelta, pero ni va ni vuelve. Recordar no es revivir. Es simplemente vivir. Una variación, una vibración diferente cada vez de algo tan inexistente como lo vivido. El recuerdo es flexible como la goma del juego, pero nunca recupera su forma de partida. Recordar es vivir otra vida. La vida se estira y encoge, vibra y si vibra a gran intensidad puede desaparecer. Con el juego de la goma aprendí a hacer, con los pies y un pedazo de materia fina y delgada, elástica, diferentes figuras y acrobacias  No hay recuerdos vacíos. La memoria es elástica. La memoria va modificando las condiciones de todo lo acontecido y nos modifica. Si recordamos, cambiamos. Somos materia elástica. Sostenida sobre otros. El juego de la goma era geométricamente contradictorio: forma momentáneamente definida (rectángulo o líneas paralelas) que soporta otras formas que al moverse generan posibilidades. Otra vida.  Atarse y desatarse. Vida y memoria. 1964. Cromos y paz en el colegio. Vida y color -25 años, de paz, una eternidad-.  Cromos. Me explico:

            En el colmado familiar descubrí los polos de chocolate. El colmado estaba en la calle Mallorca de Barcelona. Mi padre abrió esa tienda poco antes de casarse con mi madre en Zaragoza.  La familia de mi padre había emigrado desde su pueblo a Barcelona. Mi no-abuelo Basilio, el padre de mi madre, que fue toda su vida tendero, le ayudó a montar el colmado. Para el no-abuelo Basilio un colmado era el centro de mando de la vida del barrio. El no-abuelo Basilio mantuvo largamente el suyo en el barrio de San José de Zaragoza con gran convencimiento, sobreponiéndose y adaptándose bastante bien a todas a las innovaciones. Y mi madre fue su mano derecha desde que nos instaláramos en Zaragoza, fue quien sostuvo y renovó la vocación de pequeño tendero de Basilio hasta su muerte.  Por el contrario, mi padre abrió su colmado como sin querer, sólo por prosperar -los hombres de la familia de mi padre había trabajado en el Borne, muy duro, muy sin saber; las mujeres, cosían, casi siempre de noche, casi siempre sin apenas luz, cosían-. También abrió su colmado mi padre porque fue la condición que le puso el no-abuelo Basilio para acceder a que mi madre se pudiera casar con él y se fuera con él a vivir a Barcelona. A ella sí que le gustaba el colmado, el orden de las cosas del colmado. Le gustaba, más que nada, el mundo, ordenado según productos y marcas, de su colmado en una esquina de la calle Mallorca (una de las mejores zonas de la ciudad).

 

            A jugar a la goma aprendí allí, en la calle Mallorca, con niñas de una clase social muy por arriba de la mía, aunque yo entonces no calibraba las consecuencias de aquella impostada confraternización. Ellas me enseñaban su juego recién descubierto en las horas del recreo, en el colegio, al que yo entraba por la puerta lateral de las niñas con beca. Me enseñaban a jugar desde su posición de privilegio, y yo lo sabía porque mi padre me lo había explicado: que no quiso aceptar las recomendaciones que tenía el no-abuelo Basilio para que yo pudiera entrar por la puerta principal, pero que no me preocupara, que no pasaba nada, que luego adentro todo era igual para todas las niñas. Pero no era igual. Por la tarde, al cerrar el colmado, regresábamos al barrio, a nuestra casa. Yo veía el rectángulo de la goma estirado hacia el infinito sobre  las vías del tranvía -ambas líneas superpuestas, goma y vía-, sin romperse: transformación. Me asomaba a través de la ventanilla-guillotina de los viejos tranvías que venían al barrio. Para no marearme. Siempre que volvía a casa desde el mar o desde la calle Mallorca en el tranvía me mareaba. Si venía desde otros lugares, no. Sólo desde el mar y desde la calle Mallorca, desde el colmado con productos para gente bien, de otro mundo que nunca sería el mío, a pesar de mi temprana afición al Nescafé, un lujo entonces que pude permitirme por ser hija de tendero de la calle Mallorca. Imaginar que las vías del tranvía eran los elásticos paralelos del juego de la goma estirándose y estirándose me ayudaba a no marearme: dimensión no abarcable. Los hipnopómpicos mantenemos mejor el equilibrio si no hacemos pie, al revés que la mayoría de la gente. Aunque entonces yo no podía relacionar todo esto. Yo creía que la goma era un juego de chicas bien. Pero era igual de cutre que todos los demás. Igual de triste que jugar al Festival de Eurovisión en la acera de la avenida Felipe II. En 1964, en la calle Mallorca las niñas jugaban sólo dentro de sus casas amplísimas, pero la calle Mallorca también olía a rancio y a Nescafé.  La goma y el Nescafé eran las únicas cosas de la vida del Ensanche que me llevaba al barrio. Y los cromos de Vida y Color. Paz, 25 años. Vida.

            Helia, me recuerda Albertina, los hipnopómpicos, ya se sabe, mezclamos los caminos de los sueños y de la realidad; para nosotros sólo tiene sentido la mutación.  ¿Por qué le das tantas vueltas?

 

A Hard Days Night:  HYPERLINK:

 

            Le doy tantas vueltas precisamente por la mutación, Albertina. Y porque soy actriz. Y porque vivo todavía imperfectamente en la hipnopompia. No te lo creerás, Albertina, pero el juego de la goma me salvó muchas veces y me facilitó un estatus preponderante entre mis nuevas amigas, cuando aterricé (es metafórico) en Zaragoza, porque en Zaragoza (interna España interior) no había goma, no había elasticidad, no había juego. No había elasticidad tampoco -o sea empatía con la vida- en casi nadie, ni siquiera de puertas para adentro, en cada cual. Ejército de sufridores, síndrome de Estocolmo. No hay peor enfermo que el que desconoce que lo está. Pero en el juego de la goma yo no tenía rival, ni en la calle Mallorca ni en Zaragoza, ni en la España interior ni sobre las olas del mar.

Google Street

09.15 h

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly,  he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern,  un pub en el que  sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si pillas una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida. Me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. St. James Tavern, que se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, no abre hasta las 12 del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mi, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que  St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado  otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles,  me siento extraña en esta tarea de esperar a  alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

            Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street y realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Auto-realidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos – siempre bastante razonables (no soy persona de excesos). En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo)  la ubicuidad solamente  se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte muy plástica la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo  todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que viví una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo exactamente:  “Felipe II” + Barcelona.  Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana -materia que atraviesa la materia- veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales, (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra posibilidad. El viaje que debo realizar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente,  -al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G. Welles-, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja (un riesgo, también: es la contrapartida – siempre la hay, es lógico). Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película -no sé si hipnopómpica o no- de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas  -ni al dulce en general- y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

La confabulación de los Rover

 

11:20 h.

 

Dejé de ser niña a la edad de seis años. Esa es una  realidad consolidada y corroborada por todo cuanto ha sucedido después en mi vida. Otra realidad es este bucle de error cíclico que reproduce sin interrupción la cualidad expectante del tiempo de mis seis años. Una cualidad de carácter muy superior a cualquiera que haya adquirido con posterioridad. Esa espiral paralela es por tanto para mí algo irrenunciable: como la energía de un generador auxiliar. Cuando tenía seis años, y a la vista de que mis rasgos hipnopómpicos comenzaban a revelarse en mí y de que yo mostraba cada vez más consciencia de ellos, se produjo a mi alrededor una obstinada confabulación para lograr amputarlos. Mi madre los consideraba un tremendo peligro. La hipnopompia no constituye una herencia genética inevitable ni directa; como, en mi caso, puede ser retrospectiva. De hecho, mi madre siempre ha estado muy ajena a la hipnopompia, ella se ha movido en una única dimensión, definida por algo así como un alto sentido del deber. El sentido del deber nunca interroga por las razones más allá de lo mínimo necesario para interpretar el entorno bajo una apariencia armónica y suficiente para la vida. También, por supuesto, era hipnopómpica Rose Mary Taylor Poppins. Sin embargo, a mi madre nunca le ha gustado el cine.

Cuando yo tenía seis años la nave tripulada Geminis 5 circunvaló la tierra 120 veces y la Geminis 7, 206. Las cápsulas Geminis  tenían un espacio habitable de igual volumen que el que ocupaban los asientos delanteros en un Wolkswagen Escarabajo. Lo contaban en los Telediarios. Cuando yo tenía seis años  los Telediarios empezaban con una imagen planetaria de la Tierra, y yo empecé a preguntar todas las tardes, después de la siesta, si cuando yo fuera mayor podría ser a la vez cantante pop y astronauta. Aunque ahora ya estoy algo cansada, siempre me gustó ser varias (personas) y hacer varias cosas (todas muy bien). Lo del pop lo decía por los Beatles. Yo tenía seis años cuando vinieron a Madrid y Barcelona (que no eran entonces exactamente España). Por cierto: hoy es 3 de julio (el mismo día de mes en que los Beatles tocaron en Barcelona). Por eso hoy es 3 de julio y estoy en Londres y dentro de unas horas Rafa Nadal perderá la final del torneo de Wimblendon ante Djokovic, pues estamos en 2011, aunque también en 2012 y es 22 de julio o el aún futuro 22 de septiembre, el día en que habrá muerto Patrick – un día es el día y todos los días que han cobrado significado relevante (el tiempo entre ellos apenas cuenta, no transcurre el tiempo interior) y continúo en Londres, y luego seguiré  esperando (un poco más) hasta que llegue Patrick. Aunque esperar no es el verbo adecuado: ya se sabe que vivir es aquello que se hace en tanto que uno espera hacer lo que desea. Ya no deseo a Patrick. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Fue por amor, no tengo duda, que mi madre intentó cercenar mis veleidades hipnopómpicas. Las intuyó apoderándose de mí cuando yo tenía seis años, como digo. Pop y astronauta eran dimensiones no visibles en la vida plana de España. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dijo que los Beatles y los astronautas eran sólo cosa de la televisión, algo irreal según ella. Nunca me preguntó qué quería ser de mayor. Yo creo que no podía imaginarme como una persona. Dejó que los globos Rover llegarán hasta mi habitación y que ocuparan mi camino hasta el colegio. Los globos Rover, vigilantes amenazadores que no dudarían en darme una lección si me desviaba hipnopómpicamente en algún momento del camino estricto y correcto. Los globos Rover no son una invención de los guionistas de la serie El Prisionero. Los globos Rover estaban ya, cuando yo tenía seis años, en los Telediarios de TVE. Y en el colegio. Y en la familia. Eran blanquísimos, como los sepulcros. Y muchos años después Albertina me confesó que ella llevaba viéndolos toda la vida. Por eso, me dijo la noche que murió el abuelo Basilio, me gusta cantar contigo quiero seeerrr un bote de cooolónnnn

 

La Poppins

15:00 h.

 

Albertina y Basilio vinieron a pasar con nosotros las Navidades. Mi hermana, que no es hipnopómpica, tenía un año recién cumplido y yo ya había conseguido reubicarme en el seno de la familia, tras los extraños meses que siguieron a su nacimiento. Fue en esos meses cuando yo comencé a manifestar los primeros síntomas de la hipnopompia,  propiciados sin duda por el repentino y lógico desplazamiento que sufrí dentro de mi entorno más próximo, que éramos madre, padre y yo misma (pues yo misma comprendía que mi amor por la pequeña niña crecía día a día y me llevaba a realizar actos y a albergar emociones y pensamientos en contradicción evidente con mis intereses; los niños pensamos muy deprisa porque lo pensamos todo de golpe, planteamiento y conclusiones).  Albertina vio rápidamente que mis temores nocturnos eran una de las consecuencias de la progresión de la hipnopompia: esos temores persistirían muchos años, hasta que conseguí -ya adulta- encarar la naturaleza híbrida, metafórica y multidimensional de mis percepciones en tanto que persona hipnopómpica. Téngase en cuenta que no hay literatura psiquiátrica, ni siquiera esotérica (hubiera sido al menos un placebo) que explique muchas de las situaciones y los fenómenos que le acaecen al ser hipnopómpico. La ignorancia personal sobre lo que a una le ocurre sólo puede así ser solventada a partir de las propias experiencias vividas, gota a gota, una costosa, dolorosa y a menudo (créame, estimado lector) arriesgada maduración.  La hipnopompia, por contra de lo que suele creerse, no es únicamente un estado pasajero de la consciencia que regresa del sueño; es en realidad una cualidad de la evolución cerebral. La llamada locura u otros extravíos mentales diversos (como la esquizofrenia) suelen ser algunas de las formas en las que, a mi modo de ver, desemboca una hipnopompia no reconocida o mal gestionada. Los seres hipnopómpicos somos diferentes. Esto es así. Albertina era hipnopómpica, como yo. Lo cual parece indicar -además de por otros casos conocidos- que la hipnopompia puede ser contagiosa además de hereditaria, y parece igualmente que, en ambos casos, sólo por vía femenina, aunque afecta a mujeres y hombres. Por ello, en el caso de un varón, la hipnopompia no progresa en sus características mucho más allá de cómo haya sido recibida, pues el varón hipnopómpico es un eslabón final, una especie de vía muerta. Sin embargo, las mujeres hipnopómpicas asumen además la responsabilidad de evolucionar dentro de la singularidad hipnopómpica y de transmitirla. Por fortuna para mí,  Albertina ha sido mi instructora y mi salvavidas. No es que la chiquilla no tenga imaginación, le dijo a mi profesora justo antes de las vacaciones de Navidad, cuando aquella me reprochó su falta al escribir el cuento inevitable de todos los años; lo que le pasa es que tiene mucha y le da miedo usarla, porque usar la imaginación en un cuento de Navidad puede traer muy malas consecuencias. Bueno, refunfuñó la señorita Pilar (sesenta años más o menos): explíquelo como usted quiera, pero que la niña lea cuentos no le vendrá mal. Pues no, concluyó Albertina tirando de mí hacia el pasillo -mi madre, espectadora medio petrificada-, no le vendrá mal; si eso es todo lo que se le ocurre a usted…, felices fiestas, señorita. Subrayo el apelativo, porque Albertina (que sabe, cuando quiere, tener muy mala entraña) le soltó la despedida con el retintín que en aquella época volvía equivalentes señorita y solterona.

Desde aquel despacho, sin dejar de arrastrarme con determinación casi telúrica, olvidándose por completo de mi madre, que no se apuró un ápice para alcanzarnos, llegamos en un boleo a las puertas del Cine Victoria, en el paseo Fabra i Puig, donde pasaban de estreno Mary Poppins, que arrasaba (y por eso, porque arrasaba, supongo que la ponían en un cine habitualmente de reestreno: todo un universo la cultura del cine de reestreno, ligada, claro está, a una época en la que el tiempo era duración). Albertina permaneció inmóvil y muda durante toda la proyección, y cuando terminó, me empujó fuera del cine con la misma fiereza con la que me había llevado adentro, impasible a mi petición infantilmente insistente de que nos quedáramos a ver la otra película de la sesión doble continua  (en realidad, Mary Poppins se pasaba en segundo lugar porque era la cinta más importante, y americana; la primera que había ya terminado cuando nosotras llegamos era una de Marisol, y ahora volvía cíclicamente a comenzar -recuerdo bien que en algunas de estas sesiones dobles yo repetía pase: disfrutaba mucho más con la segunda visión de la película, porque podía detenerme en detalles;  los detalles son un asunto que importa mucho a los niños-).

 

  – ¡La Poppins ésta, gruñó Albertina, es de poco fiar, la conozco bien!. ¡¿No te lo crees, eh?! ¡¿No te lo crees?! Pues créetelo.

No entendía yo mucho todavía a Albertina; no sabía qué pensar,  aún menos qué decirle aquella tarde del 21 de diciembre de 1965, mientras ella insistía:

 – A la Poppins ésta me la he encontrado ya en otras ocasiones, en algunas incluso la he tratado de cerca. Mírala ahora, se pasea por Londres, enfundada en ese traje bobo de niñera; pero no hay que dejarse engañar: es inteligente y puede ser cruel. Es la Encantadora. Vaya que si hemos hablado ella y yo… te diré, algunas veces, de tú a tú estuvimos hablando…, como nosotras ahora, más que eso, te diré…

¿Cuándo ha sido eso?, pregunté (tenía que preguntar algo, pensaba que Albertina lo esperaba, aunque seguramente no era así, ella solamente, quizás, hablaba): hace mucho, dijo con cierta brusquedad. Frenó Albertina su paso y su ímpetu entonces, y durante un rato caminamos tranquilas, aquella tarde templada de diciembre, por Fabra i Puig (entonces Fabra y Puig), la gran avenida de mi infancia, en silencio absoluto. En la plaza Virrei Amat (entonces Virrey Amat) había un gran arenero y un tobogán. Puedes tirarte un rato por el tobogán, me dijo Albertina, y también dijo, mientras yo me lanzaba repetidas veces: Mary Poppins Taylor vino a mi casa en Zaragoza a principios de la guerra civil, el día de la muerte de León Ponce, y a Mary Gilberta Swann Poppins la conocí en París el día de la muerte de Marcel Proust. Antes de lanzarme por última vez, la interrumpí: ¿quiénes eran? Ya lo sabrás, ahora no importa todavía; fíjate, añadió con cierta tristeza, Mary Gilberta vino con Man Ray, un fotógrafo que le hizo a Proust muerto un retrato muy famoso; yo creo que también era un espía.

– No sé, Albertina, no sé de qué me hablas, grité dejándome ir tobogán abajo (atravesando mi propia vida hasta llegar a hoy).

 –  ¡La Poppins está por todas partes!, se enfada Albertina, aunque ya no nos escribamos, nunca me dejará en paz. ¡A casa, niña, se pone frío!

Visité el 8 de septiembre de 2011  el Museo Reina Sofía de Madrid y vi allí unas fotografías de Man Ray. Esas imágenes casi desaparecen debido a la pulsión inasible de la luz y el movimiento, la pulsión inasible de la vida. En cambio, la inmovilidad literaria y absoluta del cadáver de Proust que él retrató parecen indelebles. Busco  ahora esa fotografía en Internet y he vuelto al tobogán. Hoy es 8 de septiembre de 2011 y estoy en Madrid, y es 22 de julio de 2012 y estoy en Londres, y es 16 de agosto de 1936 en Zaragoza, y es 21 de diciembre de 1965 y estoy en Barcelona, y 22 de noviembre de 1922 en París, porque puedo recorrer esta línea de mi universo personal en todas las direcciones y pensar en unas cosas mientras hago otras y asumir otras que me corresponden sólo por herencia o empatía y, de alguna manera que no comprendo bien -acaso sea gracias a la hipnopompia-,  sentir la realidad de todo ello y vivir tantos reestrenos como sea capaz de soportar mi delicado corazón hipnopómpico (es una metáfora, una forma de aludir al umbral de dolor personal): porque ese corazón, unas veces es Helia y late en Londres y espera a Patrick que se va a morir, otras es la que escribe inmaduramente sobre Helia, otras Albertina, la que guarda el silencio y el miedo porque hay que seguir viviendo, otras Rose Mary Taylor instalada en su universo medio lisérgico, y casi siempre todas a la vez en casi todas partes.

 

 

 

Ser potencial (¡jar…!)

 

Preparando cosas (diversas) y también referido a Pop-pins:

Transmedia, Roy Ascott – hypercortexis:

“No sólo estamos cambiando radicalmente -cuerpo y alma (sic)-, sino que además estamos implicándonos activamente en nuestra propia transformación. No se trata únicamente de las prótesis de órganos implantados … Se trata de una cuestión de conciencia. Estamos adquiriendo nuevas facultades y una nueva comprensión de la presencia humana. habitar el mundo real y el mundo virtual al mismo tiempo, y estar simultáneamente aquí y de forma potencial en cualquier lugar, nos está proporcionando un nuevo sentido del yo, nuevas formas de pensar y percibir que amplian lo que creíamos que eran nuestras capacidades naturales, genéticas” (http://transmedial.wordpress.com/tag/roy-ascott/ )

(La hipnopompia en Po-pins es una metáfora de esta versatilidad de la autoconciencia, ¡jar…! // esto lo digo después de haber leído cosas, realmente al principio la hipnopompia apareció en Pop-pins de forma absolutamente intuitiva, sí…)

Dimensiones

Por fin he podido tomar unos días de vacaciones (laborales). Las últimas semanas anteriores al comienzo de las vacaciones han sido de cansancio y colapso mental. Ya no conseguía pensar demasiado ni con cierta claridad. El mar me sienta bien. El amplio horizonte me ensancha los pulmones. Pero durante unos días no he encontrado mucha disposición en mi misma a cosas como escribir y/o leer. Más bien necesitaba ejercicio físico y un punto de frivolidad, en parte satisfecho entre las tiendas de la localidad y el seguimiento del famoserío ibecenco (esto  vía n repeticiones de resúmenes de temporada en tv*) y de las andanzas de los personajes playeros locales (desde debajo de mi sombrero) . La playa me gusta mucho. Pero no en estas fechas precisamente. A horas tempranas, sí: para pasear largamente.

Pop-pins.

Hace dos días comencé un nuevo capítulo-viñeta. Título: La Poppins- Es un capítulo nuclear en cuanto a la hipnopompia. Y su escritura (bueno la de la novela) me ha parecido conectada con esta frase:

“Los pintores abstractos no solo trataban de visualizar los rostros de la gente como si estuviesen pintados por una persona tetradimensional, sino que también trataban el tiempo como la cuarta dimensión. En el cuadro de Marcel Duchamp Desnudo descendiendo por una escalera, vemos una representación borrosa de una mujer, con un número infinito de imágenes suyas superpuestas en el tiempo a medida que baja las escaleras. Así es como una persona tetradimensional vería a la gente, percibiendo toda la secuencia temporal de una vez, si el tiempo fuera la cuarta dimensión” (Michio Kaku, Hiperespacio. Crítica, 2010)

El rojo es mío y es la parte más alusiva a Pop-pins.

http://www.upf.edu/pdi/dcom/xavierberenguer/recursos/fig_calc/_6_/estampas/d4_4.html

* El lenguaje de estos programas me llama mucho la atención y merecería un buen artículito.

Toda imagen es terrible

Helia Alvárez y yo

(no sufro esquizofrenia: me atengo a la posibilidad de ejecutar la teoría de cuerdas *, pues cómo no va a poder el pensamiento determinar tantos egos como sean capaces de entralazar sus qubits**: la hipnopompia es una manera literaria – y real- de expresarlo:)

escribimos Pop-pins  desde Saint James Tavern, en el Soho de Londres; buscaba alguna foto especial para mostrar el sitio y cuando le he pedido a Google que encontrase imágenes similares a la de la fachada del edificio donde está el pub, esto es lo que me muestra (se puede clicar y ver:) – Me ha dado un poco de miedo//

http://www.google.es/search?tbs=sbi:AMhZZisKDPwqjX0xwdbhb_1Sv5tpr80VylQN7KcsbrfjLbIwjqn8X1Dy0uJbUtFZuZltaRFuV-rGIz5z1URICiwK5GH5LSWKz8KOGPGkRoXRMbwYjhXg2OfOW7XuQqc1DbwavwPEKZqN2T1BTbIkdHVvUwHcsf6dswRvrTQnZo3d8AimvwymH8xsfW4vsOcKRSOd0oCMGY37fhAAzFDz8Mth3XOQhWJAPDsMGyZ7IyRHoPHTit6cP0dXlLU0nK9Y4koQscovzaCwufT4nbHDcO2fj79E88uPXqM0seBzVPwHuJDT3w9282VynTvYGOcLvdLpjCdjEQ1JGvz7fx5BilrSORguOmmVTAtbnFUfr8ccB0qWzX6C7q_1dAjjKCWvMbvX66ORM1e-iJjv4k51NT4cuJWC3ri9MFzPUZN5BKfZdXzZaUlrhqbC5m4o-GCwWDClQ-eg5C_1hTLx_1H0t71tMc08zOpo-N-zUvGtIO-g8QEfYvlk-QKcJTmYp6I44UKwMHOCJAL2kUgAny1ByGzfVrfWHq0Xs-UcGjLufN6DOdvRBK5pMCrd8jPvbVz4–FpHrZKmPXspmG8sMXCHUH54CI3u6XrDKW8Mc1AZC4DeOBFYqmGpQotzcnzH8vaEucSsNrcPzpWJOjmvPg9su5lKmTRxVN50CeijlydOU07DSM1MGzTFXw9me29FKo5oI9ZS5hKOicpM4Vmm4SPua368pQJ8Qm2nqeWkt7khmXcnHRjTRnIN2lQSoXcZVpCj-Jwt26jiL9qH7oY-a7BiF8fIGbfkrBAcLlOV9t6XoHgCyCRu7QTAeflkiznuPfRZCSwptux2XMLXdMuGdAy-C6d0AUwpfi5m-CV9GgdCs0oB-qlDnIWXV4oBP3KjTGNM4_1AWFq5bxY1WKJMx3J_18J29VVY8FGKkYzoE8hLDaHEYPgfUOKgX4ohToyrkUw7-g4Y9Jl9pgbS_1N8B8t-m030-fMEHvQ6eu8NY_1CCqhNeEBy-YoaMJJOES7NFqVjkihCIlMga7F6YHpOl5vwKMCdCSKmvuI8NxQAuVWLK2Z2rLPTouUv15CNcqauOBJEXOB-j6rCqM2e57clE8RcDM_1lX1t9zvGO0JVS14h1Z3BDQnAEVaB1EhU1WqaX95q12K7Vm8PhFUfA0a2_16J7ewYn6Exf8tqUkwVdoxFsUA8dT43c844jpSloUzi9iW1lRaaHzX92XA5OtmK99LcOjvC9do_1ojDC8IukFKxLlorf_1hcNh_18OC5xONm2FY-1ThfuVJ74NtF6t-6PlxKf1ou2ve3XTRh4DfwWPTg4QrEA&btnG=Buscar&um=1&hl=es&sa=N&gbv=2&biw=1280&bih=644

Por cierto, en la viñeta (no llega a capítulo) que he escrito hoy hemos recordado una de las veces que ya había estado en Saint James Tavern, en 1983: el día en que España ganó a Malta, 12 a 1 (en diciembre)

*http://www.tendencias21.net/Posible-prueba-empirica-de-la-Teoria-de-Cuerdas_a4802.html

** http://es.wikipedia.org/wiki/Qubit (Cubit es la biblioteca que acogerá algunas de las actividades del Escribit 2011- me gusta mucho esa biblioteca; buscaré una fotografía para mostrarla: mañana será)

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