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Proyecto Pop-Pins

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Julio Cortázar

12.02 (making on)

Una día

Una hora

El precio de un libro, de un kilo de carne de buey, de un ramo de flores, de una entrada bonificada de teatro

No sé

En el universo Pop-pins 12.02 es una fecha. Decisiva. Se suicida Albertina, Cortázar muere. El buen monstruo crece y nos alimenta. Albertina Cortázar Poppins

En el universo Pop-pins la creencia dominante es la Metamorfosis (metamorfisis); los seres anfibios no son extraños en el universo Pop-pins. No son extraños en Pop-pins los seres polibiofilos, mutantes (pop-pins es en este universo sinónimo y metáfora de cambio, metamorfosis, personalidad liquida, fusión de estados en el ser y en el estar). En algunos de estos seres la cabeza y la columna vertebral se han construido con materia ficcional, que se ha ido ensartando en las extremidades de carne y hueso, las cuales son las que les permiten cierta habitabilidad en la bioesfera terrestre. No obstante, tales extremidades pueden ser recogidas, plegadas sobre si mismas fetalmente. Entonces, el individuo metamórfico atraviesa membranas inexistentes y crece en la ficción durante un tiempo. A veces esta maduración puede extenderse muuuucho tiempo, treinta años por ejemplo.

A los seres metamórficos raramente los ve nadie, aunque los vean, no ser que hayan sido domesticados en un circo. Sin embargo son, como la materia oscura, los más reproducidos a lo largo y ancho de cualquier Universo.

Proyecto Pop-pins, lo he contado otras veces, se siente deudor constante de los riesgos asumidos por Cortázar y otros no semejantes (nadie hay semejante a Cortázar, nos guste o no su literatura), aunque sí similarmente osados. Y cuando reflexiono sobre la forma en que se fue gestando la historia familiar que cuenta Pop-pins, también sus diferentes estadios de proyecto en ciernes y proyecto real, o sus dificultades para materializarse (?), los treinta años transcurridos desde la muerte del argentino y el suicido de Albertina entran de lleno en dicha reflexión, más bien forman parte del proceso. Y entonces una no sabe muy bien cuándo empezó todo. Cuándo empezó Pop-pins.

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Efemérides

>> making on:

El mes de enero ha sido tan malo y accidentado con temas de salud (menores, por fortuna, aunque descorazonadores) que no me ha dado mucho tiempo de adelantar con los diversos trabajos. Si Pop-pins arrastra una interrupción en las entregas de capítulos, ahora no tengo más remedio que retrasarme un poco respecto a la fecha anunciada como límite para una nueva. Creo que sólo será unos días. Espero.

Por otro lado, estoy inquieta, porque a menudo las cosas que parecen meras coincidencias encierran mensajes que no sabemos interpretar. Pop-pins no debería haberse retrasado tanto en su crecimiento y formulación, aunque ambos nunca vayan a ser sino una manera provisional de mostrarse. Quienes hayáis leído un poco cosas del Proyecto Pop-pins ya sabéis que nada hay definitivo en él, ni siquiera para el lector. El retraso ha propiciado que el Proyecto termine coincidiendo en el tiempo con dos efemérides que  tienen que ver con Pop-pins:

el 50 aniversario de la realización de Mary Poppins, película (ohhh, no hay banalidad ni cursilería en ello – ya habréis leído y visto que Hollywood aprovecha y lanza hoy mismo la peli “Al encuentro de Mr. Banks” sobre la tortuosa historia de adaptación del libro al cine – técnicamente me interesa más la versión cine, por mucho Disney que haya por el medio),

y el 30 aniversario de las muertes de Cortázar y Albertina (que os recuerdo murieron el mismo día) – Cortázar, a quien Proyecto Pop-pins reconoce como punto de partida.

Estas cosas obligan a Helia. Esta realidad obliga  a Helia desde su futuro. Porque, como ya habréis ido viendo, viajar entre los tiempos de la llamada realidad y la llamada ficción sí es del todo posible en la literatura.

El próximo capítulo tiene como tema algunos aspectos que derivan de la crisis económica, pues Helia ya tiene constancia por lo menos en su vida de dos o tres momentos de crisis, pero ninguno tan metamórfico y cruel como éste. El siguiente capítulo veremos qué ocurre con el asunto de los aniversarios. Y aún quedan unos cuantos más.

Ahora tengo que irme. Mientras termino capítulos, usaré el making on para contaros por qué son importantes los aniversarios, y por qué Poppins interesa a Proyecto Po-pins. Por cierto, me congratulo de ciertas visiones “revisionadoras” en positivo de este personaje.

Seguimos. Seguro.

Universo Rocamadour

Aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte…

¿Por qué Proyecto Pop-pins habla tanto de Proust y tan poco de Cortázar? Prefiero Rayuela a La Recherche…, aunque Rayuela sea La Gran Recherche.

¿Y los demás?

Diencito de ajo, bebé rocamadour.

El viernes, nuevo capítulo de Pop-pins

Making on: Universo Rocamadour

Aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte…

¿Por qué Proyecto Pop-pins habla tanto de Proust y tan poco de Cortázar? Prefiero Rayuela a La Recherche…, aunque Rayuela sea La Gran Recherche.

¿Y los demás?

Diencito de ajo, bebé rocamadour.

En marcha > todo cambia

Escribo relativamente poco.

Escribo muchas cosas. Debería posiblemente concentrarme más. Pero es difícil.

Digamos que todo cuanto llevo entre manos, el proyecto tronco es Pop-pins. Desde aquí afloran otras cosas, que van encontrando su espacio. Escribo con lentitud un par de poemarios. Y escribo en Un blog para Daniel, que para mí es importante y hoy por hoy me parece que sigue siendo necesario y conveniente.

Y ahora voy co-componiendo guiones para Electroletras.

Al final, entre tantas cosas, quizás no sé.

Desde luego Pop-pins se resiente. Básicamente se va quedando atrás.

Pero creo que no es únicamente por falta de tiempo o dedicación. Es además por una cierta inadecuación de objetivos y medios (terminología repollo del management)

Creo que en Pop-pins vamos a dar un auto-golpe de rumbo. Pero lo estoy pensando. Santo Cortázar, no me abandones…

Ahora juego un poco con lo que hay. Desvelo frases del texto en Twitter. Desvelar (descubrir, no dormir), debelar (derrotar)

Poca cosa. Escribo poco.

La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

1984

Ayer, caminando (por fin) a la orilla del mar (Mediterráneo: es la referencia siempre), comentaba algunas cosas del proceso de Pop-pins con Fernando (Sarría). Mientras se lleva a cabo el trabajo -con mejor o peor fortuna, a mayor o menor (casi siempre menor) ritmo, es complicado explicar ese proceso; eso ya lo sabía incluso cuando me planteé llevar a cabo este blog-making on de Pop-pins: por eso mismo me lo planteé. Pero tampoco se trata de explicar cosas muy complejas. Tampoco hay nada demasiado complejo. Aunque -también lo decía ayer- a menudo, cuando voy encontrando cosas qué hacer en Pop-pins, me digo: ojo, que te vas a meter en un charco. No sirve de nada, creo. Voy al charco. “Caigo en todos los charcos….”, creo recordar que decía un verso de un poema de Las esquinas de la Luna (pues, eso).

Comentaba ayer con F.S. algo que seguramente quienes escriban o se ocupen en temas medianamente creativos habrán experimentado más de una vez. Una acude a un tema o a un motivo más que nada por pura intuición (sea lo que sea que sea la intuición, cerebro o tripa); y luego, cuando empieza a buscar asideros desde donde moverse, puntos en torno a los que construir, resulta que aquella intuición tenía muchísima más razón de ser, muchísimo más sentido del que habías pensado. En fin, no se si me explico.

La ley del desierto, en su versión de capítulo de Pop-pins, se centra en 1984. De una manera epitelial yo sabía que ese año era el año adecuado para contar cosas sobre el cierto desencanto, desubicación, desorientación, etc. de la gente joven de aquellos años en este paíspais ( o sea España). Luego cuando juntas piezas resultan cosas como que:

En Z se celebró la primera muestra de Pop-Rock y otros rollos, que fue un éxito absoluto y murió

Murió Cortázar  y murió Vicente Aleixandre (murieron otros – Jorge Guillén, Sam Peckinpah/ pero a mis efectos, murieron Cortàzar y Aleixandre)

Los todavía entonces países del Este no fueron a las Olimpiadas de Los Ángeles

Murió Paquirri

Por primera vez una mujer estéril parió un hijo que venía de un óvulo que le habían implantado tras ser fertilizado en otra mujer

Murió mucha gente en Madhya Pradesh (explosión de Bhopal)

Juan Pablo II vino a Zaragoza en carne papal y queria dormir

Murió mucha gente en México por el gas

Se estrenó Los santos inocentes

Se publico Neuromante (William Gibson)

Fue posible el primer paseo espacial autopropulsado

Se estrenó La Bola de Cristal

SE comercializó el primer Mac -128 K

Mac 128 K

¿Orwell? Cada vez menos.

La ley del desierto

El disco de Radio Futura, editado en 1984, sigue siendo uno de mis favoritos. La portada del vinilo es absolutamente evocadora. Es un disco único porque es un disco de intuiciones cazadas al vuelo, tanto en lo musical como en la transpiración emocional.

La ley del desierto es el título del nuevo capítulo de Pop-pins: un intencionado homenaje, claro, y una intencionadísima alineación de conceptos.

El capítulo se inicia con el día de la muerte de Julio Cortázar (el 12 de febrero de 1984)

Escuela de calor es posiblemente la canción más conocida del LP

Radio Futura – Escuela De Calor

Pero todas, o casi, son buenísimas.

La ciudad era un desierto, un espejismo (hablo de manera concreta, de Zaragoza; este capítulo va a ser muy concreto)

La ley del desierto

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