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Proyecto Pop-Pins

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Portmeirion

I made number one oneself an image of himself which he was trying to beat

 

Es un vídeo, pero importa el audio, la voz, lo que esta voz cuenta, y  a partir de aquí podemos encaminarnos al capítulo que lleva por título “Portmeirion”, en Territorio Pop-Pins, libro.
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Patrick Mcgoohan

 

De Patrick Mcgoohan (El Prisionero) a “Portmeirion”, un capítulo que por el momento sólo puede leerse en el libro “Territorio Pop-Pins”. Portmeirion es La Villa, y un pueblo en sí mismo creado a partir de retazos de otros lugares. ¿Ficción para la ficción o realidad nacida de la ficción?

Para Portmeirion

 

Capítulo en el libro “Territorio Pop-Pins” (Limbo Errante)

 

 

 

El ser humano no puede soportar tanta realidad (t.s. eliot)

 

En cualquier tiempo y en cualquier lugar esto es así. Nuestro umbral de realidad es limitado. La realidad es una bomba auto-programada para ir asesinándonos. La capacidad de destrucción de la realidad no se puede medir, no tenemos instrumentos para ello. La salvación está pues en lo imposible. Religión. Utopías salvajes. Cosas así. Ya lo intuye Eliot, Cuatro Cuartetos, T.S – grande Eliot: él es quien lo dijo (Burnt Norton, 1936), porque lo creía saber, pues para eso era católico, mucho. Yo ya se lo decía Patrick, cuando me leía a Eliot- en inglés, en un libro tomado de la biblioteca que tenía en su casa Mary Taylor Poppins, en Portmeirion, cuando la fuimos a visitar, aquel mes de julio de 1983 –todas las cosas importantes me han sucedido en el mes julio ….

 

Este es el comienzo de otro capítulo de Pop-pins. Algunos capítulos, como este, son muy breves. Este no estaba previsto, no estaba en el Indice Pop-pins (ese del que tengo que hablar). Ha surgido por sí solo a través de este recorrido: Juegos oLimpicos/Londres/Julio/Londres/St. James Tavern: aclaro que Pop-pins se está escribiendo en esta taberna de Picadilly, y que el tiempo de escritura es un día de 2010, pero al mismo tiempo hoy, y al mismo tiempo, 1983, etc… Un poco de tdo ello se intuye, como siempre digo,  en las píldoras de radio-teatro (preámbulo a Pop-pins, seguid la flecha para escucharlas ——->

Quiero decir tben. que este capítulo dialoga con T.s. Eliot, grande, pero demasiado católico para mi. Grande.

Agujero de gusano

14:20 h

Patrick me ha dicho que llegará a Picadilly sobre las siete de la tarde. A la misma hora en que solía llegar casi todas las tardes de aquella mi primera estancia en Londres. Y eso, a pesar de que cuando estaba con Patrick yo todavía no era realmente Helia, aunque ella viniera conmigo desde siempre, deformada la pobre como un ser cubista bajo todas las mutaciones a las que la he obligado a lo largo de mi vida. Siempre llega un momento (tarde o temprano) en el que una se siente irreparablemente sola y abandonada. Siempre existe ese momento. Nadie puede remediarlo. Hay que pasar por ello. Yo lo experimenté hace ya muchos años, y al menos por dos veces. Primero, al descubrir la verdadera historia de Albertina – que conocí precisamente gracias a Patrick (tal era en realidad la misión que Mary Taylor le había encomendado para su viaje a España, que yo descubriera mi otra historia, la historia silenciada de mi familia, toda familia la tiene).  La verdadera historia de Albertina venía a recomponer mi propia historia, pues Albertina está en mis orígenes más profundamente que mi propio adn, que no es el suyo. Cambiar las referencias te lleva hasta la más absoluta soledad, al menos por un tiempo. Volví a sentir ese completo desasimiento algo después, cuando finalmente mis propias sombras alcanzaron a Patrick, como yo temí –por mera intuición- desde el principio de nuestra relación. Mis sombras, esa materia que soy antes incluso de mi nacimiento, se cebaron con Patrick cuando reaparecieron. No le salvó el hecho de haber sido él mismo el agente que había abierto el camino hasta aquella parte de mi memoria oculta. Quizás, al contrario, ello fue lo que lo convirtió en la primera víctima de las sombras. Reconocerme en esa memoria fue preciso, pero cruel. Cuando afloró apenas dejó sitio para nada más. Así pues, al cabo de algunos años, y cumplidas nuestras expectativas como pareja, Patrick me dejó, como yo había previsto. Paradójicamente, sentí la amputación. La convergencia entre la necesidad de recomponer el pasado que me incumbía directamente y mi presente desintegrado me llevó en línea recta a Helia, quiero decir a mi propio núcleo personal, a  rescatarme completa y única. Por eso cambié mi nombre, pues el anterior lo había gastado con todas las mutaciones y había perdido todo su apresto. Mi yo recuperado y puesto al día necesitaba un nombre sin sombras, de estreno. Helia me pareció bien. Me pareció incluso magnífico para una persona hipnopómpica, que debe mantener en equilibrio siempre los diferentes espacios y tiempos que orbitan en torno a ella e interfieren alternativamente en su pensamiento, a veces también en su personalidad. Conservé el apellido, eso sí, porque la historia no se puede soslayar, nos guste o no. Los nombres son intercambiables, igual que los estados de la materia. La historia, hecha la elección que la definirá, ya no tiene remedio (al menos que yo sepa), pues toda obra humana requiere tanto materia como intención. Y no es porque no haya querido y deseado muchas veces deshacer la elección y rectificar la trayectoria de los hechos; pero no consigo hacerlo, ni siquiera en mis estados de hipnopompia: le tengo mucho  respeto a  la historia y eso me inhabilita para ignorarla.

            He venido a Londres a encontrarme  nuevamente con Patrick. Esta vez he venido a Londres porque Patrick se va a morir y está solo. Nunca fue muy valiente, si bien ahora tampoco haya necesidad de serlo, pues no se precisa valentía ante la muerte, tan sólo aceptación. Estoy aguardando a Patrick, como otras veces –después de que terminara nuestra vida en común- ya lo hice, no sé si en sueños o bajo los efectos hipnóticos de la hipnopompia; como lo haré en el futuro en muchas otras ocasiones, al recordarle, quizás con la misma ansiosa y temperamental práctica de los rituales míticos consagrados a conjurar la desaparición y el vacío. Estoy tan inquieta y tan enfadada que pienso que a lo mejor ésta de ahora ya es una de esas ocasiones futuras en que vendré a Londres a buscar a Patrick para ayudarle a morir. Si ya tuve la presciencia del hecho, si ya intuí el dolor, ¿quién me dice que ya no ocurrió y que esta espera presente de ahora no es sino una repetición expiatoria más por mi parte? ¿Cómo sabré si Patrick, cuando llegue a mi lado – y lo hará al filo de la noche -, está vivo o ya murió? Son cosas así las que jamás puedo contar a nadie que no sea tan conscientemente hipnopómpico como yo, o que por lo menos comprenda con empatía esta singularidad. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo decirle a Patrick que acudo a su llamada de auxilio, aunque no sepa realmente si ya le seré útil? ¿Puede acaso alguien morir dos veces o más? No le diré nada al respecto, como no lo hice años  atrás cuando anticipadamente supe que nos separaríamos a causa de las sombras. No intenté utilizar mi particular condición para evitar el desastre, sencillamente porque eso no es posible. La singularidad hipnopómpica no implica el poder de modificar los hechos y mucho menos de cambiar la sucesión de elecciones humanas que van alterando y transformando las cosas dentro de esta dimensión de conveniencia para todos a la que llamamos realidad, pues la singularidad hipnopómpica sólo me permite moverme, -¿cómo expresarlo?-, dentro de espacios similares a los hologramas: intento constatar mi vivencia y se desvanece al contacto de mi mano cuando la atraviesa. El sentimiento atraviesa la materia. En fin, una locura. Pero estoy acostumbrada.

            Vine a Londres por vez primera en 1983 y supongo que lo lógico hubiera sido quedarme a vivir en esta ciudad, aunque estuviera llena de extraterrestres.  Al contrario, tal cosa hubiera sido una causa más para quedarme, pues a mí me interesan bastante los extraterrestres (de toda condición). Ahora tampoco me quedaré después de que Patrick muera. Recordar la fecha de aquel primer viaje a Londres no es baladí. Porque si hubiera llegado a Londres por primera vez unos pocos años antes o unos pocos después, incluso meses antes o después,  es muy posible que sí que me hubiera decidido a instalarme aquí, como Patrick me pidió con insistencia. Pero en 1983 yo creía firmemente que el único sitio  donde debía vivir era en España. Diríjase, querido lector, a las hemerotecas; consulte los archivos de los periódicos en Internet; hable con otras personas y posibles lectores, con otros que recuerden, si ni siquiera usted  ha podido adquirir ya, a estas alturas del presente, una mínima noción de la época y los acontecimientos a los que estoy aludiendo; haga ese ejercicio, por favor, y entenderá las razones –no voy a exponerlas ahora,  habiendo tantas fuentes donde documentarse- por las que finalmente, después de aquel viaje a Londres, convencí a Patrick de que España era el único lugar del mundo donde yo podría dar inicio a mi vida adulta de una manera coherente. Expuse mis argumentos con tanta fuerza, que el propio extraterrestre Patrick se decidió a vivir conmigo en la inevitable España, eso decía él, inevitable España, y enseguida nos instalamos juntos en un pequeño piso con terraza sobre el río. Cundió, una vez más, un escándalo supino en toda mi familia española –con excepción de Albertina, claro-, que nunca fue especialmente religiosa, pero que había vivido mucho tiempo enterrada, como gran parte del resto del país, bajo un patético, cínico y cruel síndrome de Estocolmo colectivo, bajo la carpa ineludible del gobierno de la Gran Mentira.

            Parecíamos algo la gente que pensábamos que valía la pena arrimar el hombro para que todo cambiase y que cambiase lo más rápido posible. Cambiar todo quería decir darle la vuelta al país de arriba  abajo. Eso pensábamos. Eso creíamos. Fuera carpas. Fuera mentiras. Aire, luz, viento, Vida, gritábamos. Y parecíamos algo, pero no era verdad. Sucedía que todavía muchos de nosotros no sabíamos qué hacer con nuestras vidas libres. Y sucedía además que vivíamos sobre todo de deseo y esperanza, que a la larga resulta una manera bastante triste y pobre de vivir. Aunque realmente, más que pobres creo que éramos muy cutres. Un alto grado de cutrería general seguía extendida por el país. Tal, que podría representarse en que sólo hubiera –casi a las puertas del siglo 21- dos únicos canales de televisión. Tenga en cuenta, lector, que en esos mismos momentos el presidente estadounidense, Ronald Reagan, alardeaba de su escudo galáctico antimisiles, por ejemplo. El mundo encaminándose hacia guerras galácticas, mientras los diminutos mortales españoles, espectadores de aquellas dos únicas cadenas televisivas a tiempo parcial (la uno y el uhf), babeábamos macarrónicamente ante un mitopoético automóvil extraterrestre y fantástico. Y lo hacíamos, precisamente porque nosotros, en nuestras vidas a ras de suelo, conducíamos, por ejemplo, un reventado Dyane 6 a través de Despeñaperros, con voluntad más propia de Curro Jiménez que de héroe americano (quiero decir que no había autovía ni siquiera para llegar a Andalucía, aquel todavía mítico Sur). Y sin embargo, entonces, quería estar allí, le dije a Patrick una de aquellas tardes, aquí mismamente, quizás en esta misma mesa de St. James Tavern, se lo dije, quiero estar allí, ése es mi lugar ahora, le aleccionaba con pedantería, golpeando con el dorso de la mano la portada de El País, el periódico que cada una de todas aquellas tardes que pasé en Londres venía a comprar a Piccadilly, en el quiosco que aún existe junto a la boca del metro. Pero, ¿tú me oyes, Albertina? Hablo como si tuviera mil doscientos años. Parezco mucho más vieja que tú. Volví, a pesar de las mentiras, Albertina, que precisamente había descubierto cuando fuimos a Portmeirion desde Londres, agujero de gusano.

El género humano no puede soportar tanta realidad

17:05 h

Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos. En cualquier tiempo y en cualquier lugar nuestro umbral de realidad es limitado. La realidad es una bomba auto-programada para que vaya matándonos según demanda, sin ritmo fijo. La capacidad de destrucción de la realidad no se puede medir, no tenemos instrumentos para ello. La salvación está pues en lo imposible. Religión. Utopías salvajes. Cosas así. Ya lo intuye Eliot, Cuatro Cuartetos, T.S. Eliot (Frankestein Pound): él es quien lo enunció de esta forma (Burnt Norton, 1936), porque lo creía saber, pues para eso era cristiano con profunda necesidad de esperanza. Yo ya se lo decía a Patrick, cuando me leía a Eliot, en inglés, en un libro tomado de la biblioteca que tenía en su casa Mary Taylor Poppins, en Portmeirion, durante la visita que le hicimos aquel mes de julio de 1983 – muchas cosas importantes me han sucedido en el mes de julio; ahora mismo vuelve a ser julio, 2012, y en Londres están a punto de abrirse nuevamente  los Juegos Olímpicos, y yo continúo mi escritura en un acto que genera un tiempo que transcurre en un solo instante, como una única intuición brutal de toda mi vida; la escritura me permite permanecer quieta en un tiempo equis, que son todos los tiempos, mientras la vida se destruye, como Patrick se destruye, sin querer. Patrick, le decía, cuando me leía a Eliot: la filosofía no es poesía, pero duele, la religión no es poesía, pero ayuda. Patrick, le insistía yo: no me gusta la religión, no me sirve la filosofía. El ser humano no puede soportar casi nada.

Si no fuera por la hipnopompia, hace tiempo que yo no hubiera podido soportarlo. “El tiempo presente y el tiempo pasado acaso estén en el tiempo futuro y tal vez al futuro lo contenga el pasado”: esto es evidente, querido Mr. Eliot, T.S, le hubiera dicho, de haber tenido la oportunidad de hacerlo, Mary Taylor Poppins. Eso me dijo en su biblioteca de Portmeirion, cuando nos encontró a Patrick y a mi leyendo a Eliot (si hubiera llegado un poco antes, no nos habría encontrado leyendo, me acuerdo y me divierte, porque sexo y Eliot no dan la sensación de combinar bien, aunque el aire psicodélico de Portmeirion todo lo facilita), y ahora yo se lo hago recordar a ella, en St. James Tavern, cuando la veo charlar con Albertina, ambas deambulando siempre entre la devoción y la repulsión mutuas, flotando ambas sobre mi cabeza, cada una con su taza de té, flotando en el tiempo de la posibilidad, tan real como otro cualquiera, querido Mr. Eliot, pienso yo, y lo reescribo en mi pantalla, porque

Lo que pudo haber sido y lo que ha sido tienden a un solo fin, presente siempre.

Memoria o hipnopompia o presentimiento, de los que la lógica aristotélica es tan apenas la punta del iceberg, Patrick, y todo esto porque seguramente no puedo soportar toda la realidad de tu ausencia absoluta. Mi humildad es infinita ante tu ausencia.

La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

La Villa

 

12:25 h.

 

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada

(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz,  no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).

 

 – Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

 – En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.

– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

 – Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea

 – Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido  de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

 – Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora.  Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

 – Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.

 Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-,  yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía

(ver HYPERLINK

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)

de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

 

Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir  mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos  han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea   la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y  de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida,  Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?

 –  Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.

– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

– Pues, es verdad.

Portmeirion – 2

El género humano no puede soportar tanta realidad
El género humano no puede soportar tanta realidad

Un jersey de ochos

10:55 h.

 

Si sigo leyendo en Internet información sobre la viruela y viendo fotos de personas infectadas llenas de abultamientos lunares a punto de la purulencia, acabaré vomitando el café con leche que me acabo de tomar. Me ha preguntado la camarera si no iba a querer nada de comer para acompañar. He estado tentada. La repostería inglesa me parece siempre visualmente muy atractiva. Menos mal que enseguida he sido consciente de que cuando la pruebo nunca es, sin embargo, de mi gusto, y me resulta o demasiado dulce o demasiado sosa. También le he dicho a la camarera que prefería esperar a almorzar ya luego, un poco más tarde, en St. James Tavern. No se ha molestado por esta observación; o si lo ha hecho, no se le ha notado nada. Me ha sonreído, incluso. Yo creo que le da igual. No puedo evitar echar frecuentes ojeadas hacia fuera, a Picadilly Street, un planeta alucinante para mi provinciana mirada europea acostumbrada a una pequeña ciudad del sur. Yo también he sonreído a mi vez a la camarera, al tiempo que inclinaba la pantalla para ocultarle las terribles fotografías de infectados de viruela. Hay que evitar alarmar gratuitamente a los demás, hay que colaborar en mantener la intensa calma de esta mañana de domingo en Londres. La camarera me pregunta si he venido a los Juegos Olímpicos. Le contesto que muy posiblemente permanezca en la ciudad mientras se celebren los Juegos, pero que no sé si asistiré en directo a ninguna competición. Casi no quedan entradas, al menos para las pruebas más importantes, apostilla. Ya, he decidido el viaje un poco improvisadamente, cierro la conversación con un gesto amable, pero conclusivo, que viene a decir bueno se acabó, tú a lo tuyo, yo a lo mío.

¿Cómo he llegado a la viruela? Quería explicar, amigo lector, que cuando recibí la llamada de Patrick la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de un jersey de ochos, blanco, que yo tenía y que llevé mucho en los años universitarios. Un jersey gordo y enorme, que prácticamente hacía las veces de  abrigo en los días de invierno, si no eran demasiado fríos. Durante un par de cursos estuvieron de moda los jersey de ochos, recios y largos como vestidos, anchos. Los llevábamos con bufanda de varias vueltas y guantes de colores. Puse ese jersey en mi maleta cuando vinimos con Patrick a Inglaterra, al principio de nuestra relación, y lo utilicé bastante mientras estuvimos en Portmeirion. Me resultaba cómodo y acogedor. Ese jersey me protegía del frío como un iglú. Me protegía del frío y de otras amenazas ante las que todavía no había aprendido a defenderme, excepto escondiéndome dentro de iglús como mi jersey blanco de ochos, una verdadera envoltura física que evitaba exponer al mundo todos mis contornos. Protección e identidad, claro. Claro. Vestíamos siempre esos jersey durante las manifestaciones; nos permitían movernos delante de la policía mejor que los abrigos. También eran más prácticos para ir de vinos, para entrar y salir en la rueda de los bares de la zona de San Juan de la Cruz. En ocasiones podíamos hacer ambas cosas a la vez, manifestarnos e ir de vinos, y no había en ello frivolidad. Si usted es un lector joven no sabrá quizás que las manifestaciones, que ahora en 2012, recorridos ya algunos dolorosos años de crisis económica brutal y feudalizante, son tan habituales, ya lo eran cuando yo empecé a llevar mi jersey blanco y gordo de ochos, casi tan largo como un vestido corto. Lo tejieron a medias Albertina y mi madre –yo diría que no hicieron juntas muchas más cosas que tejer ese jersey-. Reconozco que me gustó que ambas se ofrecieran a tejerlo al alimón. Nunca he sido demasiado inclinada a las sagas familiares, ni he cultivado realmente sentimientos de pertenencia incondicional a la mía propia: dada nuestra historia, hubiera sido un propósito inverosímil. Pero reconozco que un hilo eléctrico invisible recorre las generaciones una tras otra, y que ese hilo a veces emite un destello, siempre intenso, aunque sea brevísimo y a menudo anacrónico. Las mujeres tejiendo en el salón de nuestra casa constituyen para mi uno de esos contradictorios y paradójicos destellos. Reconozco que es una sensación absurda por mi parte. Pero la vida colecciona cosas y hechos absurdos, a menudo trágicamente absurdos. Seguramente forman parte de las indescifrables –al menos por ahora- transiciones cuánticas, esas que parecen regir el caos de nuestras vidas, nuestra naturaleza tan altamente cruel y contradictoria, como toda la naturaleza lo es. De alguna manera el equilibrio cuántico de mi jersey blanco de ochos, mi iglú, estalló en Portmeirion, tontamente. El amor de Patrick nunca fue un amor al uso. El amor de Patrick era un camino minado. La viruela. No es una metáfora, la viruela, paciente lector -o lectora– (bien, incluyo aquí la apelación al dimorfismo sexual del posible lector o lectora, y espero que todos comprendan que cada vez que me dirija a uno o una de ustedes tendré siempre en cuenta que efectivamente puede ser usted hombre o mujer, según, o incluso hombre y mujer al mismo tiempo; espero que con esta aclaración, hecha ahora como podría hacerla en otro momento o secuencia de pantalla –según el soporte elegido- , se me exima de cualquier descalificación en este sentido; pero lo cierto es que sólo utilizaré el genérico “lector”; no voy a lastrar mis pequeñas narraciones con la pesadez continuada de la diferenciación y quedaré muy  agradecida por la comprensión de las personas más suspicaces en este asunto). No, no es una metáfora la viruela. decía. Mi madre y Albertina tejieron mi jersey durante el mes octubre de 1978. Ellas querían que fuera parecido al de una amiga, que era tricolor y muy espectacular. Pero yo insistí en algo más radical, como el blanco absoluto. El día que discutíamos sobre los colores de la lana del jersey, hablaban en el telediario del mediodía sobre las deliberaciones en las Cortes Constituyentes del texto de la Constitución española, al que darían visto bueno a finales de ese mes. También hablaban de  la muerte en Inglaterra de una mujer, que había tenido lugar en septiembre,  a causa de la viruela. En Inglaterra, fíjate, decía Albertina, yo pensaba que la viruela ya sólo se daba en países pobres (siempre acaba resurgiendo la identificación enfermedad y pobreza). Mi madre nos recordó que yo era portadora de algunas leves señales de la viruela: te hizo reacción la vacuna, nos dimos un susto grande, pero al final no fue nada. Entonces mi madre todavía se acordaba de las cosas. Respondí que yo había oído que se pensaba que la viruela se iba a dar prontamente por erradicada. Y de hecho así fue. Recordando todo esto que he contado, he ido a Google a reunir algunos datos en torno a la enfermedad terrorífica, por simple curiosidad. No por hacer metáforas. He leído que Janet Parker, una fotógrafa de Birminghan, fue la última víctima mundial registrada a causa de la viruela. Se infectó por accidente, al parecer por una falta de seguridad en un laboratorio que manipulaba virus de la viruela –Variola virus, se llama el bicho-, y que estaba junto a su estudio. Las dos últimas víctimas de la viruela fueron accidentales, por problemas en los laboratorios, no por contagio entre humanos, o sea que a efectos reales no cuentan. La viruela mató durante siglos de manera cruel y bastante repulsiva a millones y millones de seres humanos, incapaces de evitar el contagio piel a piel, fluido a fluido, la propagación de un virus excesivamente complicado para ser combatido con profilaxis. De hecho, según he leído, las vacunas eran siempre inestables (experiencia propia) y fueron conseguidas empíricamente,  y no porque se hubiera llegado a descifrar la naturaleza esquiva del virus. Leo que la viruela se declaró oficialmente erradicada en 1980. Erradicada gracias a la vacunación mundial. Sólo el virus acabó con el virus. Dos únicos laboratorios conservan en el mundo muestras hoy en día del microscópico demonio. La razón de su conservación es precisamente esta del desconocimiento de su comportamiento. No sabemos cómo es el mal, que sólo podemos combatir con el mal. O, al menos, eso dicen. Tampoco sabemos cómo es la muerte, una batalla perdida. Entiendo que Patrick, a pesar de sus recursos de hombre de teatro necesite un poco de apoyo. ¿Y a quién le iba a pedir complicidad y empatía sino a mí? ¿A quién se la pediría yo sino a ti, Albertina, y también a ti, Rose Mary? El jersey de ochos también era un disfraz, o , mejor, una máscara, una forma de estar que tenía el poder de generar una forma de ser. No era un número. Era una forma de libertad.

Portmeirion

La Villa
La Villa

Portmeirion

Esta parte en la que estoy ahora trabajando contiene el nudo-motivación de todo cuanto ocurre y parece que ocurre en Pop-pins; me cuesta ordenar bien esta parte (si es que se puede hablar de orden en una narración tan dislocada como esta en la que estoy cayendo).  De repente he comprendido que el capítulo se había terminado. Yo pensaba que en él debía incluir exactamente el meollo-meollo, pero no. Queda para otro. Además he trasladado también el título: La Prisionera, que sí que corresponde exactamente a ese meollo-meollo. El que acabo de concluir hace unos minutos (sin revisar), ha pasado llamarse Portmeirion. Si no fuera por la Mentira y los secretos no podríamos vivir juntos, claro.

http://www.portmeirion-village.com/

http://maps.google.es/maps?hl=es&rlz=&gs_upl=130l637l0l1408l4l4l0l1l1l0l8l8l1l1l0&um=1&ie=UTF-8&q=portmeirion&fb=1&gl=es&hq=portmeirion&ei=3U8cT4KfJozrOeivnNYM&sa=X&oi=local_group&ct=image&ved=0CB0QtgM

Portmeirion es el lugar donde se rodó El Prisionero (no sé si lo he dicho), y el lugar a donde viaja Helia para conocer con Rose Mary Taylor, la Poppins.

Urgencias

Soy una habitual de los hospitales de mi ciudad. En especial del Hospital Miguel Servet. Nunca he estado ingresada como paciente (voy a  tocar madera), pero tengo acumuladas un montón bastante importante de horas hospitalarias en mi cuaderno de  sobrevivencia.  Ayer por la tarde-noche volvió a tocar. Lo previsto era haber intentado terminar el capítulo La prisionera. No pudo ser.  Ni hoy, porque arrastro a través de la jornada laboral+médico again+tareas varias de hoy el cansancio de ayer.

Esas horas de ayer en el hospital acompañando a mi padre le han dado bastante qué pensar a Helia -la protagonista y relatora de Pop-pins, aclaro para quien no haya seguido antes este making on-, que gracias a su hipnopompia puede ver estas cosas desde lo alto , como una película, y desde lejos. Sin embargo yo, cuando la imagino a ella, no importa por dónde ande en ese momento, siempre la imagino junto a la ventana de la Saint James Tavern, en una actitud bastante tópica: sola y haciendo esquemas. Saint James Tavern es un cerebro en mutación, una traslación más de La Villa-Portmeirion. Cada una de nosotras Helia y yo, estamos a un extremo del pasillo.

Lo que yo percibí:

http://luisamr.blogspot.com/2012/01/sintomas-de-la-entropia25-urgencias-o.html

Portmeirion

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