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Proyecto Pop-Pins

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Zaragoza

Theatreland Proust (capítulo inicial)

09.00 h

Longtemps me he acostado tarde, he dormido poco y mal. En realidad esto ha sucedido durante toda mi vida. No me importaría si no fuera porque la mayoría de la gente prefiere creer que la realidad equivale a tener los ojos abiertos, y eso me convierte en alguien raro. Quiero decir que la mayoría de las personas conciben sólo como real lo que nos ocurre en estado de vigilia. Pero hay muchas formas de vivir. Y no es cierto que sean más verdad los presuntamente autónomos objetos reales, que nos rodean cuando estamos despiertos, que el miedo experimentado durante una pesadilla, o el extremado goce sexual soñado, o la generosa liberación de por fin dejarse caer al vacío durante kilómetros y ya está; o la escena que te obsesiona, representada milimétricamente en sueños, con perfección total, mientras sabes que ese tu gran papel lo estás bordando en sueños, y en sueños eres totalmente consciente de que serás incapaz de reproducirlo cuando cambies de estado y que, mierda, esa escena te ha salido muy bien, en el tono que llevas buscando hace días, maldito disco duro de la vida compartimentado. Creo que de una manera más o menos emocional nunca he experimentado la presunta dicotomía entre sueño y realidad, incluso antes de saberme hipnopómpica. Seguramente gracias al gran conejo amarillo. El gran conejo amarillo de ojos rojos que vi junto a mi cama de niña de tres años, en aquella habitación infantil de la casa con lavadero de la Avenida Felipe II de Barcelona. Todas las niñas ven en algún momento al gran conejo amarillo de ojos rojos. No era un gran conejo amarillo amenazador, aunque yo me asusté. Mucho. Me asusté al ver su hocico pegado a mi frente, como para plantarme un beso, y su ojo rojo tras un monóculo dorado. Me asusté y chillé empujada por ese pánico, profundo y pasajero como un terremoto, propio de los niños. Cuando eres niño casi todo se percibe en primer plano. Mientras mi madre acudía, sobresaltada y en aceleración constante hacia mi cama, el conejo saltó por la ventana. No le dije nada a ella. Guardé el monóculo bajo las sábanas y me limité a gritarle que tenía miedo. Lo cual no era mentira, aunque no representara todo lo sucedido. Con tan sólo tres años ya intuí que mi madre no me creería nunca, que nadie seguramente me creería nunca. Que nadie creería que el conejo amarillo de ojos rojos atravesó, sin romperlo, el cristal de la ventana de aquel primer piso de la casa donde pasé los años de mi infancia, porque no podía exponerse a que mi madre lo descubriese. Luego he aprendido que hay materia que atraviesa la materia. No lo volví a ver. Ni en sueños. Posiblemente su voluntad de existencia no superó mi escasa valentía, no remontó mi negativa a reconocerlo como objeto independiente de mi pensamiento, aunque hubiese sido generado por él. Todavía no me sabía hipnopómpica. A continuación lo olvidé. Los niños olvidan con facilidad. Lo olvidé y unos años de infantil eternidad después volví a recordarlo, cuando en el cine más cercano – el cine Victoria- a la casa de la Avenida Felipe II vi en reestreno Mary Poppins, la película – sesión doble, (qué gran felicidad flotar durante las sesiones dobles) -. Lo volví a olvidar longtemps. Hasta Patrick Mcgoohan. Hasta Swan. Por el camino de. Hasta Albertina, la prisionera. Estoy convencida de que Proust era hipnopómpico. Como yo. Me llamo Helia. Helia Álvarez. Y soy actriz, aunque en esta época me dedico mayormente a los monólogos. Y ahora, cuando puedo, a escribir. Monólogos. Escribo con el objeto de dejar de ser otras y a veces otros (estoy cansada) y tener un sitio donde reconocerme por dentro y por fuera. Por eso, les necesito, señores lectores. Y porque estoy acostumbrada a trabajar con público, claro (pura contradicción es todo). La escritura no se ciñe a dos únicas dimensiones aparentes. No es único el gesto de escribir. La escritura no empieza y no termina en el texto. Sé que, acaso por costumbre o deformación profesional, escribo con gestos de representación, en tono de representación. Piccadilly Circus, 9 de la mañana. He quedado con Patrick en la St. James Tavern a eso de las 7 de la tarde para cenar. Tengo un libro en blanco. En realidad tengo una gran cantidad de información intuida y esperándome dentro de mi portátil, sobre esta mesa de vieja taberna londinense, lista para ser reordenada, interpretada por mí y transformada. Por toda esa información ya he transitado. Tengo muchas horas por delante hoy, mientras aguardo a Patrick. He venido a Londres a buscar a Patrick. No sé si llego desde Barcelona, o desde Zaragoza, o desde este mismo lugar londinense hace 30 años,  o desde uno de mis sueños hipnopómpicos, de tiempos y espacios intercambiables. Piccadilly es el lugar idóneo para este ejercicio de representación, el centro de Theatreland, que es tanto como hablar del centro de la gestualidad universal, el agujero de gusano que conduce a cualquier sitio, posible o no. Así que sean, pues, todos bienvenidos. Especialmente, usted, en este instante mi lector-espectador más importante. Reciba todo mi agradecimiento. No tengo en verdad a nadie más.

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2 de julio de 1970

11:50 h

Llegamos hasta la Plaza de España en el 40, un tranvía que en mi barrio daba la vuelta de nuevo hacia el centro de la ciudad aprovechando el vacío circular de un antiguo lavadero. Hacía sol. Albertina me agarraba de la mano con exageración, pero alcancé en un tirón inapelable a coger una de las treinta mil banderitas nacionales que se agitaron aquella mañana, en manos de los niños sobre todo (según describen las hemerotecas, aunque yo, que era niña, las viera tremolando numerosas  con su fuerza insignificante muy por encima de mi cabeza). No me acuerdo de si hacía o no mucho calor, aunque el mes de Julio suele comenzar sin piedad en Zaragoza. Realmente había mucha gente llenando las aceras del centro de la ciudad, pero conseguimos alcanzar la calle Alfonso y nos quedamos muy quietas, esperando. De lo acaecido a mi alrededor aquella mañana ya no conservo muchos más recuerdos. Para re-situarme he recurrido a las hemerotecas online del ABC y de La Vanguardia; crónicas larga, concienzuda y babosamente descriptivas en número y condición sobre los miles de tractores que flanquearon la carretera desde el aeropuerto, sobre los honores rendidos, repiques de campanas, jotas, artillería y  bandadas de palomas azuzadas para que surcasen el cielo una y otra vez. Pero yo, en mi propia memoria, sólo consigo recuperar mi angustiosa sensación de parálisis, la incapacidad para moverme, para gritar, mi estupefacción, un desconcierto que muchas veces he comparado mentalmente con algunos de mis episodios hipnopómpicos más tenebrosos, que de todo ha habido. Sé que en algún momento perdí en aquella mañana el contacto conmigo misma. Nunca se lo conté a nadie. Oigo a Albertina que vuelve a decirme: nunca lo contaste, ¿por qué? No tuve ni tengo la respuesta. Cosas de las que no se hablaba. Pienso a continuación, -cuando ya dejo de escuchar el martilleo de la pregunta insistente de Albertina-,  que esto seguramente ya no se entiende. No se entiende la existencia de cosas de las que nunca, nunca, se habla. Nunca. Hablamos mucho y de todo hoy en día. Se puede explicitar cualquier mensaje. No hay reglas y siempre existe alguien en alguna parte, en el móvil, en un chat, en el correo electrónico, en la televisión, en el autobús, en cualquier parte surge alguien apropiado con quien hablar de algo de lo que no podemos hablar con nadie más. Pero a lo que yo me refiero es a callar algo que nunca contarás absolutamente a nadie. Porque hay cosas de las que no se habla, nos enseñaron. A esa  tremenda soledad yo me refiero. Albertina tuerce el gesto con ira y con pena y me reprocha mi silencio, sólo roto hoy y sólo con ella, se lamenta, cuando ella ya no puede escucharme realmente, pues aunque me escuche sólo puede devolverme el hilo de mi propio razonamiento. No te culpes, le digo. Es que yo te llevé, insiste: ¿cómo no imaginé que dentro de aquel enjambre histérico de abducidos con síndrome de Estocolmo abundaría mucho hijo de puta? – esto, le interrumpo, es un anacronismo, le digo, porque el síndrome de Estocolmo entonces todavía no se diagnosticaba, aunque existiera.  Albertina no responde a mi ironía inoportuna, se duele mucho, cuando le cuento, ahora sí se lo cuento, aunque no sé bien si puede escucharme, que aquel hijo de puta se arrimó contra mi cuerpo en transformación de niña de once años, avanzó su mano bajo mi vestido de verano y se abrió paso entre mis piernas, mientras  él se tocaba y toda la multitud vitoreaba a Franco cuando apareció en el balcón del Ayuntamiento gesticulando como un playmobil (trailer: play –>  ni un solo músculo mueve el muñeco diabólico, sin mover ni un dedo su poder destructor abre vórtices de extrema congelación -no respires, no camines- en la negra radiografía del paisaje muerto -pero yo no tenía ni idea-,  silencio bajo los vítores). Ni mirar pude al otro, al títere asqueroso que manoseaba entre mis piernas. Durante un buen rato no me moví. No hablé. No entendía bien. Entonces de muchas cosas no te explicaban nada, no se hablaba de muchas cosas, insisto. En algún momento conseguí desplazarme hacia la calzada y me abracé, atónita y muda, a Albertina. Yo también muda, Albertina. Como tú. Muda, como tú muda, toda la vida. Ahora lo sé, como un día supe que no habías sido lo que parecías. Y como más tarde entendí por qué quisiste asistir aquel 2 de julio de 1970 a la inolvidable recepción

 (No-do:  play http://www.rtve.es/filmoteca/no-do/not-1436/1486612)

que la ciudad brindó al glorioso caudillo Franco bajo miles de temblorosas banderitas infantiles. Y al igual que ahora te digo, estando como estoy perfectamente despierta, que me alegro de haber callado y no haber añadido a la tuya, que ya es mía, más humillación.

Datos básicos de Zaragoza, en Wkpdia

Zaragoza en Provincia de Zaragoza
Zaragoza
Zaragoza (Provincia de Zaragoza)
País Flag of Spain.svg España
• Com. autónoma Flag of Aragon.svg Aragón
• Provincia Flag of Zaragoza province (with coat of arms).svg Zaragoza
• Comarca Zaragoza  
Ubicación 41°38′60″N 0°52′60″O / 41.65, -0.88333Coordenadas: 41°38′60″N 0°52′60″O / 41.65, -0.88333
• Altitud 199 a 285 msnm
• Distancias 325 km a Madrid
296 km a Barcelona
71 km a Huesca
175 km a Teruel
326 km a Valencia
Superficie 973,78 km²
Fundación 24 a. C.
Población 674.317 hab. (2009)
• Densidad 692,47 hab./km²d
Gentilicio zaragozano, na[1]
cesaraugustano, na[2] [3]
saracustí[2]
Código postal 50001 - 50020
Alcalde Juan Alberto Belloch (PSOE-Aragón)
Presupuesto 785.400.490,00 € (año 2009)
Sitio web www.zaragoza.es

 

Estoy trabajando en otro escenario ahora. Estoy rebuscando mucho en mi memoria, que tiende a utilizar grandes y profundos baúles. El escenario es, en efecto Zaragoza. No es necesario inventar escenarios; distancia y tiempo siempre han literaturizado suficientemente los escenarios físicos en los que habitamos. Efectúo momentáneamente ahora una regresión a un pasado no muy lejano de ese escenario. Pero la gran mayoría de los datos básicos que lo conforman no han cambiado.

Otra cuestión importante: Zaragoza y Piccadilly Circus están prácticamente ligadas por el Meridiano de Greenwich, o Meridiano 0. Zaragoza (véase arriba): longitud 0º 52´60″ O). Piccadilly: 0º 08’03” W. Mientras escribo, para pasar de un escenario a otro, de un tiempo a otro, sólo tengo que subir y bajar por la línea del Meridiano 0. Esto facilita bastante las cosas.

 

 

 

Explicándome con Mosteo y un regalo

 

¿Qué es eso de Pop-pins?

La pregunta es de José Luis Gracia Mosteo, dejada en un comentario a una entrada anterior. Le respondí que en parte ya había yo intentando contarlo de alguna manera: arriba, bajo la cabecera: ¿Qué es Pop-pins?. Pero, entiendo, que el texto allí desplegado es más otro juego (como mismamente “pop-pins” lo es) que una explicación,  y a pesar de que, como todo juego, introduzca una buena dosis de riesgo real al ser jugado.

 

He llegado a este juego porque las formas son, no sólo importantes, a menudo son determinantes. También porque últimamente nuestros ritmos se han acelerado tanto, que desde que una empieza a trabajar en un proyecto hasta que intuye cómo puede finalizarlo (en teoría) todo puede haber cambiado mucho, incluso los elementos, componentes y formas que se van elaborando, eligiendo o desechando a la hora de que el proyecto en cuestión aparezca como algo capaz de ser comunicado.

 

Querido José Luis, al prinicipio ni siquiera era Pop-pins. Pop-pins es lo último. El título de este proyecto implica mucho, sin embargo. Y eso sí que creo que está más o menos desarrollado en la entrada de este blog a la que hacía referencia antes. Pop-pins indica sobre todo una manera de trabajo:

uno, porque entiendo que no puedo hablar de un tema determinado aislándolo de muchas otras cosas con las que tiene contacto (por proximidad o por referencia cultural), y eso es una actitud “pop”, para que nos aclaremos, o de la cultura de masas, que hubiera dicho Benjamin.

dos, porque no me apetece narrar sólo en base a la lógica de raíz cartesiana (creo que ya todo el mundo es consciente de que los modelos burgueses han fenecido, rip); prefiero la estructura que imita la naturaleza sináptica de nuestro cerebro (bufff), al que no le hacen falta todos los datos para recomponer las percepciones (y eso es un pin: remito al post de presentación de nuevo).

Pero en fin, querido José Luis, Pop-pins es lo último. Y todo es muy sencillo: voy a poco a poco escribiendo una novela que habla de una actriz provinciana que es hypnopómpica y que tiene especiales percepciones de las cosas, lo cual le ayudará a descubrir historias que parecían no existir y que sin embargo han sido determinantes para ella (la vida misma, oiga); en fin que todo es distorsión.  

En Pop-pins hay que ordenar un poco muchas cosas: a la propia Mary Poppins -lo que más me ha fascinado siempre de ese cuento es el bolso de la tipa-, la historia de mi generación (una generación que ha estado siempre más despistada que una gamba en un teatro: generación gamba, la llamaremos pues), la pobre Helvia y su desastrosa vida, el tiempo, el tiempo, el  tiempo…(que no sólo es tiempo).

Bien, además, como espero que ya hayas leído, estimado José Luis, se trata de que mientras voy escribiendo (o no, como sucede estos días últimos, pues tengo la sensación de haberme quedado en flotante convalecencia tras medio año largo ya de muchas vivencias agotadoras: confieso /este blog me recuerda en parte a los confesionarios de los reality televisivos/:), los amigos y quienes quieran acercarse hasta aquí me acompañen en ese proceso a través de estas notas. Luego están las píldoras de la radio: un mundo fascinante para mí, la radio. Los pequeños espacios de radio teatro son otra manera de hablar de lo mismo: hay o pudiera haber tantas… También vosotros, los amigos, podéis hacerlo, si queréis, e introduciremos así más referencias para la construcción de este invento (que no lo es mío: hay más gente haciendo trabajitos similares, ya lo iremos viendo).

Yo también aprecio realmente tu escritura, y además agradezco tu interés y tu generosidad. Así que de alguna manera, esta foto tomada ayer mismo es una muestra de ese agradecimiento por mi parte, un mínimo regalo: en Zgza el día suele terminar casi siempre así, ya lo sabes:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un abrazo.

 

 

1966, Zaragoza

Einstein en Zaragoza, 1923

Marzo, 1923

NOTICIERO_einstein

“Arriba a nuestra ciudad el 12 de Marzo el físico de fama universal Einstein para pronunciar dos conferencias sobre su teoría de la relatividad, que solo una media docena de personas en el mundo están preparadas para comprender en su totalidad: el sabio ha explicitado alguna vez que la esencia de su teoría está en el tiempo y que mucha gente puede -0 así lo cree- entender que el espacio material haya tenido un principio y tenga un fin, pero no eso mismo del tiempo, no pudiendo imaginarse un “antes” y un “después” sin tiempo que lo mida.

El salón de actos de la Facultad de Medicina se llena cuando a las 6 de la tarde se cierran sus puertas dejando al que se supone docto público dentro, como en la ópera (¿lo harían para que no se marchase nadie?),  ostentando la presidencia el rector, Dr. Royo Villanova, y dándole la bienvenida el catedrático D- Jerónimo Vecino. Al día siguiente otra conferencia presentada por el decano de la Facultad de Ciencias, Sr. Calamita. Las dos en claro y sencillo francés.

Einstein, con su melena al viento, viene de Madrid y va a Bilbao, verificando algunas visitas turísticas en nuestra ciudad (lo que más le gustó La Seo) entre agasajos, también por las sencillas gentes a las que les suena como sabio, aunque como Ramón y Cajal ninguno. Una castañera grita en el curso de una de esas visitats: “¡Viva el inventor del automóvil!” (Ruiz Marín, J. Crónica de Zaragoza, año por año. T.2 (1921-1939). pp. 48-49)

Unos meses después:

Anarquismo, la clandestinidad en la dictadura de Primo de Rivera

http://goo.gl/COUFRA

Aragón, durante la dictadura de Primo de Rivera

http://goo.gl/TFA0iR

calle_alfonso_1924

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